Lo que sólo uno escucha

José Revueltas. Publicado en Dormir en tierra (1971).

 Para Rosa Castro

La mano derecha, humilde, pero como si prolongase aún el mágico impulso, descendió con suma tranquilidad a tiempo de que el arco describía en el aire una suave parábola. Eran evidentes la actitud de pleno descanso, de feliz desahogo y cierta escondida sensación de victoria y dominio, aunque todo ello se expresara como con timidez y vergüenza, como con miedo a destruir algún íntimo sortilegio o de disipar algún secretísimo diálogo interior a la vez muy hondo y muy puro. La otra mano permaneció inmóvil sobre el diapasón, también víctima del hechizo y la alegría, igualmente atenta a no romper el minuto sagrado, y sus dedos parecían no atreverse a recobrar la posición ordinaria, fijos de estupor, quietos a causa del milagro.

Aquello era increíble, mas con todo, la expresión del rostro de Rafael mostrábase singularmente paradójica y absurda. Una sonrisa tonta vagaba por sus labios y se diría que de pronto iba a llorar de agradecimiento, de lamentable humildad.

—No puede ser, no es cierto; es demasiado hermoso —balbuceó presa de una agitación extraña y enfermiza. Apartó el violín de bajo su barbilla y oprimiéndolo luego con el codo, la mano izquierda libre y sin que la otra abandonase el arco, se puso a examinar ambas flexionando ridículamente los dedos, una y otra vez, como si los quisiera desembarazar de un calambre—. No puedo creerlo, es demasiado —repitió.

Después de las amargas incertidumbres, hoy era como si las tinieblas de la duda se hubieran disipado para siempre. Su mano izquierda se había conducido con destreza, seguridad e iniciativa extraordinarias; supo ir, de la primera a la séptima posiciones, no sólo por cuanto a lo que la partitura indicaba, sino sobre todo, por cuanto a la inquietud de descubrir nuevos matices y enriquecer el timbre mediante la selección de cuerdas que el propio compositor no había señalado. En esta forma periodos opacos cobraron una brillantez súbita; las frases banales, un patetismo arrebatador y todo aquello que ya era de por sí profundo y noble se elevó a una espléndida y altiva grandeza. Por lo que hace a los sonidos simultáneos —que fueron su más atroz pesadilla en el Conservatorio—, le fue posible alcanzar no sólo las terceras, sino todas las décimas de doble cuerda, aun cuando éstas siempre se le habían dificultado grandemente a causa de la torpe digitación. La mano derecha, a su vez, se condujo con exactitud y precisión prodigiosas al encontrar y obtener, cuando se requería para ello, el punto de la escala propio o el color más inesperado de la encordadura, ya aproximándose o alejándose del puente, ya con el uso del arco entero o sólo del talón o la punta, según lo pidiese el fraseo. O finalmente, con el ataque individual de cada sonido en el alegre y juvenil stacatto o con el brioso y reidor saltando. A causa de todo eso la impresión de conjunto resultó de una intensidad conmovedora y los sentimientos que la música expresaba, la bondad, el amor, la angustia, la esperanza, la serenidad del alma, surgieron libres, radiantes y jubilosos como un canto sobrenatural y lleno de misterio.

“Ahora cambiará todo —se dijo Rafael después de haberse escuchado—; será todo distinto. Todo cambiará.” Sonreía hacia algo muy interior de sí mismo y por eso su rostro mostraba un aire estúpido. Era imposible darse cuenta si un fantástico dios nacía en lo más hondo de su ser o si un oscuro ángel malo y potente se combinaba en turbia forma con ese dios.

Caminó en dirección de la mesa cubierta con un mantel de hule roñoso, y en el negro y deteriorado estuche que sobre ella descasaba guardó el violín después de cubrirlo con un paño verde. Llamaron su atención las figuras del mantel, infinita y depresivamente repetidas en cada una de las porciones que lo componían. “Todo cambiará, todo”, se repitió, y advirtió que ahora esa frase se refería al mantel. Cuántas veces no hubiera deseado cambiarlo, pero cuántas, también, no se guardaba ni siquiera de formular este deseo frente a su mujer, tan pobre, tan delgada y tan llena de palabras que no se atrevía a pronunciar jamás. Eran unas tercas figuras de volatineros sin sentido, inmóviles, inhumanos, que se arrojaban unos a otros doce círculos de color a guisa de los globos de cristal que los volatineros reales se arrojan en las ferias.

