Sacassaia – Boca da Terra (2014)

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Escuchar Sampleando Deus e o Mundo, primer disco de Sacassaia, fue para mí algo similar a atravesar un umbral. Eso ocurrió en 2009. Cuando supe, cinco años después, que Gabriel Reis y Tomás Seferin preparaban nuevo material, tuve el impulso de prender una vela. No imaginaba que la incorporación formal de Renato Matos, icono de la cultura rastafari en Brasilia, iba a imprimirle un giro tan notable. Boca da Terra es un acercamiento más profundo a la música afrobrasileña y su esencia mestiza, con todas las posibilidades que eso implica en pleno siglo XXI. Esperamos que sea de su agrado.

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Lo que sólo uno escucha

José Revueltas. Publicado en Dormir en tierra (1971).

 Para Rosa Castro

La mano derecha, humilde, pero como si prolongase aún el mágico impulso, descendió con suma tranquilidad a tiempo de que el arco describía en el aire una suave parábola. Eran evidentes la actitud de pleno descanso, de feliz desahogo y cierta escondida sensación de victoria y dominio, aunque todo ello se expresara como con timidez y vergüenza, como con miedo a destruir algún íntimo sortilegio o de disipar algún secretísimo diálogo interior a la vez muy hondo y muy puro. La otra mano permaneció inmóvil sobre el diapasón, también víctima del hechizo y la alegría, igualmente atenta a no romper el minuto sagrado, y sus dedos parecían no atreverse a recobrar la posición ordinaria, fijos de estupor, quietos a causa del milagro.

Aquello era increíble, mas con todo, la expresión del rostro de Rafael mostrábase singularmente paradójica y absurda. Una sonrisa tonta vagaba por sus labios y se diría que de pronto iba a llorar de agradecimiento, de lamentable humildad.

—No puede ser, no es cierto; es demasiado hermoso —balbuceó presa de una agitación extraña y enfermiza. Apartó el violín de bajo su barbilla y oprimiéndolo luego con el codo, la mano izquierda libre y sin que la otra abandonase el arco, se puso a examinar ambas flexionando ridículamente los dedos, una y otra vez, como si los quisiera desembarazar de un calambre—. No puedo creerlo, es demasiado —repitió.

Después de las amargas incertidumbres, hoy era como si las tinieblas de la duda se hubieran disipado para siempre. Su mano izquierda se había conducido con destreza, seguridad e iniciativa extraordinarias; supo ir, de la primera a la séptima posiciones, no sólo por cuanto a lo que la partitura indicaba, sino sobre todo, por cuanto a la inquietud de descubrir nuevos matices y enriquecer el timbre mediante la selección de cuerdas que el propio compositor no había señalado. En esta forma periodos opacos cobraron una brillantez súbita; las frases banales, un patetismo arrebatador y todo aquello que ya era de por sí profundo y noble se elevó a una espléndida y altiva grandeza. Por lo que hace a los sonidos simultáneos —que fueron su más atroz pesadilla en el Conservatorio—, le fue posible alcanzar no sólo las terceras, sino todas las décimas de doble cuerda, aun cuando éstas siempre se le habían dificultado grandemente a causa de la torpe digitación. La mano derecha, a su vez, se condujo con exactitud y precisión prodigiosas al encontrar y obtener, cuando se requería para ello, el punto de la escala propio o el color más inesperado de la encordadura, ya aproximándose o alejándose del puente, ya con el uso del arco entero o sólo del talón o la punta, según lo pidiese el fraseo. O finalmente, con el ataque individual de cada sonido en el alegre y juvenil stacatto o con el brioso y reidor saltando. A causa de todo eso la impresión de conjunto resultó de una intensidad conmovedora y los sentimientos que la música expresaba, la bondad, el amor, la angustia, la esperanza, la serenidad del alma, surgieron libres, radiantes y jubilosos como un canto sobrenatural y lleno de misterio.

“Ahora cambiará todo —se dijo Rafael después de haberse escuchado—; será todo distinto. Todo cambiará.” Sonreía hacia algo muy interior de sí mismo y por eso su rostro mostraba un aire estúpido. Era imposible darse cuenta si un fantástico dios nacía en lo más hondo de su ser o si un oscuro ángel malo y potente se combinaba en turbia forma con ese dios.

Caminó en dirección de la mesa cubierta con un mantel de hule roñoso, y en el negro y deteriorado estuche que sobre ella descasaba guardó el violín después de cubrirlo con un paño verde. Llamaron su atención las figuras del mantel, infinita y depresivamente repetidas en cada una de las porciones que lo componían. “Todo cambiará, todo”, se repitió, y advirtió que ahora esa frase se refería al mantel. Cuántas veces no hubiera deseado cambiarlo, pero cuántas, también, no se guardaba ni siquiera de formular este deseo frente a su mujer, tan pobre, tan delgada y tan llena de palabras que no se atrevía a pronunciar jamás. Eran unas tercas figuras de volatineros sin sentido, inmóviles, inhumanos, que se arrojaban unos a otros doce círculos de color a guisa de los globos de cristal que los volatineros reales se arrojan en las ferias.

