Kurhandikua. Crónicas sonoras del Eje Neovolcánico

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O

A comparación del paisaje sonoro, que siempre enlaza una fenomenología de los acontecimientos acústicos, las crónicas sonoras son relatos y, principalmente, narración de experiencias de escucha enclavadas en el espacio-tiempo. Éstas son algunas memorias de lo que sacudió mis oídos por los páramos michoacanos, entre el 28 de diciembre de 2017 y el 9 de enero del presente.

 

I

Cada año, a mediados de noviembre, las mariposas monarcas arriban a los santuarios de oyamel que enaltecen las cimas de Michoacán. Llegan huyendo del viento polar en busca de un frío parecido al de las Rocallosas, a más de tres mil metros de altitud. Su capullo social pende de los troncos más gruesos y de las ramas, como si fueran rebozo, amasadas entre sí para guardar calor hasta que se desgajan repentinamente sin hacer casi ningún ruido. Como hojas secas danzan las mariposas monarcas por la Sierra Chincua, revoloteando en busca de un poco de sol. Pero si por casualidad pasan cerca de ti, escucharás el sonido de un parpadeo, el reojo empolvado de un vitral. Son como pequeños jaguares prietos con alas de tigre, filo cortando aire.

Alrededor de las diez de la noche comenzaron los disparos. Los primeros balazos estaban espaciados entre sí, envueltos por espesas capas de silencio, aunque cada vez se repetían con mayor urgencia. ¿Cazadores? ¿Sicarios? ¿Federales? No parecía un enfrentamiento, sino la multiplicación de un mismo escopetazo. Era imposible discernir de dónde venían las balas. El bosque funcionaba como paredes negras o pozos o anfiteatros corales, y las descargas se propagaban obstinadamente al pasar de la madrugada. El sudor de la casa de campaña se estaba congelando. Al mismo tiempo, los ladridos. Podía ser un perro encadenado o una jauría salvaje en medio del ocoxal, daba igual. Lo único que variaba era la sensación de distancia, la capacidad que tienen los cuerpos para repetir una misma fórmula cacofónica con ligeras variantes, una y otra vez, la estupidez de un arma cargada.

Los jilgueros de Angangueo dibujan cintas infinitas en el aire quizá porque su canto es su mejor acrobacia. Ella le llama ‘devenir aumentativo’. Los astrónomos, ‘analema’. Cualquier sonido está inexorablemente atado al movimiento oscilatorio, sea pendular o continuo. No puede haber períodos sin espasmo.

 

II

Las campanas de la catedral de Morelia marcan el registro de varias temporalidades sobrepuestas (así la piedra rosa que las sostiene). Cada vez que tiemblan nos recuerdan que no hay historia que no esté formada por capas geológicas, prelógicas. Año nuevo: abstracción del tiempo por consenso. Pues si te lo propones, verás que cada instante está iniciando otro año nuevamente. La humanidad requiere de eternos retornos, igual que las mariposas. Los atentados de 2008 aún retumban en la plaza Melchor Ocampo, no es algo que se olvide tan fácil. Paradojas: este 31 de diciembre lo memorable —palpable, audible— son las luces de bengala, los cohetes, los trepidantes subbufer de un antro cercano, la risa y el resto de detonaciones conmemorativas que primero iluminan el cielo y después se escuchan.

En los hostales, nunca falta el vecino que pone sobre la mesa la distinción entre sonidos públicos y sonidos íntimos.

El día anterior, cerca del mediodía, habíamos abordado un autobús en Ciudad Hidalgo. Algo tenía el chofer, supongo, que todo el camino se la pasó oyendo a Marco Antonio Solís. Y mientras el Buki fraseaba “…la gente pasa y pasa siempre tan igual, el ritmo de la vida me parece mal…”, ella pelaba una naranja y hacía estallar las sigilosas gotas, acompañadas de un perfume cítrico y un crujido.

Los ruidos del cuerpo, cuando cae el invierno, suelen congestionarse. Todo comienza con un conducto obstruido. ¿Habrá gargantas que no hayan tosido alguna vez? En la plaza de armas hay un tremendo loro que quiere cotorrear con los paseantes. Es bueno, el condenado. Y cuando nos reímos, él se ríe maliciosa y humanamente. Nos remeda cual si fuera un espejo capaz de reflejar sonidos.

Un acueducto áspero por donde ya no corren los gritos del agua.