“Hasta esto mismo, hasta este mantel cambiará”, finalizó sin detenerse a considerar lo prosaico de su empeño —cuando lo embargaban en contraste tan elevadas emociones— y sin que la vaga y penosa sonrisa se esfumara de sus labios.

No quería sentirse feliz, no quería desatar, sacrílegamente, esa dicha que iluminaba su espíritu. Algo indecible se le había revelado, mas era preciso callar porque tal revelación era un secreto infinito.

Nuevamente se miró las manos y otra vez se sintió muy pequeño, como si esas manos no fueran suyas. “Es demasiado hermoso, no puede ser. Pero ahora todo cambiará, gracias a Dios.” Lo indecible de que nadie hubiera escuchado su ejecución, y que él, que él solo sobre la tierra, fuera su propio testigo, sin nadie más.

—Parece como si tuvieras fiebre; tus ojos no son naturales —le dijo su mujer a la hora de la comida. No era eso lo que quería decirle, sin embargo. Querría haberle dicho, pero no pudo, que su mirada era demasiado sumisa y llena de bondad, que sus ojos tenían una indulgencia y una resignación aterradoras.

—¿Estás enfermo? —preguntaron a coro y con ansiedad los niños. Rafael no respondió sino con su sonrisa lastimera y lejana.

“No les diré una palabra. Lo que me ocurre es como un pecado que no se puede confesar.” Y al decirse esto, Rafael sintió un tremendo impulso de ponerse en pie y dar a su mujer un beso en la frente, pero lo detuvo la idea de que aquello le causaría alarma.

Ella lo miró con una atención cargada de presentimientos. Ahora lo veía más encorvado y más viejo, pero con ese brillo humilde en los ojos y esa dulzura torpe en los labios que eran como un índice extraño, como un augurio sin nombre. “Es un anuncio de la muerte. No puede ser sino la muerte. Pero, ¿cómo decírselo? ¿Cómo darle consuelo? ¿Cómo prepararlo para el pavoroso instante?”

Hubiera querido, ella también, tomar aquella pobre cabeza entre sus manos, besarla y unirse al fugitivo espíritu que animaba en su cuerpo. Pero no existían las palabras directas, graves y verdaderas, sino apenas sustituciones espantosas mientras toda comunicación profunda entre sus dos ánimas se había roto ya.

—Descansa hoy, Rafael —dijo en un tono maternal y cargado de ternura—; no vayas al trabajo. Esas funciones tan pesadas terminarán por agotarte —lo dijo por decir. Otras eran las cosas que bullían dentro de ella. Pensaba en el tristísimo trabajo de su marido, como ejecutante en una miserable orquesta de cantina-restaurante, y en que, sin embargo, eso también iba a concluir. “Quédate a morir —hubiera dicho con todo su corazón—, te veo en el umbral de la muerte. Quédate a que te acompañemos hasta el último suspiro. A que recemos y lloremos por ti…”

Rafael clavó una mirada por fin alegre en su mujer, al grado que ésta experimentó una inquietud y un sobresalto angustiosos. “¿Podría entenderme —pensó Rafael— si le dijera lo que hoy ha ocurrido? ¿Si le dijera que he consumado la hazaña más grande que pueda imaginarse?”

Al formularse estas preguntas no pudo menos que reconstruir los extraordinarios momentos que vivió al ejecutar la fantástica sonata, un poco antes de que su mujer y sus hijos regresaran. Los trémolos, patéticos y graves, vibraban en el espacio con limpidez y diafanidad sin ejemplo, los acordes se sucedían en las más dichosas y transparentes combinaciones, los arpegios eran ágiles y llenos de juventud. Todo lo mejor de la tierra se daba cita en aquella música; las más bellas y fecundas ideas elevábanse del espíritu y el violín era como un instrumento mágico destinado a consumar las más altas comuniones.

“No puedo creerlo aún”, se dijo mirándose las manos como si no le pertenecieran. Se sentía a cada instante más menudo, más humilde, más infinitamente menor dentro de la grandeza sin par de la vida. Quiso tranquilizar a su mujer al mirarla aprensiva e inquieta:

—Todo será nuevo —exclamó—, hermoso y nuevo para siempre.

—Es la maldita bebida —dijo la mujer por lo bajo mientras un terrible rictus le distorsionaba la cara alargándole uno de los ojos—. El maldito y aborrecible alcohol. Tarde o temprano iba a suceder esto…

Condujo entonces a Rafael, sin que éste, al contrario de lo que podría esperarse, protestara, al camastro que les servía de lecho.