“Hasta esto mismo, hasta este mantel cambiará”, finalizó sin detenerse a considerar lo prosaico de su empeño —cuando lo embargaban en contraste tan elevadas emociones— y sin que la vaga y penosa sonrisa se esfumara de sus labios.

No quería sentirse feliz, no quería desatar, sacrílegamente, esa dicha que iluminaba su espíritu. Algo indecible se le había revelado, mas era preciso callar porque tal revelación era un secreto infinito.

Nuevamente se miró las manos y otra vez se sintió muy pequeño, como si esas manos no fueran suyas. “Es demasiado hermoso, no puede ser. Pero ahora todo cambiará, gracias a Dios.” Lo indecible de que nadie hubiera escuchado su ejecución, y que él, que él solo sobre la tierra, fuera su propio testigo, sin nadie más.

—Parece como si tuvieras fiebre; tus ojos no son naturales —le dijo su mujer a la hora de la comida. No era eso lo que quería decirle, sin embargo. Querría haberle dicho, pero no pudo, que su mirada era demasiado sumisa y llena de bondad, que sus ojos tenían una indulgencia y una resignación aterradoras.

—¿Estás enfermo? —preguntaron a coro y con ansiedad los niños. Rafael no respondió sino con su sonrisa lastimera y lejana.

“No les diré una palabra. Lo que me ocurre es como un pecado que no se puede confesar.” Y al decirse esto, Rafael sintió un tremendo impulso de ponerse en pie y dar a su mujer un beso en la frente, pero lo detuvo la idea de que aquello le causaría alarma.

Ella lo miró con una atención cargada de presentimientos. Ahora lo veía más encorvado y más viejo, pero con ese brillo humilde en los ojos y esa dulzura torpe en los labios que eran como un índice extraño, como un augurio sin nombre. “Es un anuncio de la muerte. No puede ser sino la muerte. Pero, ¿cómo decírselo? ¿Cómo darle consuelo? ¿Cómo prepararlo para el pavoroso instante?”

Hubiera querido, ella también, tomar aquella pobre cabeza entre sus manos, besarla y unirse al fugitivo espíritu que animaba en su cuerpo. Pero no existían las palabras directas, graves y verdaderas, sino apenas sustituciones espantosas mientras toda comunicación profunda entre sus dos ánimas se había roto ya.

—Descansa hoy, Rafael —dijo en un tono maternal y cargado de ternura—; no vayas al trabajo. Esas funciones tan pesadas terminarán por agotarte —lo dijo por decir. Otras eran las cosas que bullían dentro de ella. Pensaba en el tristísimo trabajo de su marido, como ejecutante en una miserable orquesta de cantina-restaurante, y en que, sin embargo, eso también iba a concluir. “Quédate a morir —hubiera dicho con todo su corazón—, te veo en el umbral de la muerte. Quédate a que te acompañemos hasta el último suspiro. A que recemos y lloremos por ti…”

Rafael clavó una mirada por fin alegre en su mujer, al grado que ésta experimentó una inquietud y un sobresalto angustiosos. “¿Podría entenderme —pensó Rafael— si le dijera lo que hoy ha ocurrido? ¿Si le dijera que he consumado la hazaña más grande que pueda imaginarse?”

Al formularse estas preguntas no pudo menos que reconstruir los extraordinarios momentos que vivió al ejecutar la fantástica sonata, un poco antes de que su mujer y sus hijos regresaran. Los trémolos, patéticos y graves, vibraban en el espacio con limpidez y diafanidad sin ejemplo, los acordes se sucedían en las más dichosas y transparentes combinaciones, los arpegios eran ágiles y llenos de juventud. Todo lo mejor de la tierra se daba cita en aquella música; las más bellas y fecundas ideas elevábanse del espíritu y el violín era como un instrumento mágico destinado a consumar las más altas comuniones.

“No puedo creerlo aún”, se dijo mirándose las manos como si no le pertenecieran. Se sentía a cada instante más menudo, más humilde, más infinitamente menor dentro de la grandeza sin par de la vida. Quiso tranquilizar a su mujer al mirarla aprensiva e inquieta:

—Todo será nuevo —exclamó—, hermoso y nuevo para siempre.

—Es la maldita bebida —dijo la mujer por lo bajo mientras un terrible rictus le distorsionaba la cara alargándole uno de los ojos—. El maldito y aborrecible alcohol. Tarde o temprano iba a suceder esto…

Condujo entonces a Rafael, sin que éste, al contrario de lo que podría esperarse, protestara, al camastro que les servía de lecho.

Luego hizo que los niños, de rodillas, circundaran a su padre, y unos segundos después, dirigido por ella, se elevó un lúgubre coro de preces y jaculatorias por la eterna salvación del hombre que acababa de entregar el alma al Señor.

Kurhandikua. Crónicas sonoras del Eje Neovolcánico

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O

A comparación del paisaje sonoro, que siempre enlaza una fenomenología de los acontecimientos acústicos, las crónicas sonoras son relatos y, principalmente, narración de experiencias de escucha enclavadas en el espacio-tiempo. Éstas son algunas memorias de lo que sacudió mis oídos por los páramos michoacanos, entre el 28 de diciembre de 2017 y el 9 de enero del presente.

