IV. El oficio de cuidador de sonidos

Imagen tomada de aquí.

Fragmento del artículo El oficio de cuidador de sonidos, de Sol Rezza. 
Para consultar el artículo completo, sigue este enlace.
4° día de la Semana Armstronguiana de la Escucha.

El ser humano ha tenido desde siempre la necesidad de conocer su pasado y de conservar las vivencias del presente para poder transmitirlas. Se dice que “La historia puede definirse como la ciencia de la memoria”1 y esta memoria a lo largo de la historia de la humanidad ha sido y es acumulada y transferida por diversos medios.

Desde la memoria oral a la invención de la escritura en las distintas culturas, hasta la utilización de las nuevas tecnologías, hemos estado recabando, documentando, almacenando y transmitiendo información para contar la historia. Hoy contar la historia no pasa simplemente por un libro escrito o una tabla o un pergamino; la historia se cuenta a través de la radio, de la televisión, de Internet hasta desde un cartel pegado a un autobús. Las formas de registrar nuestro presente han cambiado y se han multiplicado y no sólo eso sino que además la cantidad de personas que participan en la obtención, documentación, almacenamiento y transmisión de la historia es cada vez mayor, incluso ahora es más fácil el intercambio y difusión de esa información.

Sin embargo, los sonidos (que forman parte fundamental en esta transformación de las nuevas formas de registrar y contar la historia) han quedado relegados a jugar un papel secundario. Tenemos información de cómo vivía el ser humano en el Paleolítico, pinturas, huesos, sitios arqueológicos nos dan datos precisos, pero poco sabemos de cómo se oían los sonidos, cómo eran los paisajes sonoros de la época.

En el registro de la historia sonora de la humanidad pocos son los interesados en recolectar sonidos como documentos para contar la historia, más allá de los sucesos sonoros de relevancia convencional (discursos, reportajes, música, etc.).El sonido ha perdido valor frente a la palabra, el paisaje sonoro a nuestro alrededor se desdibuja frente al discurso y su significado. Sin embargo cuando escuchamos una grabación antigua, no sólo nos sentimos atrapados por las palabras, el todo de esa grabación nos cuenta la historia. Desde el formato de grabación y reproducción (un cilindro de cera, un disco vinilo, un fonógrafo, etc.) hasta los sonidos que vamos descubriendo de fondo. En el arte de la reproducción esos sonidos toman una significación importante, tal es así que existen formas, dentro de las nuevas tecnologías, para hacer que “suene a viejo”. Pero por extraño que parezca cuando pensamos en registrar un hecho sonoro nos preocupan los sonidos “que están de más”, los borramos, nos deshacemos de ellos, los enmascaramos bajo el título de ruidos.

El ensayo sobre la economía política de la música titulado “Ruidos” del economista Jacques Attali 2 comienza con la siguiente reflexión:

“Desde hace veinticinco siglos el saber occidental intenta ver el mundo. Todavía no ha comprendido que el mundo no se mira, se oye. No se lee, se escucha. Nuestra ciencia siempre ha querido supervisar, contar, abstraer y castrar los sentidos, olvidando que la vida es ruidosa y que sólo la muerte es silenciosa: ruidos del trabajo, ruidos de los hombres y ruidos de las bestias. Ruidos comprados, vendidos o prohibidos. No ocurre nada esencial en donde el ruido no esté presente.” (pág 11- Jacques Attali)

Conocer a una sociedad a través de sus ruidos, sus sonidos, sus paisajes sonoros….

Como indica Michel Chion en su libro titulado “El sonido”3, uno de los sonidos grabados más antiguos que se puedan oír hoy en día es la voz de Gustave Eiffel4 grabada el 11 de febrero de 1891 mediante un fonógrafo de cilindros5 en el cual Eiffel declama un poema titulado “L’ acacia”. Del año 1891 es el registro sonoro más antiguo al cual tenemos acceso, ¿qué ha pasado con el mundo sonoro anterior al 1900?, sólo nos separan 119 años de esa grabación más atrás en el tiempo ¿cómo eran los sonidos?, ¿cómo sonaba el mundo? ¿cuántos sonidos han desaparecido que no conocemos?; por otra parte hay que tener en cuenta que Eiffel era un personaje importante en esa época, tenía acceso a las nuevas tecnologías (el fonógrafo) y se podía dar el gusto de declamar y ser registrado, pero ¿los otros sonidos?, los sonidos comunes, los cotidianos, no fueron registrados y de ellos sólo han quedado huellas en poemas y escritos.