Luego hizo que los niños, de rodillas, circundaran a su padre, y unos segundos después, dirigido por ella, se elevó un lúgubre coro de preces y jaculatorias por la eterna salvación del hombre que acababa de entregar el alma al Señor.

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«De las ciudades invisibles y la memoria» por Sandra Leguizamon Estevez

Un niño en la obscuridad, presa del miedo, se tranquiliza canturreando.
Camina,
camina y se para de acuerdo con su canción.
Perdido, se cobija como puede o se
orienta a duras penas con su cancioncilla.
Esa cancioncilla es como el esbozo de un
centro estable y tranquilo,
estabilizante y tranquilizante, en el seno del caos.
Es muy
posible que el niño, al mismo tiempo que canta, salte, acelere o aminore su paso; pero la canción ya es en sí misma un salto:
salta del caos a un principio de orden en
el caos,
pero también corre constantemente el riesgo de desintegrarse.
Siempre hay
una sonoridad en el hilo de Ariadna. O bien el canto de Orfeo.
-Gilles Deleuze y Félix Guattari

Palabras clave: cuerpo, espacio, arquitectura, instalación, memoria.

El cuerpo como el lugar para la experiencia es el punto de partida de las reflexiones que planteo en este ensayo. La percepción de un lugar respecto a la información que nuestros sentidos nos proporcionan habla generalmente desde un supuesto conocido, el lugar común de la experiencia. Pero valdría la pena detenernos un momento y preguntar

¿Cómo influyen los sentidos en la configuración del espacio? ¿Cuál es la importancia del sonido en la construcción del mismo?

Culturalmente dependemos del sentido de la vista para orientar nuestro paso por el mundo. La configuración del lugar y del territorio está determinada por la jerarquía de la mirada. Basta con cerrar los ojos para que esta seguridad desaparezca y nos adentremos en el mundo de los otros sentidos que abren el espectro a nuevas manifestaciones sensoriales. La escala adquiere nuevas dimensiones respecto a la relación del cuerpo en y con el espacio como pudimos experimentar en el ejercicio de caminatas sonoras (Soundwalking) dirigidas por Hildegard Westerkamp. Hay una cierta vulnerabilidad cuando se suprime uno u otro sentido ya sea voluntaria o involuntariamente. Pero es en esta vulnerabilidad donde el cuerpo agudiza los otros sentidos para hacer frente a esa carencia que se presenta como novedad. Es en este pequeño espacio, en este intersticio, donde se da el lugar para la creación.

En el arte contemporáneo la instalación se propone como el lugar de la experiencia estética total. Ya lo mencionaba Richard Wagner en su ensayo El Arte y la Revolución (Die Kunst und die Revolution) donde

describe el término Gesamtkunstwerk como la unión de todas las artes y a la experiencia estética total como la combinación de música, poesía, teatro y danza en el drama de la ópera. Siguiendo esta idea, la instalación se propone como el lugar para la experiencia que involucra todos los sentidos desde estrategias que en la creación, recepción y distribución de las obras de arte permiten la re-significación del espacio desde un habitar en lo cotidiano. Sin embargo en la medida en que las instalaciones optan por una relación más cercana entre el espectador y la obra de arte que lo cobija, soy consciente de que en muchas de estas instalaciones, no se tiene en cuenta el componente aural, y que en muchos casos se deja a una cuestión de azar.

Existe en el mundo la necesidad de nombrar y de clasificar y esto atañe no solo a la ciencia sino al arte, y no me refiero a esto como una condena sino que en cierta medida en ocasiones parece un limitante. Entra en el campo de las delimitaciones entre lo que es o no es fotografía, o lo que es o no es escultura y se toman en relación nuevos términos que amplían el esquema en los que las categorías dan lugar a definiciones acertadas, este también podría considerarse un acto creativo y no coercitivo pero a lo que me refiero en este caso es a que estas clasificaciones no deberían limitar la experiencia sensorial. Tampoco que la facultad sensorial esté restringida por estos mismos determinantes sino que esa experiencia pueda trasladarse a la vida misma, a la cotidianidad. La escucha compromete al silencio y nos recuerda la conciencia del cuerpo en el espacio, de ese ser-en-el-mundo. La forma como el silencio se articula con la respiración y como la respiración nos conecta directamente con la experiencia de la vida misma.

