«PER / SONA» por Milagros Morandi

La palabra “persona” proviene del latín persona,
que significa aquello a través de lo cual (per) pasa el sonido (sona).
Se refería originalmente a las máscaras que usaban los actores en el teatro clásico,
porque las tales máscaras tenían bocas megafónicas,
destinadas a proyectar el sonido en el teatro al aire libre.
De modo que la “persona” es la máscara, es el papel que representamos.
Alan Watts, Nueve Meditaciones.

La máscara es lo que creemos ser, pero para saber lo que somos en realidad y lo que es en realidad el mundo, debemos desenmascararnos y meditar; de manera que a partir de ése desprendimiento percibamos lo que es, como en verdad es. Más allá de la ilusión, las ideas y las percepciones que asumimos convencidos como reales, o tomando en cuenta las palabras de Watts, nuestra enmascarada forma de existencia, somos en realidad vibraciones, sonidos que pasan por nosotros.

El Universo es vibración, culturas ancestrales lo intuían y ponían en práctica la sanación a través del sonido y la vibración. En su texto Budismo y Vibración (2007), Samuel Soriano visibiliza la valiosa y extensa herencia sociocultural que la historia, la religión y las tradiciones chamánicas han legado a la humanidad acerca del uso del sonido:

En diversas tradiciones místicas de todo el mundo, en los textos religiosos convencionales, se considera el sonido como el fundamento del mundo físico. En el chamanismo, el empleo del sonido como catalizador para crear estados de conciencia no ordinarios está muy difundido en todas las culturas tradicionales. […] El sonido también se utiliza como vehículo para una toma de conciencia de los paisajes interiores.

El sonido como vibración sonora de frecuencia regular, o bien el sonido “agradable” al oído, es entonces en teoría el patio de juegos propicio para la meditación. Sin embargo, la concepción tradicional de meditación, en todos sus términos (a excepción de su esencia) obligatoriamente se transforma o reconfigura, ya que a partir de la modernidad y su revolución industrial y tecnológica, vivimos sumergidos en un mundo lleno de caos, smog y catástrofes, ruidos y disonancias. Y eso no está mal, simplemente es. La desestetización del sonido es aceptar la vida y el tráfico del ser moderno. Tratar de hacer caso omiso a la “fealdad” del sonido es no aceptar la noción de silencio redimensionada por John Cage, el silencio moderno, que no es más que una experiencia sonora:

La experiencia del sonido que prefiero sobre todos los demás es la experiencia del silencio. Y el silencio en casi todas partes del mundo ahora es el tráfico. Si escucha a Beethoven o a Mozart, ve que son siempre lo mismo. Pero si escucha el tráfico, ve que siempre es diferente (Cage, 1991).

La experiencia del ruido entonces recalca la no-repetición, a diferencia de la música tradicional y la puesta escena de un ejecutante. A partir de allí se busca meditar en el caos y con el caos. Meditar ya no conlleva aislarse. Una especie de antítesis de la meditación con los cuencos de la india. La búsqueda del ser a través del sonido y del compañero disonante, pero esencial, en nuestros tiempos: el ruido. Mucho antes, Russolo decía en su manifiesto futurista El arte de los ruidos (1913):

Todas las manifestaciones de nuestra vida van acompañadas por el ruido. El ruido es por tanto familiar a nuestro oído, y tiene el poder de remitirnos inmediatamente a la vida misma. Hoy el arte musical, complicándose paulatinamente, persigue amalgamar los sonidos más disonantes, más extraños y más ásperos para el oído. Nos acercamos así cada vez más al sonido-ruido. Esta evolución de la música es paralela al multiplicarse las máquinas, que colaboran por todas partes con el hombre. No sólo en las atmósferas fragorosas de las grandes ciudades, sino también en el campo, que hasta ayer fue normalmente silencioso.

A partir de allí podemos decir que hasta queriéndonos aislar al lugar más recóndito a meditar vamos a escuchar el sonido de una máquina o el vestigio de la revolución del hombre, vestigios sonoros, paisajes de ruido. Emular el caos como sacrificio para que percibamos lo que creemos que no percibimos a través de la acción sonora. El azar en forma de ruido, representando el absurdo y la abstracción como medio más fiel de la expresión y el inconsciente colectivo. Patafísica y futilidad para meditar en el ruido no premeditado y efímero.