En el artículo “El mundo es un paisaje sonoro”6 mencioné la importancia del paisaje sonoro como documento que nos puede hablar de la situación política, económica , tecnológica y hasta ecológica de un determinado lugar la idea de Barry Truax continúa vigente.

“..la idea de que el sonido de una localidad particular (sus tónicas, señales sonoras y marcas sonoras) -al igual que la arquitectura local, sus costumbres y vestimenta- puede expresar la identidad de una comunidad, al punto de que los pueblos pueden reconocerse y distinguirse por sus paisajes sonoros. Lamentablemente, desde la revolución industrial, hay una cantidad cada vez mayor de paisajes sonoros únicos que o bien han desaparecido completamente o se han sumergido dentro de una nube de ruido homogéneo y anónimo que constituye el paisaje sonoro de las ciudades contemporáneas, con su omnipresente tónica: el tráfico.” Barry Truax.

Pero para analizar el tema de la importancia de los sonidos en nuestra historia y en la sociedad es importante analizar primero el tema de la escucha.

“Mediante hábitos determinados culturalmente, los seres humanos se proyectan a sí mismos sobre sonidos…No es el mundo el que nos proporciona objetos a oir, sino más bien nuestro conocimiento empírico el que crea el mundo y la forma en que oímos el ruido, la naturaleza y la música”7.

Como hemos estado viendo tanto el registro de sonidos como la escucha de los mismos es motivo de continuo análisis a través de diversas ciencias, del arte y de la historia. Sin embargo el hecho de escuchar es algo innato en el ser humano, propio de los animales, se encuentra inscripto en nuestros genes como un modo de percibir el mundo que nos rodea. Es algo que hacemos todos los días como abrir los ojos al levantarnos (aunque hay que aclarar que nuestros oídos permaneces abiertos todo el tiempo).

Al comienzo de este escrito hablaba sobre la importancia cada vez mayor que el ser humano le asigna a la información y cómo ésta es difundida por diversos medios en cantidades cada vez mayores. Hoy en día nosotros somos los que generamos la historia y a su vez tenemos la posibilidad de “escribirla”. Nosotros somos los responsables de documentar esa historia y esa documentación no sólo pasa por coleccionar artículos, escribir libros, sacar fotografías, grabar imágenes, el registro y clasificación de los sonidos que nos rodean son documentos tan o más importantes como los demás. Una fotografía necesita de un encuadre, que puede dejar de lado parte de la imagen, cuando uno prende una grabadora y registra un sonido no puede dejar otros sonidos fuera del encuadre.

En mi intento de reflexionar sobre los medios de comunicación y sobre quiénes formamos parte de esos medios y las posibilidades que esos medios nos brindan, en este intento de ver a las radios comunitarias (incluyo a todos los medios comunitarios, no sólo a las radios) formadas por la sociedad en lugares específicos, en sitios alejados, que cuentan otras perspectivas que las que comúnmente se encuentran en los grandes medios de comunicación; hago un alto y me siento a pensar en “Nosotros como contadores de historias”, en “Nosotros como recolectores de documentos para contar nuestra historia” y en la inmensa posibilidad que nos brindan las nuevas tecnologías de registrar nuestro entorno próximo y darlo a conocer. En cualquier lugar del mundo hay vida haciendo ruido y ese es un documento invaluable.


1 Enciclopedia Wikipedia.

2 Jaques Attali “Ruidos ensayo sobre la economía política de la múisca” Siglo21 editories-1977.

3 Michel Chion “El sonido”- Paidós comunicación- 1998.

4 Gustav Eiffel: Ingeniero francés, especialista en estructuras metálicas. El apellido Eiffel fue adoptado por uno de sus antepasados a principios del siglo XVIII, tomado de su lugar de nacimiento: Marmagen, en la región de Eiffel, ya que en francés no se podía pronunciar su verdadero nombre: Alessandre Gustaf Bönickhausen. En 1867 funda la consultora y constructora Eiffel et Cie. que adquirió un gran prestigio internacional en el uso del hierro, construyendo cientos de importantes estructuras (puentes, grúas, estaciones, etc.).

5 Fonógrafos de cilindros: Los cilindros de fonógrafo fueron el soporte del primer método de grabación y reproducción de sonido. Conocidos simplemente por “grabaciones” en su época de mayor popularidad (1888-1915), estos objetos con forma de cilindro tenían una grabación de sonido literalmente grabada sobre la superficie exterior que se podía reproducir sobre un fonógrafo mecánico. En la década de 1910, el sistema competidor basado en discos de gramófono triunfó en el mercado y se convirtió en el soporte de audio comercial dominante, provocando que la producción comercial en masa de los cilindros de fonógrafo terminara en 1929.