Pero ¿se podría hablar de una memoria del acontecimiento acústico? Citando las palabras de Murray Schafer cuando afirma que “la repetición es el medio de la memoria para el sonido”1 lo relaciono con las experiencias corporales que propone Consuelo Pabón como prácticas de (r)existencia del cuerpo ante la atomización de los mismos en la era de la posmodernidad.

Con el rito, con la ceremonia, lo que se hace es repetir simbólicamente el acontecimiento trágico, dejando que el cuerpo explore, se haga consciente, despierte su memoria corporal, hasta volver a vivir el hecho doloroso, para purificarse de él, expulsándolo físicamente a través de su propio derramamiento.2

La obra de arte se hace acontecimiento y su poder radica en la experiencia misma, en la activación de los elementos ya no a partir de la representación, el mundo no está para ser representado sino para ser actualizado en la experiencia misma de la obra de arte.

Personalmente me interesan los sonidos mínimos, los sonidos ínfimos, los sonidos de lo que “no suena”. Los sonidos de la arquitectura como vibraciones. Traigo a relación la obra de Ítalo Calvino y Las ciudades Invisibles pues de por sí su recopilación de cuentos hacen, en forma de lenguaje escrito, un lugar que va mas allá de la representación de las ciudades, o de alguna ciudad en específico, para ser el lugar de la actualización en la que todas y cada una de las ciudades puede resonar. Ahora, ¿cómo suenan esas ciudades invisibles si bien ya son una aproximación poética al espacio mismo de la(s) ciudad(es)? Creo que una aproximación aural desde el afecto sería un ejercicio que valdría la pena explorar. Una aproximación desde el afecto, como ejercicio de escucha y ejercicio de silencio que pueda motivar la experiencia sensorial desde el recuerdo, evocador de imágenes, sonidos, olores, sabores y sensaciones táctiles.

Dejo este texto como un espacio para la reflexión frente a ese mundo que se abre desde la percepción aural, que al igual que todos los sentidos puede desarrollarse bajo condiciones específicas, pero sobretodo a voluntad y con conciencia. Y deja un sentido por cómo ese saberse en el mundo también remite a los afectos.

Die Zwitscher-Maschine, La máquina gorjeante, Paul Klee, 1922. Óleo y acuarela sobre papel con acuarela y tinta sobre cartulina, 41,3 x 30,5 cm The Museum of Modern Art, Nueva York

  1. SCHAFER,     Murray.     Nunca    vi    un    sonido.    Documento     en    línea.    Disponible     en https://www.eumus.edu.uy/eme/ps/txt/schafer.html
  2. PABÓN, Consuelo. Construcciones de cuerpos. Documento en línea. Disponible en https://es.scribd.com/doc/45332816/Pabon-Consuelo-Construcciones-de-Cuerpos. Pág. 17

BIBLIOGRAFÍA

  • CALVINO, Ítalo. Las ciudades invisibles. El Mundo, Unidad Editorial, S.A. 1999
  • DELEUZE, Gilles y GUATTARI, Félix. Mil Mesetas. Capitalismo y esquizofrenia. Pre-Textos. 2002
  • MERLEAU-PONTY, Maurice. Fenomenología de la percepción. Editorial Planeta–De Agostini ,S.A. 1993
  •  PABÓN, Consuelo. Construcciones de cuerpos. Documento en línea. Disponible en https://es.scribd.com/doc/45332816/Pabon-Consuelo- Construcciones-de-Cuerpos
  • SCHAFER, R. Murray. Nunca vi un sonido. Documento en línea. Disponible en https://www.eumus.edu.uy/eme/ps/txt/schafer.html

Apuntes sobre David Toop y lo unspeakable || Heterodoxias 2017

El 12 de mayo del 2017, en la Fonoteca Nacional de México, David Toop – reconocido escritor y creador sonoro inglés– dio una videoconferencia como parte del programa de Heterodoxias Festival, evento anual que ofrece un conjunto de actividades, charlas y conciertos que enmarcan la investigación y la creatividad en el campo de la música contemporánea y el sonido. Moderada por Tito Rivas, la charla tuvo como punto de partida la historia de la música ambient, sin embargo, los campos temáticos que surgieron se alejaron del marco histórico que había reunido a los asistentes, sin representar esto una decepción. Todo lo contrario: las reflexiones que germinaron a lo largo de las horas que duró la conferencia son materia suficiente para comenzar o complementar un análisis sobre ciertos puntos de investigación en torno al sonido y la escucha. A continuación, les presento una síntesis de las ideas que se plantearon, esperando que sean de gran ayuda para los entusiastas de la exploración sonora –ya sea artística, antropológica o sociológica, por mencionar algunas disciplinas–.