En una charla TEDx del monje budista Matthieu Ricard llamada Sobre los hábitos de la felicidad, él plantea que mientras se esté en un estado de plena y avanzada meditación, el practicante de la misma puede llegar a no sobresaltarse o inmutarse siquiera con el estruendo de una bomba. Por otro lado, cuenta su experiencia de cómo tuvo que practicar la meditación dentro de una máquina de resonancia magnética para someterse a un estudio cerebral. Las personas que hayan experimentado este examen pueden saber que dentro de la máquina, además una experiencia claustrofóbica, los ruidos que emite la máquina no son nada “bellos”, ni rítmicos. Sin embargo, este monje, dice haber alcanzado meditar en este estado. Les dejo primero una foto de una de sus experiencias y en pie de foto el link con unos efectos sonoros simulando los ruidos que emite la máquina para realizar estudios de resonancias magnéticas cerebrales.

Link de efectos sonoros simuladores de resonancias magnéticas cerebrales: www.youtube.com/watch?v=DOjALmwaJ1Q&t=205s

A partir de todo lo antes planteado, cuento mi experiencia con las sesiones sonoras en forma de una presentación de una sesión personal de autodescubrimiento a través del sonido y del ruido, de las vibraciones: catarsis en forma de epifanías sonoras. Una acción sonora in situ con un objetivo principal: la auto-sanación.

Cuando el existencialismo empieza a tocar mi puerta yo tengo mi religión, mis rituales y mi manual de autodescubrimiento. Está todo allí en esas paredes de madera, en la acústica y el sonido, en el ruido, en los oídos y en la garganta. Toda meditación, toda esencia y el principio del Universo están esperando en el sonido.


Participación en la acción sonora del Gabinete Sonoro Goma Espuma
en el jardín de esculturas del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas.

A partir de lo antes planteado surgen las siguientes preguntas:

  • ¿Se puede, finalmente, meditar en el caos?
  • ¿Cómo se experimenta mejor la meditación: con una escucha pasiva o escuchando mientras se ejecutan sonidos y ruidos?
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EDGES Live Performance. No-crónica de una noche con Armstrong Liberado

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Por Lejana

El sonido, sospechamos algunos, es materia prima de la existencia. Esta afirmación se nos revela en imágenes que surgen de la expresión no sólo de la música-obra-de-arte sino de la vida cotidiana en tanto vibración inagotable. Todo en nosotros es sonido, lo mismo olfato, tacto, gusto e imaginación, todo se concentra y diluye, y es nuestro deber practicar su devolución. Si somos aprendices sonoros, si somos discípulos de la escucha, la labor será compartirla. Allí comienza el movimiento, el enigma de la acción colectiva cual recipiente de sustancias rituales, el desplazamiento Armstronguiano en su último performance el pasado 8 de junio durante su participación dentro del ciclo EDGES Live Performance en el CENART.

Escribo esta no-crónica atemporal como testimonio del flujo perene de los sonidos, como rescate mínimo de los instantes y como carta abierta a las sono-sophias con las que Armstrong Liberado nos invita a conocer los otros lados de la escucha. Escribo mientras vuelvo a masticar con los dedos el sonido de una hoja de papel, segundo acto del performance con que los Armstrongs nos llevaron al margen de uno de sus tantos procesos. Hago una pausa y procuro una respiración lenta y fuerte evocando la introducción de aquel suceso. Sonido humano envolviendo a nuestros compañeros de escucha, sonido mundo sucediendo sin fin. Aquí no existen públicos, viven cómplices de un escenario multidireccional que estalla pausado, claroscuro, poético, entre un centenar de manos.

Tímidos, nos atrevemos a hurgar la hoja que nos entrega Sísifo, GuapoDFde8Bits y Glitze. Doblar y desdoblar sin saber porqué. La hoja se transforma y muere, la hoja rota grita susurros tenues que inundan la sala. El sonido igual al momento exige ser vivido ¿lo vivimos?  Las estructuras del comportamiento nos retienen, los “límites” del arte se manifiestan. No obstante, el sonido deja ver su elasticidad, se propaga entre los cuerpos, se convierte en cuerpo. Al interior de este cuerpo late un salterio manipulado por Glitze, late un corazón sonoro cuya sangre va del amarillo al púrpura y brota en texturas transparentes.

 “Un sonido que se escucha con atención es algo muy parecido a un ser querido” anunciaron al comienzo. Ahora lo comprendemos, los ruidos son seres que emanan del cambio y del desplazamiento, los ruidos son jardines donde caminamos en intimidad casi siempre sin darnos cuenta.  ¿A qué suenan las semillas? ¿A qué suenan las piedras? ¿A qué suena un violín encima de un chelo? Rizomarx y GuapoDFde8Bits atienden a esta búsqueda en un dúo que se prolonga como suave sombra por nuestras emociones. Algunos encuentran temor y miedo. Otros, equilibrio y tranquilidad. ¿Qué son los sonidos sino plegarias dementes? ¿Qué son los sonidos sino rostros al viento?