6 “El mundo es un paisaje sonoro” Sol Rezza 2008- http://www.radioscomunitarias.org.

7 Max. P Baumann -1997.

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III. Para una ética de la escucha

See, Listen, Reply (detalle), por Dan Ferrer. Imagen tomada de aquí.

Fragmento del texto "Las palabras tenían que crecer en ella": Para una ética de la escucha 
de las narrativas de la violencia, de Johan Sebastián Giraldo. Ver aquí el texto completo.
*
(Este texto constituye el día 3° de la Semana Armstronguiana de la Escucha)

Consideraciones sobre la escucha

Es recurrente encontrar cuando se lee sobre la escucha una naturalización de esta actividad. Y precisamente por esta razón, que alude a que escuchar es algo que ya está dado y aprendido por todos y cada uno, se evidencia un descuido, y casi que un menosprecio de ésta como parte fundamental de las relaciones humanas. El fomento de esta competencia, algunos podrían decir virtud, ha sido dejado de lado, privilegiando otras como la escritura, la lectura o incluso el habla. Sobre esto Julio César Londoño, en una columna en el periódico El Espectador dice que:

“El monólogo no necesita mucho fomento porque, como nadie ignora, no hay nada más musical que el sonido de nuestra propia voz. Escuchar al otro, en cambio, es una actividad poco apreciada […] Yo sugeriría poner especial atención al oficio de saber escuchar, porque el arte de hablar, al menos el de hablar en público, está estudiado” (Londoño, 2014).

Se ha hecho necesario aprender a decir, persuadir, convencer, se hacen talleres de oralidad, de cómo transmitir lo que pensamos. En cambio no aprendemos a escuchar, aprendemos a persuadir pero no a entender, aprendemos a hablar en público pero ni siquiera a escuchar lo íntimo (Lenkersdorf, 2011). Y es que precisamente eso íntimo, esas comprensiones emocionales a las que nos acercamos, son las que nos van a permitir construir relaciones de proximidad que nos dejen entender de forma amplia, de dónde sale ese relato. Entender desde la trayectoria vital del otro, desde su experiencia, teniendo en cuenta los referentes desde los que se producen sus comprensiones.

No obstante se hace necesario una reflexión profunda sobre el lugar que tiene la escucha en nuestra sociedad, y cuestionar esos espacios que ha ocupado. “Las sociedades tradicionales les conocían dos lugares de escucha, ambos alienados: la escucha arrogante del superior y la escucha servil del inferior” (Barthes, 2002: 256). Estos dos lugares que menciona Barthes se han encargado de reproducir unas formas de relación a través de los actos comunicativos, la arrogancia del poder frente a la “ignorancia” del otro y lo incuestionable escuchado por el obediente. Pese a que estas formas se siguen manteniendo es esencial cuestionar y replantear estos lugares no solo para acercarnos crítica y reflexivamente a lo que recibimos, sino también para emparejarnos al otro, para entendernos como iguales e intentar generar relaciones más horizontales de comprensión desde la experiencia con el otro.

Pero esto solo lo podremos lograr en tanto entendamos el acto de escuchar, ya no como un lugar de pasividad ante lo que se recibe del otro, sino como una acción dialógica, de doble vía y de interlocución activa entre quien habla y quien escucha. “El acto de escuchar la voz inaugura la relación con el otro, la voz que nos permite reconocer a los demás, nos indica su manera de ser, su alegría, su estado: sirve de vehículo de una imagen de su cuerpo, y más allá del cuerpo, a toda una psicología” (Barthes, 2002:252). Hay una palabra clave que resume ese acto, primario y fundante es “reconocer”. Reconocer a ese otro y entenderlo corporalmente apoyados en su imagen, para darle un lugar e intentar aprehenderlo. De esto se trata ese acto de entender reflexivamente, de aprehender, a ese otro que habla, entendiéndolo igual a mí, emparejándolo.