La conferencia dio inicio con la mención sobre lo unspeakable: aquella condición de un fenómeno en la que es imposible o reprobable emitir un juicio lógico-discursivo, pues, por su misma naturaleza, carecemos de elementos racionales para hablar de ello. Tal circunstancia, como lo mencionó Toop, es intrínseca a los aspectos de la música que se encuentran más allá del sonido en términos netamente físicos: lo referente a la biología, la neurología o las emociones, opera en nuestro proceso de escucha pero, hasta la fecha, aún es un misterio, del que las hipótesis conocidas apenas son llanas aproximaciones.

A pesar de la brecha entre lenguaje y música, David Toop sostiene que su relación es paradójica: si bien es cierto que es difícil hablar de música del mismo modo en que hablamos de cualquier otra situación cotidiana, lo que ocurre en los sistemas de notación musical derivan el entendimiento del sonido por un camino literario: es posible leer música en las partituras para interpretar una pieza, pero su lectura requiere otro tipo de consciencia. En este punto, la postura de Toop toma una distancia sobre el estudio del sonido: tal fenómeno se presenta como un objeto aprehensible y simbolizable, pero no es esto lo que inquieta la curiosidad del músico inglés, sino la escucha en tanto actividad dinámica, hasta cierto punto personal, alimentada por la experiencia, la memoria y, nuevamente, las emociones.

 Sobre la experiencia, Toop menciona el caso de las interpretaciones musicales que toman como base las partituras. ¿Qué estamos escuchando? ¿una especie de scanneo mecánico-visual de lo que se encuentra en la hoja de papel? ¿La memoria psicomotriz del músico sobre un instrumento, pulida por cientos de horas pruebas y errores? ¿La memoria sonora del músico que busca interpretar lo que ya ha oído anteriormente en las sesiones de ensayo, en discos grabados por otros músicos; en suma, de otros archivos sonoros? Tomando la consideración del sonido como objeto, ya no tenemos solamente la máquina que toca una melodía: queda frente a nosotros el individuo existiendo, un conglomerado de vivencias que, como he mencionado anteriormente, son importantes en la comprensión de qué se escucha y cómo se escucha. Me interesa destacar aquí el papel que Toop le otorga a la condición vital, lo que brinda una gama incalculable de posibilidades de escuchar: no escuchamos igual que otro miembro de nuestra familia, amigos… incluso, no escuchamos de la misma manera que solíamos hacerlo hace uno, dos o diez años: nuestro interés en el reconocimiento de ciertos sonidos cambia en la medida en que individualmente cambiamos; somos conscientes de otras calidades en una canción que creíamos conocer perfectamente, o en un recurrente drone cerca de nuestro hogar que nunca habíamos advertido hasta ahora. ¿Por qué?

Acerca de la memoria y las emociones, tomando en cuenta lo dinámica que es la existencia humana, Toop se muestra escéptico sobre el hecho de que estos elementos sean confiables para la comprensión de la escucha. Nuestros recuerdos se reconfiguran todo el tiempo: una situación sucedida hace tres años que recordemos en este momento, no es la situación en sí, sino una síntesis de la síntesis de la experiencia. Nuestra memoria cambia, no hay manera de pensarla como un disco duro en el que se almacena por siempre una información pero, a pesar de que no sea un punto de partida fiel para el estudio del sonido, es relevante para actualizar nuestras metodologías de investigación en torno al sonido: definitivamente, ante un fenómeno cambiante, no se puede esperar que la aplicación científica que busca aprehender objetos estáticos funcione; tampoco se puede descartar tajantemente su estudio porque la escucha se escurre de nuestras manos. Tal vez sea necesario pensar de otra forma.

En este punto, Toop comienza a esbozar su propuesta de investigación sobre la música y el trabajo artístico o etnográfico con el sonido: incluso si la escucha es una cuestión en gran medida subjetiva, el deseo de compartir la experiencia nunca ha muerto; él compara esta misma situación con la historia de la filosofía, en la que el estudio sobre una cuestión intangible, unspeakable, revela algo “sobre una verdad interna que nos es difícil articular”. En este sentido, menciona el Tractatus-logico- philosophicus de Ludwig Wittgenstein como una oda a lo innombrable: Si bien, como dice Wittgenstein, “ de lo que no se puede hablar es preferible callar” Toop señala que a pesar de su indefinición, la exploración musical/sonora se sigue alentando precisamente por el grado de incertidumbre que todavía nos significa la condición dinámica de la escucha y, por ende, de la existencia.