 

III

Tres cronopios curándose la peda de año nuevo en una placita de Pátzcuaro. Llega un cuarto cronopio y les dice: “Tercia de putos, ahora sí voy a hacer póquer”. Están chupando en la banca de enfrente. Uno de ellos sostiene una novela erótica en sus manos, le dicen: “Tú sigue leyendo, eres el Licenciado, eres el Licenciado Negro”. Y el Licenciado Negro recibe un pegue de mezcal del cuarto cronopio a cambio de su revista arrugada. Fue en otra plaza donde encontramos al quinto de ellos. Llevaba una bocina para fiestas y una memoria MP3 pegada al puerto trasero. Fue a sentarse junto a la estatua y, tras verificar que los graves estuvieran hasta el tope, le puso play.

En el puesto de jugos hay un conjunto de máquinas que cumplen funciones especializadas como exprimir, licuar y triturar. Si los sonidos están atados a una periodicidad, el ritmo de un cuerpo en movimiento quedará impreso en su timbre particular. Una pieza de engobado sobre barro suena distinto a un petate de mimbre. Las manos del maqueador tampoco tienen las mismas marcas que quienes tañen el tololoche.

Me crucé con dos ancianos indígenas tocando el acordeón en aceras distintas. Fue el mismo día. Estaban ciegos. La brecha de la desigualdad social en México es 1.5 veces mayor que en el resto de los países miembro de la OCDE.

 

IV

Cerca del muelle, los artesanos trabajan desde hace muchas generaciones las maderas blandas del cerro Yarahuato. El Abuelo, Salvador Vargas, nos muestra su obra. Entramos a un laberinto de santos, corazones y máscaras, principalmente con motivos religiosos. A contraluz, el rostro del Abuelo parece tallado sobre corteza de copalillo. Las figuras guardan silencio mientras su creador nos comparte algunos gajes del oficio. Más adelante hay otros talleres, algunos son de sus hijos. Martillo contra gubia. Astilla sobre viruta. El árbol genealógico.

En la isla de Janitzio leímos en voz alta un capítulo de Los muros de agua, la parte de la epidemia de escorbuto. Y nos sentíamos como jilgueros enjaulados en una cantina absurda, llena de basura, densamente poblada.

En México, los trenes ya casi no transportan personas. Pero el ferrocarril sigue siendo un medio fundamental para el desplazamiento de mercancías. Al puerto de Lázaro Cárdenas se dirigen, día y noche, los trenes cargados de fuerza de trabajo cristalizada e insumos para exportación. Y donde pasa la máquina de vapor van quedando los sonidos de la revolución industrial, los cuales llevan implícitamente las demandas del obrero, el puño en alto.

 

V

Levantar la cabeza hacia la bóveda celeste y buscar la nebulosa de Orión entre Betelgeuse y Rigel. Si pudiéramos oír los bramidos de todas esas estrellas nos quedaríamos sordos de inmediato, como la luz solar aniquila la retina. Poco menos que infinitamente estrepitosas. Pero, desde nuestra perspectiva, parece que esos puntitos eternos están mudos. Y creemos en nuestras palabras como si fueran más fuertes que ellas. Pero nadie nos está escuchando allá arriba. Ni acá afuera. Por eso nos avocamos al pensamiento, tan estridente, tan estrella sin su amígdala.

El fuego, como el resto de los elementos, produce sonidos arquetípicos que provienen de una matriz común. Parece, de pronto, como si la fogata no fuera de leña sino de cristales o hielo. El humo silba entre las vetas de los maderos carbonizados, el aceite de ocote truena, las llamas respiran. En esta temporada la madera no está mojada, a no ser que se serene a la intemperie, así que las únicas explosiones provienen de las regiones más húmedas. Cuando alguien sabe cantarle al fuego, renace, de las cenizas.

Nos sentamos a desayunar corundas en una banqueta. De algún cuarto de la casa de arriba provenía una melodía y, siguiéndole la pista, un aprendiz de acordeón. En este pueblo la gente no te saluda, se despide de ti. A propósito, Zirahuén significa espejo de los dioses. ¿Será que los graznidos de las gallinetas y el golpear de las olas son la traducción de idiomas inefables?