Escuchar desde la perspectiva Chamula, dice Lenkersdorf, en su estudio sobre los indígenas tojolabal en Guatemala, es equivalente a emparejar a todos, “todos caminamos juntos, estamos de igual a igual y nos escuchamos y apoyamos en tanto miembros de un nosotros del que hacemos parte” (Lenkersdorf, 2011: 29). Si bien es difícil entendernos como parte de un nosotros casi vital, en nuestra sociedad, de la forma en la que estas comunidades lo hacen, es importante rescatar la reflexión que el autor hace sobre esto:

“El recibir encierra un secreto: es el otro, son los otros cuyas palabras no las hacemos, sino que vienen de fuera y nos sacan del centro donde nuestro yo prefiere estar para mandar, dirigir y estar arriba. Al sacarnos del centro no nos margina, ni nos empuja hacia la periferia, sino que se integra nuestro yo en el nosotros. Formamos una comunidad dialógica. […] Al escuchar las palabras de los que nos hablen entramos en una realidad hasta ahora escondida” (Lenkersdorf, 2011: 18)

Una realidad escondida, desconocida que sólo a partir de esas relaciones de proximidad, de confianza, que brinda ciertas formas de hacer investigación social nos permite conocerlas. Metodológicamente se han propuesto herramientas para lograr entender esto, conceptos como el de la “atención flotante” que nos ubican en un lugar más allá del rigor discursivo y nos dejan atrapar otras formas de expresión para relacionarnos con el otro. La atención flotante, de la atención extrema, a la dispersión extrema. Se presenta, desde la técnica psicoanalítica de Freud, como una técnica para llegar a la singularidad, a no enfocarse en el discurso narrado desde las categorías de análisis de quien escucha, sino escuchar atento lo que se dice y lo que pasa en el entorno mientras lo dice. Llegando así, no a la particularidad del relato, sino a la singularidad del sujeto con respecto a lo que dice.

Sin embargo, para lograr aprehender al otro desde esa relación de doble vía que aquí se propone, es necesario tener en cuenta además de esto, una relación ética con respecto a los relatos y más ampliamente a los sujetos con quienes nos relacionamos.

Para una ética de la escucha

Para reflexionar de manera amplia sobre la importancia de la escucha, tanto para la vida cotidiana como para la investigación social, es importante entenderla como una relación eminentemente ética entre las personas. “La ética es la reflexión sobre el conjunto de conductas y normas imperantes en la sociedad y, por extensión, es la reflexión sobre cómo conducir nuestra vida […] es un compromiso asumido frente a nosotros mismos, e implica ocuparnos de cómo deberíamos vivir y de qué deberíamos hacer” (Cohen, 2011, págs. 15-16). Ese carácter reflexivo sobre las conductas y las normas sociales a partir de las que actuamos es lo que nos permite, precisamente, entender una ética de la escucha como un cuestionamiento a esos lugares tradicionales de la escucha y proponer nuevas formas de entenderla.

En este sentido es importante distinguir una ética de la escucha y una escucha ética. Donde la primera es la reflexión sobre la escucha en sí misma para cuestionar las conductas sobre las que se practica y el descuido que se ha tenido con ésta. Y el escuchar éticamente, por lo menos para efectos de este ensayo, da cuenta de aquello que debemos tener en cuenta, desde esa primera reflexión para acercarnos a esos distintos tipos de narraciones a las que nos enfrentamos como investigadores sociales y como seres humanos.

Es necesario entonces entenderla como escucha activa, dejando de lado la pasividad que se le ha impuesto, a partir de su lugar como constructora de vínculos sociales más fuertes y como productora de nuevas formas de conocer, entendiendo a esos otros como partes de un mundo desconocido. Se plantea de carácter crítico, intentando comprender el lugar de enunciación de quien narra, acogiendo su proceso histórico, subjetivo, otorgándole un lugar consciente a la trayectoria vital desde la que habla.

Esto implica no solo entender desde donde se produce el relato que escuchamos, sino también cómo nos posicionamos y nos relacionamos con el mismo. En términos de Diana Cohen, se hace necesario revisar éticamente nuestras acciones desde tres perspectivas, la de las emociones, las razones y los valores. Así, debemos “preguntarnos si nuestras respuestas emocionales son las apropiadas en las circunstancias en juego. [Partiendo de que] las emociones, más que perturbaciones irracionales del pensamiento racional, son modos esenciales y personales de percibir el mundo y comportarnos en él” (Cohen, 2011: 16-17). Además debemos buscar cada vez mejores razones sobre las cuales “juzgar” ciertas conductas, o fundamentar nuestras elecciones, revisando cuáles serán los impactos de estas a corto, mediano y largo plazo, poniéndonos en el lugar del otro. Y por último, se necesita revisar los valores que defendemos y entender estas disputas, o dilemas morales, que se pueden generar en relación con otros.