“Dimensiones del silencio: Una aproximación estética” por Rocío Garriga

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Durante el mes de febrero tuve la oportunidad de participar como agente-moderador de uno de los Círculos de Lectura organizados por Taller Multinacional. El tema que nos convocó fue el silencio en las artes y, a partir de una indagación sobre el tema, descubrí los poderosos textos de Rocío Garriga. Al contactarla, muy amablemente aceptó la invitación para realizar una suerte de conferencia on-line en torno al silencio. Dicha experiencia es la que comparto ahora:

Pues nada, espero que les parezca interesante y que les prenda indagar más sobre el sinuoso campo del silencio.

El camino del hombre

“… o tal vez eres un hombre sin significado, un hombre inventado, un hombre que sólo existe como la figuración de otro hombre que no conocemos”

S. Elizondo, Farabeuf

“Parsifal busca lo que nadie conoce y no ha sido dicho”

E. Seligson, La fuente de las palabras

Un hombre de edad incierta avanza por la ribera levantando nubes de arena dentro del agua. Sus pies son volcanes. Se detiene. Quiere sentir el mundo. De las huellas brotan girones de humo, humo lento y arenoso, cuya danza está determinada por la pendiente del terreno, el vigor de cada paso y las corrientes. Debajo no hay límites sino clivajes de una misma roca madre adosada de helechos que parecen árboles diminutos (como un bosque submarino de encinos devorado gradualmente por nubes frías que se precipitan hacia el fondo). Sale del agua y permite que el sol consuma sin prisa las gotas que se aferran a su piel. Se coloca el calzado con gesto de derrota, de fusilamiento. Prosigue la marcha por un suelo que progresivamente se va haciendo más firme e incluso oblicuo. El borde oxidado de la siguiente bahía aparece agazapado ante una segunda franja color ocre que, conforme va ganando en profundidad, se funde en un azul turquesa febrilmente dominante. Trata de recordar entonces cómo era el lugar, previo a la inundación, probablemente un potrero tajado por infinitas vertientes que dragaban todo el año la sierra de Juárez con dirección al mar. Pero fue una época que no le tocó vivir, indicaciones sobre un paraíso perdido de antemano que en las cañadas adquiere el mismísimo sabor de la nostalgia ajena.

El hombre descubre que la sierra puede desdoblarse por cada paso que da. Su figura esconde un fondo insondable, como si tuviera la capacidad de replegase sobre sí misma entre nudos gordianos que rehúsan ser cortados. Piensa que para la gran mayoría de los individuos debe ser inaccesible. Se pregunta, con cierto halo de escepticismo, si una vida sería suficiente para agotar sus quebradas. Aunque también está convencido de que sería un proyecto dignificante para compensar tantas certezas autorizadas por la mera costumbre de saberse miembro de una ciudad prosaica. Habían pasado muchos años desde que delineó la idea de desenterrar el lado obscuro de las cosas pero, hasta entonces, no había sido capaz de parar las descripciones que le habían enseñado acerca de ellas. Quizá era esa la causa eficiente que, en su fuero interno, lo había traído hasta esos páramos, orientado por una combinación de azar, voluntad y destino.

La esfera ha alcanzado su ápice de fuego, debe rondar las dos o tres de la tarde. Los niños pescadores aguardan con toda la calma del mundo debajo de sus sombreros, con una paciencia semejante a la de esas mariposas diminutas que seguirán coloreando, por siglos, el ritual del cortejo, lo vital de la vida, la necesidad de aparearse sobre el lodo. Ha llegado la hora del itacate. Los niños comen pausadamente, saben que un día ellos serán el alimento de alguien más. Los columpios calcinados bajo el sol y una balada perdida. Enterrada en la punta de un maguey yace una golondrina muerta. ¿Cómo es que llegó ahí? Su expresión no es la del vuelo cortado de tajo, tiene un ángulo anterior. El hombre saluda a los niños, dice “provecho”, los niños le obsequian un tamal de chepil que acepta con gusto. Les pregunta por la golondrina. “Siempre ha estado ahí, señor”, le responde el más joven.