En otro extremo de la sala vemos un puñado de sillas verdes, entre poliedros blancos y negros, cual tela de araña. Altaír de la séptima estrella está dispuesto a deshacerlo: el laberinto por recorrer comienza entre la gente que mira casi sin expectativas. Altaír sujeta la luz, una lámpara horizontal, y navega hacia el centro del cuerpo cuyo corazón ahora es un Djembé.  El sonido esculpe el cuerpo. La voz de Sísifo se degrada entre efectos y afectos capaces de comenzar nuevos trayectos. Neural Xólotl navega hacia una unidad de ruidos andróginos;  arrodillado frente a una tina nos mira absorto y vacío para inmediatamente comenzar a llenarlo todo de la existencia al desnudo, a tallar las palmas hasta chirriar, a recordarnos que la carne recuerda, que la carne no acalla mientras el agua se desborda y nos recita su canto tenue, inesperado.

El espacio, a su vez, está rodeado de la mirada Armstronguiana. Forastero amasa imágenes en las paredes y nos envuelve en una oscura retina donde se miran siluetas y se sienten imaginaciones. La sala también es un gran ojo que mira hacia dentro, una ventana subterránea. Entretener no, hay fines más sublimes: entretejer, entresentir y entreoir. No hay espectáculo, percibo un receptáculo de creatividades. Una indagación porosa poniendo en marcha la interlocución con el tiempo-espacio. Da igual que sean siete orquestadores o que seamos más de cien. Sin embargo Glitze, GuapoDFde8Bits, Rizomarx, Forastero, Altaír de la séptima estrella, Neural Xólotl y Sísifo nos convidan de sus puertas de la percepción y nos sitúan en una experiencia ontológica viajando entre burbujas.

Colocan nuevamente en nuestras manos un adminiculo creador de esferas, nos arrastran a ese otro jardín llamado infancia. La voz de una niña emana del fondo. En efecto: las articulaciones del sonido nos recuerdan que somos seres mutilados pero que también somos seres transitivos, tan absolutos como vacíos,  tan orgánicos como inanimados. La escucha es pues un don ambiguo, un don antiguo que aquella noche nuestros buenos compañeros de escucha, los liberadísimos Armstrongs, pregonaron en silencio pero a gritos. La comunión nos ha sido dada. ¡Larga vida a la escucha! ¡Larga vida a Armstrong Liberado!

Presentación completa: https://archive.org/details/edges_201707.

Tribunal del ruido III. BLANCO

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BLANCO. Enrique Milpa (2017). Acrílico sobre cartón. 25.5 x 19 cm.

Nota a pie de página: Octavio Paz escribió Blanco allá por 1966, un poema-mandala que admite al menos seis posibilidades de lectura. El criterio de apertura es estrictamente modular, por columnas, aunque en cada variante se enfatizan algunos de los típicos problemas pacianos: el erotismo, la palabra, la fenomenología de la percepción, etcétera. A continuación una séptima forma de leer Blanco, a partir de la selección de 19 versos al azar.

Esta noche

por la conjuración anónima

inaudita

Hay púas invisibles, hay espinas

me mira lo que miro

Inminencia de violencias violetas.

Silencio

caer en tu grito contigo

se desata se esparce árida ondulación

aparece

La pasión de la brasa compasiva

y el jeroglífico (agua y brasa)

subyecto y obyecto abyecto y absuelto

Tierra revientas

                boca de verdades,

El árbol nim que nos protege

sello

el trueno verde

El mundo

Enrique Milpa (@rizomarx)

Tribunal del ruido I. ROJO

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ROJO. Enrique Milpa (2017). Acrílico sobre cartón. 25.5 x 19 cm.

Nota a pie de página: Recuerdo una exposición de Cildo Meireles que hubo en el MUAC hace ya varios años. Había una instalación que me hizo enrojecer, por puro mimetismo. Se llamaba Quarto Vermelho. Consistía en una habitación moderna como cualquier otra, con la única diferencia de que todos los objetos en su interior eran rojos. La alfombra, los cuadros, las repisas, los muebles. Había un refrigerador en cuyo interior únicamente encontrabas jitomates, manzanas y botellas de salsa cátsup. Un ropero con prendas carmines, bermellones, escarlatas. Y en una esquina de alguna mesa yacía un ipod colorado con una lista de reproducción donde todas las canciones se llamaban “red”. Podías escucharlas si te colocabas los audífonos, no duraban más de diez segundos. Meireles asumía que las frecuencias del rojo son bajas, gravísimas. Pese a su estridencia, se trata de un color que nos relaja. Supongo que aquella lista de reproducción tenía grabaciones de ruido browniano (o ruido rojo). Me gustaría poderlas escuchar de nuevo pero con más atención y comprobar si, en efecto, se trataba de un fluir obscuro, pesado y profundo como la sangre; o un rumor antiguo, encarnado y delirante como el océano.