Además de estos criterios, que se plantean más desde la ética para la vida cotidiana, quisiera hacer énfasis en un último punto, tal vez el más importante para la reflexión. Escuchamos, atentos, con el cuerpo, concentrados y dispersos, entendiendo, reflexionando, criticando. Y con el corazón. “Deberían enseñarnos a escuchar bien, es decir, a tratar de entender lo que el otro quiere decirnos, a escucharlo con los oídos y con el corazón. Creo que muchos de nuestros problemas sociales y personales provienen de nuestra incapacidad para escuchar, de una terca e inveterada sordera” (Londoño, 2014). Emparejamos al otro, y nos hacemos parte de un nosotros, sobre todo para entenderlo, no solo para verlo como igual, sino para sentir lo que sintió. Nos aproximamos tanto a su relato, a su condición humana que llegamos a reconocernos en su relato, a compartir su dolor.

Arendt, sobre la cuestión de la comprensión, va a decir que “[El rey] Salomón pedía este don en particular [el de un “corazón comprensivo”], porque sabía que ni la pura reflexión, ni el simple sentimiento, sino sólo un “corazón comprensivo” nos hace soportable el vivir en un mundo común, con otros que siempre son extraños, y nos hace asimismo soportables para ellos” (Arendt, 1995: 45). Y es escuchando, y comprendiendo desde allí, como logramos aprehender al otro que escuchamos, descubriendo a un extraño, abriendo lo desconocido y reconciliándonos con el mundo desde el corazón.

¿Qué retos trae consigo, para la escucha, las narrativas de la violencia? ¿Quiénes hablan, a quiénes escuchamos y qué responsabilidades tenemos con ellos? ¿Cómo mediar éticamente las narrativas de la violencia para cuestionar los lugares comunes de las categorías de “víctimas” y “victimarios”


Bibliografía

ARENDT, H. (1995). “Comprensión y Política”. En H. Arendt, De la historia a la acción (págs. 29-47). España: Paidós.

BARTHES, R. (2002). El acto de escuchar. En B. Roland, Lo obvio y lo obtuso (págs. 243-256). España: Paidós.

COHEN, D. (2011). Inteligencia ética para la vida cotidiana. Argentina: Editorial Sudamericana.

ENDE, M. (2007). Momo. Madrid: Alfaguara. 52

Johan Sebastián Giraldo Serna. Trans-pasando Fronteras, Núm.8, 2015. Cali-Colombia ISSN 2248-7212 • ISSN-e 2322-9152

FREUD, S. (1996). “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”. En S. Freud, Obras Completas. B.Aires: Amorrotu.

GUBER, R. (2001). La etnografía, método, campo y reflexividad. Bogotá : Grupo Editorial Norma.

HALBWACHS, M. (2004). Los marcos sociales de la Memoria. Barcelona: Anthropos Editorial.

JIMENO, M., y Roldán, I. (1996). Las sombras arbitrarias. Violencia y autoridad en Colombia. Bogotá: Editorial Universidad Nacional.

JIMENO, M., Murillo, S., y Martínez, M. (2012). Etnografías contemporáneas, Trabajo de campo.  Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Fcultad de Ciencias Humanas. Centro de Estudios Sociales.

LENKERSDORF, C. (2011). Aprender a Escuchar. México: Plaza y Valés Editores.

VELÁSQUEZ, J. F. (2008). “Advertencias para el trabajo bajo transferencia con sujetos afectados por la violencia”. En N. M. Nueva Escuela Lacaniana, Conflicto armado: memoria, trauma y subjetividad (págs. 135-143). Medellín : La Carreta Editores.

TORRES, L. (2015). “Porque la vida después sigue y de eso nadie se ocupa. Análisis del proceso de construcción de memoria colectiva a partir de las mujeres de AFAVIT en el municipio de Trujillo Valle”, Tesis pregrado, Universidad Icesi.


Para leer el artículo completo, da click aquí.

II. El sentido olvidado

Introducción del texto homónimo de Chiu Longina.
Consulta aquí el original.
(Este texto constituye el día 2° de la Semana Armstronguiana de la Escucha)
oreja

Imagen tomada de aquí.

“Una y otra vez el oído es el protagonista del debate, el órgano distinto, diferenciado, articulado, que produce el efecto de proximidad, de adecuación absoluta, la supresión idealizada de la diferencia orgánica. Se trata de un órgano cuya estructura (así como el tejido que lo une con la garganta) provoca el reclamo pacificador de la indiferencia orgánica. Olvidarlo -y al hacerlo, refugiarse en la más familiar de las moradas- significa pedir a gritos el fin de los órganos, de los otros”.  Jacques Derrida, Tímpano.