El hombre decide tomar una siesta bajo un copal mientras el calor se apacigua. Deja que el tiempo se queme despacio junto a su lado derecho. En su sueño lo visitan siluetas que depositan una efigie dentro de un nicho (más tarde lo interpretará como un arquetipo de la sexualidad). Cuando despierta los niños se han ido. Tampoco está la golondrina ni su pecho partido en dos. El hombre se yergue, estira los brazos en un bostezo total, avanza unos cuantos pasos y vuelve para orinar sobre su lecho. Comprende que ha llegado el momento de continuar: una bandada de gansos silvestres lo ha estipulado así al precipitarse en picada contra el embalse. Salen menos de los que entran, y los que salen esculpen con algarabía estelas triangulares que se extienden sobre su superficie. Elige un vértice y se aleja en dirección opuesta. El hombre avanza sudando en medio de una asamblea de rositas de cacao e inmediatamente lo embriaga el perfume del tejate. ¿Y si debajo de la presa yace inhumada una inmensa jícara colorada? Juega con la idea. Si tuviera suficiente aire regresaría a rescatar a los gansos inmolados en su lecho, los liberaría usando una gubia de cristal, y si le faltase aire saldría nadando a besar los estriados labios de una anciana zapoteca que se lleva la presa a la boca hasta beberse el paisaje y dejar, en su lugar, una nada latente…

De pronto, una detonación lo devuelve de sus cavilaciones. En el cielo aparece una nube repentina de pólvora amarilla y ocurre lo siguiente: diez mil metros más arriba del cuetazo, un avión traza una línea recta, abstracta, como si no hubiera modo de obstruir su vuelo de acero. El hombre está colocado en el único punto desde donde puede verse el avión entintándose de oro, coincidencia que dura un instante fugaz pero suficiente para poder confirmar que son preferibles los vaivenes a campo traviesa, desandar, suspenderse, cambiar de itinerario. Luego el avión recupera su color original y la nube se deshace y a los pasajeros les depara todavía más horas de abstracción, convencidos de que abajo el suelo es tan liso como las mesas plegables de sus asientos. El hombre baja la vista hacia el sitio donde supone debieron lanzar el petardo y adivina una procesión multitudinaria, es decir, multitudinaria en comparación con la poca gente que hasta entonces ha encontrado. No hablan ni tampoco utilizan sus instrumentos musicales, simplemente se limitan a avanzar en silencio hacia donde se encuentra el hombre. Uno, dos, tres cuetes más. El rostro de los campesinos resguarda un gesto atávico que coincide con el golpe arrastrado de sus pechos. Al final descubre que un grupo de personas carga sobre sus hombros dos travesaños que sostienen un altar vivo: es una niña vestida como Nuestra Señora de la Soledad. Parece un fragmento del universo, negra como una pirámide crepuscular, atroz como las rocas. El hombre mira que la virgen lo mira, piensa en la cultura que labramos diariamente, del pensamiento a los actos y de los actos a los hechos, prolongación de esa mano minuciosa que tiene el tiempo para trabajar la tierra, los cuerpos, la honda noche.

Pero apenas está atardeciendo (al buen paso darle calma, decía su madre, con razón). Desde la ladera más próxima el hombre alcanza a divisar un caserío perdido entre las lomas y unos puntitos, acaso un hato de chivas volviendo de pastar. La distancia difumina: basta mirarse la mano para no verse los dedos. Decide subir para disfrutar de la puesta del sol, calcula no demorar más de una hora aunque sabe muy bien que las perspectivas son engañosas. Para sorpresa suya, lo primero que encuentra son los bunkers amurallados de los caciques locales. El espesor de sus predios representa un signo ominoso que de inmediato contrasta con el concepto que tenía de ruralidad. La tierra acá afuera es blanca, polvorienta, real. Hay algo incómodo en toda esta situación. Prosigue su marcha (aunque en verdad no ha dejado de caminar ni un sólo segundo hasta perder los palaciegos recintos y su previsible hermetismo). Atraviesa un puente. Debajo, el cadáver de un arroyo. Del otro lado hay un muchacho escuchando música en su celular, quien le indica la ruta más directa para subir a la comunidad de Lomita Prieta sin pasar por la cabecera municipal. El hombre sigue las indicaciones hasta donde sus músculos lo permiten y, fatigado, se tumba entre los surcos de una parcela reseca. Tal y como lo había previsto, la distancia fue mayor que lo esperado y el sol tiene rato que se ha ido. No obstante, el hombre se sabe afortunado porque un águila acaba de ponerse en la parcela, justo ante un montículo de arcilla que había atrapado su atención (tal vez por ser la zona donde el ocaso era más profundo). El hombre tiene la sensación de que ya ha vivido esto, con variantes obviamente, algo que podría denominarse equivalencia de paisajes.