Enrique Milpa (@rizomarx)

Tribunal del ruido

La realidad es una metáfora de otra cosa aunque mi boca calle al decirlo. Según Baudrillard, la raíz del crimen perfecto se reduce a que nunca hubo culpable ni víctima ni móvil: la realidad es el crimen de la realidad. Si la realidad es real, es necesario que haya nacido muerta como la muerte verde de Ray Bradbury, que florezca antes de ser semilla, que se pudra en oropeles de sentido. No hay metáfora que no contenga su propio misterio, sus regiones clausuradas, su antimateria. Steiner establece en La poesía del pensamiento una correspondencia entre las actividades intelectivas y la disposición poética. La filosofía y la poesía, dice, persiguen las mismas verdades y para ello acuden a las tecnologías del lenguaje. Diálogos. Aforismos. Epístolas. Tratados. Plegarias. Autobiografías. Meditaciones. Fragmentos. Parábolas. A través de la historia abundan las estéticas del logos, como señala Christiane Schildknecht. El pensamiento embalsado añora causes para expresarse, busca su propia voz.

En física de partículas el modelo estándar establece que existen 18 quarks con seis sabores y tres colores diferentes. Estos parámetros no deben confundirse con la percepción que nos hacemos a través de los sentidos del gusto ni de la vista; se trata de magnitudes de cromodinámica cuántica para medir la interacción nuclear. La coincidencia de nomenclaturas es anecdótica, baladí. El sabor y el color en este caso son simplemente casillas que alojan variables tan arbitrarias como “arriba”, “abajo”, “extraño”, “encantado”, “fondo”, “cima”. Igual de arbitrarias que cuando decimos que algo es “dulce” o “solferino”.

Entre 1993 y 1994, el director polaco Krzysztof Kieślowski filmó su trilogía de la revolución francesa para repensar la  libertad, la igualdad y la fraternidad en el París de las postrimerías del siglo XX. Eligió los colores de las promesas incumplidas de la modernidad pero sobre todo eligió el número tres. Ya antes había elegido el diez con su decálogo. Tenemos una obsesión por los dígitos casi tan impetuosa como la necesidad de metáforas.

En esta semana Armstrong Liberado presenta una serie tripartita acerca del ruido, a manera de elogio a todas las estructuras disonantes (y sonidos desestructurados) que pueblan la realidad (y sus metáforas), así como un humilde homenaje al número tres. Habremos de colorear el ruido, literalmente. Se trata de tres pinturas y tres notas a pie de página tragando trigo en un trigal. Aunque no es nuestra intención responderlas, algunas incógnitas derivadas de este experimento son las siguientes: ¿Qué separa al ruido del sonido, además del orden mentado y la transgresión de patrones regulares? ¿El ruido es producto de la máquina, como dice Russolo, o los habitantes de Babel ya se comunicaban a través de gemidos y balbuceos? ¿Es la música ruido fatalmente domesticado? ¿El ruido proviene de una valoración sicosocial o estamos autorizados para hablar de la objetividad del ruido? Si encimamos cien sonatas sublimes, ¿se multiplica la belleza o se emplasta hasta perder sentido? ¿Quién decide lo que contribuye o contamina los paisajes sonoros? Como en el crimen perfecto, ¿será posible juzgar lo que nunca ha sonado, lo que nació siendo ruido antes de ser desordenado?

El método para generar la parte plástica de este tribunal consistió en pintar mientras se escuchaba de forma reiterada grabaciones con los tres tipos canónicos del ruido (ruido browniano, ruido rosa y ruido blanco) y hacer un esfuerzo por representar lo escuchado en formas cromáticas. Cuestionarse si existen sinestesias voluntarias puede servir de punto de partida. Llama la atención que en los tres casos el ruido se iba convirtiendo en un fondo absoluto pero sereno que se devoraba a sí mismo, como un uróboro invisible. Esto no significaba que los sonidos ambientales o los pensamientos adquiriesen mayor relevancia. Por el contrario, todo aquello que osara resonar se desbarrancaba inevitablemente hacia un centro olvidado. El ruido es un cráter.

Enrique Milpa (@rizomarx)