Actualmente muchos estudios e investigaciones de comunicólogos, antropólogos y otros científicos de lo social enmarcan sus trabajos dentro de un paradigma que podría llamarse “influencia de la tecnología en las transformaciones socioculturales”; es decir, tratan de comprender y explicar cómo la tecnología puede cambiar el modo de percibir el mundo, lo cognitivo y, por tanto, las prácticas sociales, los hechos, lo cotidiano, el pensamiento. Incluyen en el mismo paquete los procesos de percepción, cognición y comunicación, por un lado, y los medios, artefactos y tecnologías por el otro. Por ejemplo, Marshall McLuhan y Edward T. Hall hacían referencia a la influencia de los medios electrónicos en el cambio de la percepción cultural del espacio, y no sólo compartían este interés por el espacio, por cómo se percibe y por cómo se transforma; ambos entendían también que toda tecnología es una extensión del cuerpo y de la mente del ser humano, que en el análisis de la comunicación humana se debe tener en cuenta que los medios tecnológicos entendidos como ambientes en sí mismos son agentes que tienden a transformar la propia percepción humana y, en consecuencia, la cultura. Estas tecnologías creadas por el ser humano no son sólo extensiones del organismo, de su cuerpo, también se convierten en amputaciones sobre este cuerpo; es decir, cada vez que el ser humano sufre un cambio de adaptación como consecuencia de la creación de una nueva tecnología o medio, ocurre una experiencia dolorosa en el organismo.

La música, contrariamente [a los conceptos], expresa el núcleo más íntimo, previo a toda configuración, o sea, el corazón de las cosas.

Si aplicamos la perspectiva histórica y hacemos un ejercicio de memoria, es fácil darse cuenta de que el invento de la imprenta en el siglo XII está muy lejos cronológicamente del invento del fonógrafo (prácticamente en el siglo XX). Son casi ocho siglos de hegemonía de lo visual sobre lo sonoro. La imprenta permitió conservar el pensamiento escrito y la imagen; ejerciendo como tecnología para su difusión, transformó un ambiente sonoro en un ambiente visual y al hacerlo cambió también la forma de percibir el mundo en la sociedad occidental. Al ser capaz de generar numerosas copias de un escrito, promovió un sentido de identidad privada e inició un proceso de anulación de la palabra hablada; es decir, transformó traumáticamente el modo de ver el mundo (de verlo con los ojos), y no fue hasta la aparición del fonógrafo cuando se produjo este otro cambio, también traumático, acerca de cómo oírlo; han tenido que pasar esos ocho siglos para lograrlo.

Pertenecer al mismo grupo, en efecto, no significa de entrada más que escucharse juntos.

Mientras la visión es síntesis, la audición es holística. Con la vista, el ser humano sintetiza la experiencia, aprende al ver y lo que aprende influye en lo que ve. La distinción entre campo visual y mundo visual responde a esta interrelación, implica por tanto una diferenciación entre lo que se ve y lo que se percibe (se interioriza). La visión sintetiza, selecciona, y la selección está mediada por la percepción, que a su vez está mediada por la cultura. Al analizar el medio de la imprenta como una nueva tecnología se descubrió el impacto que tuvo en la sociedad la transición de la oralidad a la mecanización de la escritura.

La modernidad se ha leído y observado detenidamente pero rara vez se ha escuchado.

Pero afortunadamente hoy las nuevas tecnologías aplicadas a los medios de comunicación han vuelto a construir un espacio acústico que, al ser virtual, conlleva otra serie de implicaciones socioculturales, sin embargo este espacio acústico se caracteriza por la amputación de fronteras de tiempo y espacio (la red internet). Al ser amputada la síntesis propia de la visión, el sentido que se extiende es el sentido del oído, cuyas características esenciales, tanto físicas como culturales, no han sido cabalmente estudiadas en este contexto.

El sentido del tiempo cambió. Ahora él dice: la permeabilidad del espacio con el sonido.

Volviendo al tándem Hall/McLuhan, el primero explicaba el espacio acústico y el visual en relación a sus características fisiológicas, y el segundo lo hacía a partir de sus características históricas y culturales. Lo visual enfatiza el razonamiento cuantitativo regido por el hemisferio izquierdo del cerebro, crea una imagen monolítica y lineal de la civilización occidental, mientras que lo acústico, regido por el hemisferio derecho, crea un pensamiento cualitativo, se basa en el holismo, no en un centro cardinal sino en varios centros que producen diversidad enfatizando las cualidades tipo norma de dicho pensamiento cualitativo.

La música es un símbolo no consumado.