 

VI

Han cancelado el encuentro de los Cúrpites en San Juan Nuevo. La razón —pero eso lo supimos más tarde— fue que el 5 de enero ultimaron a un hombre en la carretera a Uruapan, lo que ocasionó una bronca entre familias que se salió de control. Los organizadores determinaron la incapacidad de los anfitriones para garantizar la seguridad del elenco y asistentes. Cuando llegamos nadie quería decirnos nada, no lo entendíamos. El pueblo estaba cerrado en un hermetismo indestructible. Al entrar, un grupo de autodefensas embozados echó un vistazo al interior del camión, todo en completo silencio y usando únicamente la mirada como señal. Iban armados. A un lado de la iglesia, le preguntamos a un anciano que vendía artesanías por la casa del peregrino. “No tiene caso”, dijo con aplomo. En sus ojos había desdén por tanta violencia miserable, desaliento al borde de la desesperación, ira. “No tiene caso hablar de ello —continuó—. Ustedes son jóvenes, pónganse chingones”.

 

VII

El inmenso pedregal que rodea al volcán Paricutín describe un silencio abisal. Parece como si hubiera callado durante siglos, como si el silencio fuera un centinela macizo. Nuestros pasos suenan a cántaro roto, algo hueco y poroso que avanza lentamente. Cuando chocan dos piedras es como si la tierra estuviera masticando cascabeles. Pocos son los árboles que han arraigado en este lúgubre y embriagante desierto de laja, tiritan agitando sus hojas cuando los golpea el viento alado. Los insectos se mueven con cautela, los mamíferos duermen debajo de esos laberintos afilados. Únicamente existe algo parecido al alboroto en la cima del cráter, donde los cuervos rondan y se dejan caer como hélices quemadas, su pecho ronco. En 1943 el paisaje debió ser totalmente diferente, de una estridencia insuperable: las advenedizas montañas de Arreola, pariendo; o los anos solares de Bataille y sus emanaciones sofocantes. Todo en un mismo ruido blanco, incandescente, ensordecedor. Y los crujidos de la materia, cambiando de estado al enfriarse, su mueca ígnea de recién nacido.

Los jóvenes zapatean sobre el templete y personifican a los ancianos que algún día seremos. La indumentaria consta de una máscara rosa de viejito; paliacate bordado junto con unas complicadas capas y trenzas metálicas de serpentina; cascabeles sujetos a los tobillos que marcan el paso mientras se dirigen, acompañados por la comunidad, a pedir a la novia. La danza de los Cúrpites en Angahuan fue ayer, pero hoy se celebra otro ritual, de carácter más local. Los grupos avanzan hacia los hogares, uno por uno, donde se repite la siguiente serie de acciones: los jóvenes-viejitos allanan la casa para saquear los juguetes de las pretendidas / la orquesta ejecuta melodías abajeñas / los niños arrojan naranjas contra los focos y ventanas hasta quebrarlas / la gente lanza carcajadas / las novias avientan su inocencia / y los borrachos, sus latas de cerveza.

La lengua purépecha discurre saludable por la montaña y las casas de teja. Aquí casi nadie habla castellano, salvo los forasteros, como nosotros. O los intermediarios. Aislado de su código, el lenguaje se vuelve sonido puro. Que es lo que siempre ha sido. Primero, canto; después voz; al final, discurso. Un joven nasal y descalzo ganguea todo el día sentado en la banqueta. Los pregones pierden sentido pero algo están anunciando. Vuelve la anécdota de Dionisio Pulido y su hijo, testigos del nacimiento del volcán infante, los pies como brasas. La señora que cocina tiene una voz hermosa que parece un trino subiendo por los caminos soterrados de San Juan Parangaricutiro. Le pregunto cómo se dice ‘sonido’ en purépecha. No existe esa palabra.

—¿Lo que se escucha? —me pregunta, tras meditar un momento.

—Sí, eso —le digo.

—Kurhandikua.

 

Texto y fotografía: Enrique Milpa (@rizomarx)

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El eclipse y la fundación de Tenóchtitlan

El relato de una larga peregrinación fue conservado por los mexicas como parte de su tradición y origen. Así fundaron la gran Tenochtitlan, en el lago de Texcoco, guiados por su dios Huitzilopochtli.

Los mexicas habían salido de una isla llamada Aztlán, por cuyo nombre también son conocidos como aztecas, situada probablemente en algún lugar remoto al norte de Tenochtitlan. Este hecho está documentado, en especial en el códice conocido como la Tira de la Peregrinación, que es una tira de papel de maguey que representa el viaje del pueblo desde su salida de Aztlán. Los historiadores consideran que alrededor de los años 1150 y 1300 los mexicas peregrinaron por diversos lugares hasta asentarse en los lagos del Valle de México.