El hombre entra a una cenaduría aconsejado por su estómago. Pide un café de la olla junto con una orden de dobladitas de flor de calabaza con quesillo. Su dieta es magra pero conoce varios métodos para optimizar la distribución de energía. En el lado opuesto del local, una pareja de mochileros discuten apasionadamente sobre algunos puntos ciegos de la existencia. Varias botellas vacías de Corona (dos bien muertas); un molcajete con salsa de chile canario; lápices de color; un cuaderno garabateado; esto y algunas cáscaras de mandarina integran aquel bodegón improbable recortado contra la noche tras el quicio de la puerta. El hombre se interesa en su plática.

—… desde que se habían ido —dijo la chica.

—Entonces, si tanto nos cuesta lidiar con nosotros mismos, ¿por qué crees que volvemos siempre en busca de espejos? —preguntó el chico.

—No sé, supongo que es imposible renunciar al reflejo, los humanos somos narcisistas.

—¿Sabes qué estaba pensando? El otro, los demás, lo exterior no están afuera como todos andan diciendo, están aquí adentro —dijo el chico, tocándose la cabeza.

—Eso, eso, ¡es que es eso! Un encuentro te puede detonar pensamientos que estaría cabrón pensar en solitario —dijo ella—. Te voy a contar algo que nos pasó una vez en el desierto, a ver si te acuerdas. Veníamos bajando del Quemado cuando nos agarró la noche. Sabíamos que la luna saldría dentro de tres horas, pues estaba llena. Mientras, la obscuridad era absoluta. Entonces recordaste que una amiga te había dicho que si te perdías por esos rumbos, lo único que tenías que hacer era remontar los excrementos de los caballos que alquilan los turistas. Todavía no aprendíamos a leer el universo. Nuestras débiles linternas nos permitieron aplicar su consejo y, antes de que se cumplieran las tres horas, nos encontrábamos en una meseta abierta donde al menos ya se podía distinguir la silueta de los montes. Cuando salió la luna todo se llenó de azul. Bajamos siguiendo el cauce de un riachuelo. Nos pusimos a tocar el agua con unas ramas en improvisación libre. Entonces llegó corriendo una morrita como de once años preguntando por un burro que andaba suelto a merced de los coyotes. Le preguntamos por sus familiares, era demasiado pequeña para andar sin compañía. Dijo que vivía con su abuelo en un rancho cerca del tanque pero que se les había fugado el burro a la montaña. La acompañamos de regreso, nos dijo que la abuela se había matado de una caída a caballo en plena carretera. Sus padres vivían en Houston. Su abuelo había sido minero pero ahora dependía de su ganado, tenía una pistola que le había obsequiado un general y que guardaba en un armario que sonaba a sapos en temporada de lluvias. El general había llegado a San Luis Potosí huyendo de…

El hombre se levanta de la mesa y pide la cuenta. Antes pasa al baño. Mientras se lava la cara se queda viendo a ese hombre que está detrás del espejo. Se dirige hacia el jardín. Una vez ahí, se enrolla contra uno de los pilares del quiosco. Carga siempre con un zarape para estos casos. Inmediatamente cae dormido. En esta ocasión, sin embargo, le será imposible recordar lo que ha soñado. Hay veces que dormir es simplemente meterse en un cuarto vacío. Lo despierta la presencia de un perro negro con una manchita blanca en la espalda que está tendido a su lado. Se incorpora con el cuello ligeramente agarrotado. El jardín entero está cubierto por girones de niebla, niebla lenta y arenosa. El hombre se abre paso a través de la bruma y dobla por una calle empinada, seguido por el perro, con quien ha sellado un pacto. Suben por una ladera y al cabo de un rato han superado el celaje. El hombre y el perro se acuestan en una loma, gloriosamente imperfectos, debajo de tanta estrella. Petrificados, contemplan el giro de la bóveda celeste toda la noche hasta que el alba comienza a borrar los astros, por el oriente, con esa frágil luz pastel que es capaz de devorar los fuegos perpetuos. Falta todavía una hora y fracción para que los rayos del sol comiencen a colarse por las laderas más escarpadas y, alumbrar, paulatinamente, la cotidiana estatua del hombre y del perro, su epitafio.

Enrique Milpa (@rizomarx)