Lo sonoro es protagonista ahora del frente. Es por eso que deberíamos luchar contra la hegemonía de lo visual para ganar tiempo, para promocionar lo cualitativo frente a lo cuantitativo, para desarrollar el hemisferio Derecho, para crear resistencia y compensar la balanza. “Ganar tiempo” significa operar en relación a esos ocho siglos de ventaja de hegemonía de un sentido sobre el otro, de lo visual sobre lo sonoro. Si promocionamos y difundimos lo sonoro estaremos trabajando en esa línea, estaremos en ese frente promocionando la escucha como una nueva vía de conocimiento de la sociedad, como una herramienta epistemológica que sea capaz de promover los aspectos cualitativos de la existencia humana.

La música es una especie de lengua extranjera que yo no hablo pero que me habla. Sabe de mí lo que yo ignoro.

Pero en este proceso de promoción de lo sonoro debemos tener en cuenta también que el audio y la escucha, como ejercicios estéticos, han sido excluidos históricamente del campo de acciones capaces de comunicar valor o significado, es evidente que siempre ha habido una problemática no resuelta con el sonido. Posiblemente, otra de las fuentes de este problema (sumada a las que hemos visto hasta ahora) se encuentre en aquella aspiración a la abstracción pura de la llamada Música Culta de principios del siglo XX, en especial el dodecafonismo. Aquellos influyentes compositores insistían en la complejidad y en el exceso de intelectualismo a la hora de crear obras sonoras, situaban en primer plano la contemplación racional del objeto/sonido frente al placer físico de su escucha. Adorno en aquella época reproducía con precisión los discursos de Rousseau y Kant; para los tres la cognición estética se distinguía claramente del mero placer sensorial declarándola superior a éste. Sometido entonces el sonido a ese imperativo racionalista (que exigía la postulación de una función o propósito más allá del placer corporal inmediato, y que impedía que el sonido pudiera aspirar a la categoría de lo bello al acariciar simplemente nuestros cuerpos y no nuestros intelectos) no encajaba en una sociedad en la que predominaba el discurso logocéntrico, una sociedad que distinguía claramente lo sensitivo y corpóreo de lo intelectual; cuando el sonido cuestionaba y cuestiona precisamente estas distinciones, y, por consiguiente, cuestionaba y cuestiona los términos del discurso metafísico en sí mismo. Éste era el motivo por el que la fisicidad explícita del sonido y su potencial de convertirse en fuente de placer físico lo convertía en un problema, en una fuerza inherentemente peligrosa y desestabilizadora. El sonido, insisto, queda registrado en un nivel distinto del nivel del lenguaje o de lo visual y este hecho natural lo hace, cuando menos, incontrolable, problemático, diferente.

No creo a la gente cuando me dice: no entiendo esta música, ¿me la podría explicar?

“Dejad que los sonidos sean ellos mismos”, escribía John Cage, el artista más citado por derecho. El antropólogo Jacques Maquet defendía que “existe una respuesta estética humana universal al sonido”. Llorenç Barber, otro visionario, asegura que “los sonidos no son sólo símbolos; son actos”, y el filósofo Wilhelm Dilthey explicaba que esos objetos extraños, lo sonoro, son creaciones del propio espíritu, que “no podemos explicar, sino que sólo podemos comprender”. Para poner el dedo en la llaga, Michel Schneider, psicoanalista y musicólogo francés, comentaba que lo sonoro, la música, es “una especie de lengua extranjera que no hablamos pero que nos habla”. Sabe de nosotros lo que nosotros ignoramos, y si a todo esto sumamos que la invención del fonógrafo dista de la de la imprenta esos ocho siglos -es decir, que existió una tecnología que permitió la conservación, reproducción y difusión de la imagen mucho antes que la del sonido- estamos ante un problema epistemológico; esto es, ante la necesidad de construir una nueva teoría del conocimiento que permita el estudio de las sociedades a través de su imaginario sonoro.

Sonidos arcaicos nos persiguieron. Aún no veíamos. Aún no respirábamos. Aún no gritábamos. Oíamos.

En este supuesto nuevo escenario es donde la web semántica tiene un protagonismo esencial, allí se construye y no se representa: del plano figurativo al patrón, de la perspectiva a la inmersión, del objeto al proceso, del contenido al contexto, de la recepción a la negociación, de la observación a la acción y, cómo no, del automatismo cerebral a la mente distribuidora. Es aquí, en este nuevo contexto, donde posiblemente estén las claves para encontrar una solución al problema, donde una suerte de “remezcla socialmente consensuada” aportará ese granito de arena a una causa que únicamente pretende solucionar ese olvido histórico y cuya consecuencia ha sido la exclusión de la escucha como ingrediente fundamental de la existencia humana.

Escucha tu voz o te volverá loco.