La mayor parte de las fuentes históricas señalan que la fundación de México-Tenochtitlan ocurrió en el año 1325. Esta fecha corresponde a la que declararon los propios indígenas en los años siguientes a la Caída de Tenochtitlan. Los estudios arqueoastronómicos indican que en ese año también ocurrió un eclipse solar, suceso astronómico que pudo ser tomado por los mexicas como un marcador mítico que pudiera legitimar la supuesta relación entre los toltecas y los tenochcas.

Huitzilopochtli dijo a su pueblo que fuera hacia nuevas tierras, también les ordenó que dejaran de llamarse aztecas porque a partir de ese momento serían todos mexicanos, así es recreado en el Códice Aubin y el Códice Durán.

La Tira de la Peregrinación señala que Aztlán estaba ubicado en una isla donde había seis calpullis (clan formado por un conjunto de familias) y un gran templo, probablemente dedicado a Mixcóatl, después que los mexicas llegaron a Teoculhuacan en el año 1-pedernal, partieron ocho calpullis encabezados por cuatro teomamaque (cargadores de los dioses); uno de ellos, identificado como Tezcacóatl, quien “cargaba” a Huitzilopochtli.

Según el mito, Huitzilopochtli ordenó que fundaran la ciudad donde estuviera “un águila parada sobre un nopal devorando una serpiente”. Siguiendo este designio, los mexicas deambularon por varios lugares, siempre en busca de la señal.

De acuerdo con la Tira de la Peregrinación, la gente de Cuitláhuac se separó del resto de los calpullis.

Más tarde, los mexicas llegaron al Valle de México y pasaron por varios pueblos, hasta que se asentaron en territorio de los tepanecas de Azcapotzalco, a quienes les sirvieron como guerreros mercenarios.

Finalmente, encontraron el sitio señalado por Huitzilopochtli en un islote del lago de Texcoco.” (1)

(1) Texto copiado del sitio http://www.templomayor.inah.gob.mx/historia/mito-de-la-peregrinacion.

Desenterrar un sonido

I

“Que no lo vean los mineros, pues abrirían un pozo en el cielo” – GILBERTO OWEN

Cuando un sonido desgasta su explosión inmanente, ¿a dónde se va? Todos los días volvemos de vuelta al cementerio de los sonidos, les depositamos flores, nos abarca un gran jarrón. Parece relativamente sencillo determinar el origen de un sonido, pero ¿a dónde se van aquellos que, tras un instante glorioso, de tanto disminuir desaparecen? Estamos acostumbrados a su no-estar simplemente porque sabemos que llegarán nuevos sonidos a reemplazar el lugar que ocupaban antes de ser absorbidos. Jamás hemos vivido la afonía del mundo en toda su magnitud, sería insoportable. Si hay silencio, lo vivimos como un paréntesis que no debe extenderse demasiado. Habitamos los sonidos, en cambio, como una necesidad, no importa que la mayoría del tiempo filtremos la percepción que nos hacemos de ellos. Hay certezas de segundo grado, inconscientes aunque fundamentales, como el acaecer del próximo ruido. Un mundo enmudecido sería radicalmente diferente al nuestro. Y, sin embargo, vivimos forzando los límites del discurso, aun cuando ningún lenguaje ha alcanzado siquiera la antesala de la inteligibilidad. La armadura del signo queda ahí, creemos que queda, incluso cuando el sustrato sónico haya sido engullido por una boca infinita.

¿Qué problemas se le plantean al minero, quien, cansado de desenterrar gemas pesadas, opta por buscar la levedad de los sonidos perdidos? La erosión de un sonido es implacable, nada queda de él, ni un susurro. Las montañas silentes son llanas, tan lisas que podemos caminar y seguir caminando y sentir que no hemos avanzado, el mapa vacío. Dado el carácter transitorio del sonido, a todo paisaje sonoro le corresponde una arqueología. O un osario. La música hizo de la repetición una estratagema para inmortalizar el instante acústico, “preparación eterna, preparación a un advenimiento que nunca llega, eterna iniciación que no acaba cosa”, como decía Unamuno. Pero antes de la repetición armónica o de su racionalización tuvo que haber una repetición accidental, un desenterrar instintivo correspondiente a la tendencia misma que tiene el sonar de ser sonido, de enterrarse. El canto —y su expresión social, la lengua oral— nacen como un impulso de la naturaleza para restaurar los sonidos idos. La voz es el rastro del devenir, el mundo clama cantos cósmicos. Por otro lado, las tecnologías de la grabación han permitido que la repetición sea cada vez más afín al sonido original. Fosilizar sonidos: he ahí la función documental del registro sonoro.

