Polvo dormido

1991

Me he comido medio Pakal con el único hermano que tengo. La fraternidad enteogénica es tan férrea como los lazos sanguíneos, por eso es común que aparezcan miles de carnalitos regados por todo el mundo. La cuestión es hacerse transparente. Últimamente, Alfredo y yo hemos virado algunos hábitos al costumbrismo donde lo pintoresco reviste cierto interés ético: ser mejores personas. Y entonces hicimos lo que hubiera hecho Esther Seligson por su jardín de infancia, lo que caracteriza nuestras odiseas rústicas, obviamente fuimos a caminar a Chapultepec. Un torbellino de hojarasca deletreaba recuerdos indómitos que habíamos dejado tirados en algún lote baldío, sin que queden testigos de aquel día. Las ardillas caían por los troncos como lágrimas negras. El bosque no paraba de crecer. Era difícil asir el momento justo en que la consciencia del niño entraba a las estructuras sociales; seguramente no fue un evento irrevocable sino que entraba y salía, aéreo, en un vaivén desorbitado pero cada vez más exacto, casi una danza, cuando su cuerpo sin órganos palideció ante el orden de las cosas.

La vida es la sombra de otras diásporas —clamó el viento. De vuelta ya habíamos decidido desempolvar un armario y escuchar los casetes que nuestra madre grabó a principios de los noventa. Nunca antes lo habíamos hecho. Hay armarios donde habitan otros tiempos, canteras del pasado, polvo dormido. Mamá murió de cáncer cerebral tres años después. Creo que entonces me asediaba cierto tipo de nihilismo forastero, microscópico, ¿qué representa la muerte para un niño?, como esas cosas que no podemos procesar pero que están y se sienten cuando flotan dentro de una masa de signos ominosos. ¿Qué sentía mi madre al momento de grabarnos? ¿Tenía algún propósito expedito? ¿Qué vas a decir ahora? ¿Acaso le daba algún significado especial a la voz, al sonido de sus dos hijos? ¿A qué clase de realidad remitían esos diálogos arborescentes que teníamos yo y mi hermano cuando por fin nos animábamos a usar los escasos, amenazadoramente nuevos conceptos que recién habíamos adquirido?

Alfredo me pregunta cuál es el recuerdo más antiguo que guardo (y del cual podría asegurar que pertenece a una época en que ya era consciente de mi existencia en tanto ente). Pero pensé que la existencia era el néctar de la esencia y todas esas reflexiones que te conducen al vacío o a los fotogramas de Theo Angelopoulos. Alfredo dice que él cree recordar una discusión de nuestros padres que escuchó mientras estaba debajo de un lavadero ovillado en su triciclo. Ya no existe ese lavadero pero juraría que antes albergaba arañas patonas, hasta el fondo, y probablemente capullos de un azotador que se ha extinguido de la ciudad. Fue una pena. De día era negro con saetas amarillas, después una mariposa nocturna, ahora una noche sin mariposa. E imagino a Alfredo, soberano de sí por vez primera, comprendiendo entre gritos que había llegado —como decía Inés Arredondo— a un mundo imperfecto y sabio. Pese a que únicamente nos separan dos años de edad, yo sí tuve la fortuna de distinguir la edad de oro de nuestros padres, justo antes del divorcio. Pero sucede que no puedo recordar mi recuerdo más lejano, lo he perdido. Y si alguien extravía sus ayeres entonces su biografía puede constreñirse hasta el hartazgo, desaparecer. Es como si a un pasado caníbal le urgiera fagocitarse en el tiempo abstracto hasta igualar al presente. Y pienso que debí decirle a mi hermano que me queda el impreciso recuerdo de mi madre intentando hacernos la circuncisión con las manos, en su cuarto, pero lo que terminé diciendo era algo relacionado con los primeros instantes después del Big Bang, cuando el universo era un plasma de huevo revuelto con salsa cátsup.

 

2017

Besar la tierra para volver a probar su sabor, una vez más, su sabor a metales templados. Mientras, el polvo duerme un sueño descomunal. La tierra permanece despierta, agazapada, atenta a tus movimientos yace inmóvil con gesto de escultura. Los ramos entran, uno por uno, en el pecho de tus muertos. Ya es su día. Su día para salir del polvo y beber el pulque que les han dejado los familiares que todavía están. Habrá pan, tamales, algarabía. Con tal de que los muertos no se pierdan, cada ofrenda fue previamente conectada mediante un sendero de flores de cempasúchil que sale de las casas; baja por escaleras; atraviesa zaguanes, traspatios llenos de composta y almácigos; avanza por la calle; bordea arroyos, tapados, llanitos; se introduce fatalmente en los caminos universales de la humanidad. Al otro lado del muro hay un embalse que funciona como espejo. Las parejitas de siempre echando novio, ancianos trotando, ocasionalmente caballos sueltos o algún pintor de acuarelas. La realidad se puede duplicar pero siempre perderá información en el proceso, como cuando contemplas el busto de Pakal y notas que algo te hace falta. Sobre la piel del cerro hay enormes cráneos tatuados con tinta de árbol. Más abajo, entre ocotes, Tenango de las Flores. Por sus rumbos se bifurca la sangre anaranjada de esta ofrenda colectiva, huele a difunto. En un claro reseco está el cementerio, menos quieto que de costumbre. Unos metros más adelante, alineadas en hileras para que el padre Román las bendiga, la gente forma sus carretillas con manojos de nube, terciopelo, y cempasúchil. Todo el pueblo ha atendido el llamado a misa.

Hubo un tiempo en que la religión católica me provocaba tedio, o mejor dicho, una vacilante necesidad de rivalidad pese a que nunca me hubieran inculcado su doctrina. Había abrazado la bandera del ateísmo, era muy joven. Hoy podría decir que mi posición se ha desplazado hacia un materialismo místico más cercano al pensamiento agnóstico. Me interesan lo mundano del culto y la metafísica de la sociedad. Por eso cada vez siento una mayor afinidad afectiva durante los rituales religiosos, algo que debió surgir por curiosidad etnográfica o por el simple paso de los años, no lo sabemos. Lo cierto es que disfruto estar ahí, tan cerca y tan lejos de los fieles, vulnerado por las fuerzas sociales y los inabarcables rostros de la cultura. El padre Román está hablando de tres iglesias así que trato de alinear el subtexto de su discurso con mi posición ontológica. Me parece que la parábola de la iglesia peregrina es la que encierra mayor sentido de trascendencia, siempre y cuando reconozcamos que eso que llaman entrar a la presencia de Dios no es otra cosa que estar plenamente en el mundo, desnudos, con todo lo que ello implica. En la antesala del enigma, pienso, soy la multitud al unísono, el templo hueco.

Enrique Milpa (@rizomarx)

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