(Para leer el texto completo, sigue este enlace)

Semana Armstronguiana de la Escucha

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Remedios Varo. Armonía (detalle). Imagen tomada de aquí.

I. Nuestras manos sonoras (preludio)

“Había recuperado el Uno primordial. Mis ‘manos sonoras’ devoraban la garganta histérica del mundo”. (Fanon, Piel negra, máscaras blancas).

“Pon atención. No me interrumpas”. La garganta del mundo, con su histeria prescriptiva, le enseña al niño cómo debe comportarse. Él descubre, desde pequeño, que el mundo de los adultos tiene sus misterios. De nada vale preguntar, pues nadie atiende a sus “pequeños” cuestionamientos. No es extraño, por lo tanto, que el niño crezca bajo la sombra de una escucha direccional, una atención que sólo viaja en el sentido conveniente para quienes tienen el privilegio de mandar.

Es así que el hombre adulto adapta su audición a las distintas situaciones que conforman su universo: frente al subordinado sabe gritar; frente al político o el jefe sabe guardar silencio. En el trabajo, en el amor, en el transporte y en el juego, el hombre reproduce el drama aural que desde niño marcara sus recuerdos. O calla o hace callar. O impone o paga sus impuestos.

Pero existe también el berrinche: el niño que no responde a la orden de silencio. El que sabe, o por lo menos intuye, que algún oído atiende a sus preguntas y deseos. Sólo debe romper la barrera, todo se trata de un balance de fuerzas. Pues el niño sabe bien, aunque sólo sea en lo profundo de su consciencia, que el oído es capaz de trascender las direcciones unívocas. El grito llama entonces a la empatía, a la escucha compartida, al potencial de resonancia que hace del humano una especie dispuesta a dialogar.

Estimadas, estimados: el tema que nos convoca, está de más decirlo, es el de una escucha resonante; una escucha de “manos sonoras” que se acarician mutuamente en su acústico tacto reverberante. Sigamos al filósofo Fanon, cuando nos sugiere que las manos sonoras son el órgano que rompe la tragedia colonial. Devorando las gargantas histéricas del mundo, ellas se niegan a creer que las cosas, por terribles que parezcan, sean imposibles de cambiar. No confiando en la razón, desafían el régimen de los ojos, de los estómagos, de la cabeza. Las manos vibran al compás de una esperanza innegociable, por mucho que esto contradiga todo crudo pedazo de realidad.

Porque hablando por la cabeza, es crucial que no nos engañemos: la tragedia de estas líneas es que son escritas en un contexto que no responde a condiciones utópicas. Las manos de nuestra historia no parecen resonar; los niños de nuestro “cuento”, a fuerza de gritar, terminan siendo periodistas asesinados, cuerpos mutilados, siluetas que representan al más golpeado de los hombres colonizados, y junto a él a las millones de personas que no terminan de “berrear” cuando sufren la violenta reprimenda del Estado. Las manos estrangulan sin dejarnos escuchar, y ay de aquél que se atreva a cuestionar sus nudosos ligamentos. Silencio. Atención. Hace falta, para seguir a Fanon, una carga adicional de necedad.

Paso la página. Tomo mi dosis: escucho con atención el quinto movimiento del Cuarterto para el fin de los tiempos.

Pregunta Fanon: “¿Por qué no simplemente intentar tocar al otro, sentir al otro, revelarme al otro con mis manos sonoras?” A lo que responde Messiaen en un lenguaje intraducible, en el que sólo la escucha puede penetrar.

Pregunta sobre pregunta, dejaremos resonar, sin evadirlas, nuestras dudas. La pregunta nos invade, pero a través de ella hemos de invadir cualquier discurso o discusión sobre la escucha necesaria. Ciertamente no tenemos respuestas, carecemos de posiciones determinadas. Pero tenemos el silencio de nuestros muertos, el llanto de nuestros niños, nuestras escuchas estranguladas que pululan por doquier.

Escuchemos con atención el murmullo de los tiempos, y dejemos que éste responda por nosotros.

Como un humilde homenaje a las voces acalladas, Armstrong Liberado dedica esta semana a hablar sobre las manos resonantes. Escucharemos varias voces, dialogaremos en silencio con ellas, las tocaremos y dejaremos que nos toquen. Si en su famoso ensayo sobre la escucha el filósofo Nancy se preguntaba: “¿es la escucha un asunto del que la filosofía sea capaz?”, Armstrong responde con dos interrogantes que resumen las líneas que trazaremos en los días siguientes:

¿Es acaso la escucha un asunto del que el ser humano sea capaz?

¿Es acaso el ser humano un asunto del que la escucha pueda ocuparse?