Las piedras me recuerdan a las frutas, tanto silencio resguardado en una forma. Se preguntará alguien, sí, pero ¿a qué suenan las piedras? Para romper el suelo y exprimirle un secreto se requiere de mucha fuerza de trabajo, tanto más cuanto mayor sea la cohesión interna del material. La industria extractivista se apropia y devasta el territorio de los pueblos en una enfermiza cacería de valor. No le importan los sonidos. En cambio, el oído espeleológico avanza con mucho cuidado por grutas invisibles para que no se le rasguen sus mejores papiroflexias, camina a través de las galerías que ha tallado el sonido en nuestros miles de tímpanos. Afirma Bachelard: “El instante del herrero es un instante bien aislado y al mismo tiempo exagerado. Eleva al trabajador al dominio del tiempo, mediante la violencia de un instante”. Por eso los minerales representan el sonido del tiempo inmaculado, la violencia de la eternidad. La esquirla es el testimonio de un sonido profundo que ya fue. El polvo es el alma del monte. La roca partida se transforma súbitamente en un linaje de mosaicos y teselaciones, tiembla. Así un poco con la vida. Está la historia de la madre que se extravió con su hijo en las sierras azules de Oaxaca, iban descalzos, la naturaleza les llamó y era imposible no ir, ¿verdad?, el cáliz de la tarde, los espíritus nocturnos, el espejo. Sobrevivieron silbando. Pero en el vientre del cerro, a diferencia de su agreste piel, siempre es de noche. No puedo imaginar cómo se distorsiona la noción del tiempo y del espacio en el interior de una montaña. Todo debe ser inmenso por todos lados, inmensamente compacto. Sin afuera, siempre adentro. Entonces, ¿cómo será la noche de un sonido inhumado? ¿Obscura? ¿Luminosa? ¿Y el interior del silencio? Ahora creo entender: puede que la máquina de sombras sea, acústicamente, nada más que el tiempo justo de su restauración. El parto del sonido es inminente, igual que su partida. Adiós es dar la bienvenida. ¿La escuchas, acaso? Es ella, la hermosa voz del silencio.

 

II

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III

El pasado 18 de julio se celebró, como ya es costumbre, el Día Mundial de la Escucha (DME). Este año las acciones-reflexiones se centraron en la escucha profunda de la tierra, en consonancia con los postulados de Pauline Oliveiros y Murray Schafer. En la Ciudad de México, el Laboratorio de Periodismo Sonoro coordinó una serie de actividades en el subsuelo de nuestra inmensa urbe, en las instalaciones del Museo del Metro. Previamente convocamos al público a compartir grabaciones relativas a los sonidos de la tierra, mismas que fueron reproducidas en el abarrotado pasillo que conecta las líneas 7 y 12 del metro Mixcoac. Además hubo una charla a cargo de Mirna Castro, Alicia Escamilla y Ana Cecilia Medina. La documentación del evento todavía no ha sido compilada en su totalidad, pero a continuación adelantamos una recopilación con las contribuciones. ¡Muchas gracias a tod@s!

Contribuciones DME CDMX 2017

Quisiera retomar, a propósito de la exhumación de sonidos, cuatro paisajes sonoros con los que participé en el DME. En los entornos urbanos la tierra ha sido mercantilizada por el capital con brutalidad (la especulación del suelo y el auge de la industria de la construcción son tan sólo el rostro directo e inmediato de esta operación). La serie que presento, no obstante, nace de la intención de problematizar la escucha de la tierra en las ciudades de forma indirecta y mediata. Retomando el problema del minero, en este caso lo vemos avocado a desenterrar no cualquier sonido sino aquellos sonidos en y de la tierra.

Limpiar frijol

La pieza aborda el problema del sustento en las ciudades. Dura lo que uno demoraría en limpiar una bolsa de frijoles de 900 gr, es decir, en separar las piedras y el gorgojo. Un resabio de artificio se percibe ante la presencia constante del motor del refrigerador y la cavidad metálica de la olla exprés. Indaga la relación fetichista campo-ciudad en términos alimentarios y subraya la alta entropía inherente a nuestro modo de consumo.

Las horas

Paisaje sonoro que remite al acto de modelar la materia que tenemos a la mano. La figura del obrero se confronta con la del músico, dos oficios que labran mundos paralelos. Modelar es devenir, independientemente del método empleado. El elemento temporal de las horas puede leerse de varias maneras, a mí me gusta pensar en los estratos que componen nuestra memoria donde se apila el tiempo como capas geológicas.

Tortillería Nuria

Esta grabación es otra manera de abordar los avatares de la agroindustria. Las tortillerías asimilaron los principios del fordismo para acelerar la producción de tortillas, continente universal de la dieta mexicana. ¿De qué otra manera soportar la explosión demográfica cuando el comal se mostraba demasiado lento e insoportablemente artesanal? La gente hecha de maíz envolvemos nuestro alimento en taco. Nos hicieron alfareros pero también aprendimos a hacer cerámicas efímeras y sobre todo a devorarlas.

Remedios

La última pieza fue registrada a un costado del mercado de La Merced, en la acera donde se juntan las yerberas. Un pregón, pese a su repetición mecánica, resguarda siempre la chispa de la oralidad que se acopla a los contextos específicos: es así que de un listado de enfermedades y remedios herbolarios pasamos a reflexiones sobre la economía, el clima y la vida cotidiana. Por otro lado, la pieza nos recuerda que la salud está íntimamente vinculada al poder de las plantas, cuyas propiedades curativas provienen del suelo, origen de todo.

 

IV

Viaje a Ixtlán

-Fue una estupenda señal -dijo-. ¡Qué extraño! Sucedió al terminar el día. Tú y yo somos muy distintos. Tú eres más criatura de la noche. Yo prefiero el brillo joven de la mañana. O mejor dicho, el brillo del sol matutino me busca, pero de ti se esconde. En cambio, el sol poniente te bañó. Sus llamas te abrasaron sin quemarte. ¡Qué extraño!

-¿Por qué es extraño?

-Nunca lo había visto pasar. La señal, cuando sucede, ha sido siempre en el reino del sol joven.

 -¿Por qué es así, don Juan?

-No es hora de hablar de eso -repuso, cortante-. El conocimiento es poder. Toma mucho tiempo juntar el poder suficiente incluso para hablar de él.

Traté de insistir, pero él cambió de tema abruptamente. Inquirió sobre mi progreso en “soñar”.

Yo había empezado a soñar en sitios específicos, como la escuela y las casas de algunos amigos.

-¿Estabas en esos sitios durante el día o durante la noche? -preguntó.

Mis sueños correspondían con la hora del día a la que solía estar en tales sitios: en la escuela durante el día, en casa de mis amigos por la noche.

Sugirió que probara yo “soñar” mientras echaba una siesta de día, y ver si podía visualizar el sitio elegido como estaba a la hora en que yo “soñaba”. Si yo “soñaba” de noche, mis visiones del local debían ser nocturnas. Dijo que lo que uno experimenta al “soñar” debe ser congruente con la hora en que el “soñar” tiene lugar; de otra forma las visiones que uno tenga no serán “soñar”, sino sueños comunes.

-Para ayudarte debías escoger un objeto determinado que pertenezca al sitio donde quieres ir, y enfocar en él tu atención -prosiguió-. En este cerro, por ejemplo, tienes ya una planta determinada que debes observar hasta que tenga un lugar en tu memoria. Puedes regresar aquí en tu soñar simplemente recordando esa planta, o recordando esta roca donde estamos sentados, o recordando cualquier otra cosa de aquí. Es más fácil viajar al soñar cuando puedes enfocarte en un sitio de poder, como éste. Pero si no quieres venir aquí puedes usar cualquier otro sitio. A lo mejor la escuela donde vas es para ti un sitio de poder. Úsalo. Enfoca tu atención en cualquier objeto de allí, y luego encuéntralo al soñar.

“Del objeto específico que recuerdes, debes volver a tus manos, y luego a otro objeto y así sucesivamente.

“Pero ahora debes enfocar la atención en todo lo que existe encima de este cerro, porque éste es el sitio más importante de tu vida.”

Me miró como sondeando el efecto de sus palabras.

-Éste es el sitio en que morirás -dijo con voz suave.

Me moví con nerviosismo, cambiando de postura, y él sonrió.

-Tendré que venir contigo una y otra vez a este cerro -dijo-. Y luego tú tendrás que venir solo hasta que estés saturado de él, hasta que el cerro te rezume. Sabrás la hora en que estés lleno de él. Este cerro, como es ahora, será entonces el sitio de tu última danza.

-¿Qué quiere usted decir con mi última danza, don Juan?

-Ésta es tu última parada -dijo-. Morirás aquí, estés donde estés. Cada guerrero tiene un sitio para morir. Un sitio de su predilección, donde eventos poderosos dejaron su huella; un sitio donde ha presenciado maravillas, donde se le han revelado secretos; un sitio donde ha juntado su poder personal.

“Un guerrero tiene la obligación de regresar a ese sitio de su predilección cada vez que absorbe poder, para guardarlo allí. Va allí caminando o bien soñando.

“Y por fin, un día que su tiempo en la tierra ha terminado y siente el toque de la muerte en el hombro izquierdo, su espíritu, que siempre está listo, vuela al sitio de su predilección y allí el guerrero baila ante su muerte.

“Cada guerrero tiene una forma específica, una determinada postura de poder, que desarrolla a lo largo de su vida. Es una especie de danza. Un movimiento que él hace bajo la influencia de su poder personal.”

“Si el guerrero moribundo tiene poder limitado, su danza es corta; si su poder es grandioso, su danza es magnífica. Pero ya sea su poder pequeño o magnifico, la muerte debe pararse a presenciar su última parada sobre la tierra. La muerte no puede llevarse al guerrero que cuenta por última vez la labor de su vida, hasta que haya acabado su danza.”

Las palabras de don Juan me dieron un escalofrío. El silencio, el crepúsculo, el espléndido paisaje: todo parecía haber sido colocado allí como tramoya para la imagen de la última danza de poder de un guerrero.

-¿Puede usted enseñarme esa danza aunque no sea yo guerrero? -pregunté.

-Todo hombre que caza poder tiene que aprender esa danza -repuso-. Pero no te la puedo enseñar ahora. Tal vez tengas pronto un adversario que valga la pena y entonces te enseñaré el primer movimiento de poder. Tú mismo debes añadir los otros conforme sigas viviendo. Cada movimiento debe adquirirse durante una lucha de poder. Así que, hablando con propiedad, la postura, la forma de un guerrero, es la historia de su vida, una danza que crece conforme él crece en poder personal.

-¿De veras se para la muerte a ver bailar al guerrero?

-Un guerrero no es más que un hombre. Un hombre humilde. No puede cambiar los designios de su muerte. Pero su espíritu impecable, que ha juntado poder tras penalidades enormes, puede ciertamente detener a su muerte un momento, un momento lo bastante largo para permitirle regocijarse por última vez en el recuerdo de su poder. Podemos decir que ése es un gesto que la muerte tiene con quienes poseen un espíritu impecable.

Experimenté una angustia avasalladora y hablé sólo por aliviarla. Le pregunté si había conocido guerreros que murieron, y en qué forma su última danza había afectado su morir.

-Ya párale -dijo con sequedad-. Morir es algo monumental. Es algo mucho más que estirar la pata y ponerte tieso.

-¿Bailaré yo también ante mi muerte, don Juan?

-Sin duda. Estás cazando poder personal aunque todavía no vivas como guerrero. Hoy el sol te dio una señal. Lo mejor que produzcas en el trabajo de tu vida se hará al final del día. Por lo visto no te gusta el joven resplandor de la luz temprana. Viajar en la mañana no te llama la atención. Pero tu gusto es el sol poniente, amarillo viejo, y maduro. No te gusta el calor, te gusta el resplandor.

“Y así bailarás ante tu muerte, aquí, en la cima de este cerro, al acabar el día. Y en tu última danza dirás de tu lucha, de las batallas que has ganado y de las que has perdido; dirás de tus alegrías y desconciertos al encontrarte con el poder personal. Tu danza hablará de los secretos y las maravillas que has atesorado. Y tu muerte se sentará aquí a observarte.

“El sol poniente brillará sobre ti sin quemar, como lo hizo hoy. El viento será suave y dulce y tu cerro temblará. Al llegar al final de tu danza mirarás el sol, porque nunca volverás a verlo ni despierto ni soñando, y entonces tu muerte apuntará hacia el sur. Hacia la inmensidad.”

Extracto de CARLOS CASTANEDA, Viaje a Ixtlán


Texto, fotografía y grabaciones: Enrique Milpa (@rizomarx)