 

I

Cada año, a mediados de noviembre, las mariposas monarcas arriban a los santuarios de oyamel que enaltecen las cimas de Michoacán. Llegan huyendo del viento polar en busca de un frío parecido al de las Rocallosas, a más de tres mil metros de altitud. Su capullo social pende de los troncos más gruesos y de las ramas, como si fueran rebozo, amasadas entre sí para guardar calor hasta que se desgajan repentinamente sin hacer casi ningún ruido. Como hojas secas danzan las mariposas monarcas por la Sierra Chincua, revoloteando en busca de un poco de sol. Pero si por casualidad pasan cerca de ti, escucharás el sonido de un parpadeo, el reojo empolvado de un vitral. Son como pequeños jaguares prietos con alas de tigre, filo cortando aire.

Alrededor de las diez de la noche comenzaron los disparos. Los primeros balazos estaban espaciados entre sí, envueltos por espesas capas de silencio, aunque cada vez se repetían con mayor urgencia. ¿Cazadores? ¿Sicarios? ¿Federales? No parecía un enfrentamiento, sino la multiplicación de un mismo escopetazo. Era imposible discernir de dónde venían las balas. El bosque funcionaba como paredes negras o pozos o anfiteatros corales, y las descargas se propagaban obstinadamente al pasar de la madrugada. El sudor de la casa de campaña se estaba congelando. Al mismo tiempo, los ladridos. Podía ser un perro encadenado o una jauría salvaje en medio del ocoxal, daba igual. Lo único que variaba era la sensación de distancia, la capacidad que tienen los cuerpos para repetir una misma fórmula cacofónica con ligeras variantes, una y otra vez, la estupidez de un arma cargada.

Los jilgueros de Angangueo dibujan cintas infinitas en el aire quizá porque su canto es su mejor acrobacia. Ella le llama ‘devenir aumentativo’. Los astrónomos, ‘analema’. Cualquier sonido está inexorablemente atado al movimiento oscilatorio, sea pendular o continuo. No puede haber períodos sin espasmo.

 

II

Las campanas de la catedral de Morelia marcan el registro de varias temporalidades sobrepuestas (así la piedra rosa que las sostiene). Cada vez que tiemblan nos recuerdan que no hay historia que no esté formada por capas geológicas, prelógicas. Año nuevo: abstracción del tiempo por consenso. Pues si te lo propones, verás que cada instante está iniciando otro año nuevamente. La humanidad requiere de eternos retornos, igual que las mariposas. Los atentados de 2008 aún retumban en la plaza Melchor Ocampo, no es algo que se olvide tan fácil. Paradojas: este 31 de diciembre lo memorable —palpable, audible— son las luces de bengala, los cohetes, los trepidantes subbufer de un antro cercano, la risa y el resto de detonaciones conmemorativas que primero iluminan el cielo y después se escuchan.

En los hostales, nunca falta el vecino que pone sobre la mesa la distinción entre sonidos públicos y sonidos íntimos.

El día anterior, cerca del mediodía, habíamos abordado un autobús en Ciudad Hidalgo. Algo tenía el chofer, supongo, que todo el camino se la pasó oyendo a Marco Antonio Solís. Y mientras el Buki fraseaba “…la gente pasa y pasa siempre tan igual, el ritmo de la vida me parece mal…”, ella pelaba una naranja y hacía estallar las sigilosas gotas, acompañadas de un perfume cítrico y un crujido.

Los ruidos del cuerpo, cuando cae el invierno, suelen congestionarse. Todo comienza con un conducto obstruido. ¿Habrá gargantas que no hayan tosido alguna vez? En la plaza de armas hay un tremendo loro que quiere cotorrear con los paseantes. Es bueno, el condenado. Y cuando nos reímos, él se ríe maliciosa y humanamente. Nos remeda cual si fuera un espejo capaz de reflejar sonidos.

Un acueducto áspero por donde ya no corren los gritos del agua.

 

III

Tres cronopios curándose la peda de año nuevo en una placita de Pátzcuaro. Llega un cuarto cronopio y les dice: “Tercia de putos, ahora sí voy a hacer póquer”. Están chupando en la banca de enfrente. Uno de ellos sostiene una novela erótica en sus manos, le dicen: “Tú sigue leyendo, eres el Licenciado, eres el Licenciado Negro”. Y el Licenciado Negro recibe un pegue de mezcal del cuarto cronopio a cambio de su revista arrugada. Fue en otra plaza donde encontramos al quinto de ellos. Llevaba una bocina para fiestas y una memoria MP3 pegada al puerto trasero. Fue a sentarse junto a la estatua y, tras verificar que los graves estuvieran hasta el tope, le puso play.

En el puesto de jugos hay un conjunto de máquinas que cumplen funciones especializadas como exprimir, licuar y triturar. Si los sonidos están atados a una periodicidad, el ritmo de un cuerpo en movimiento quedará impreso en su timbre particular. Una pieza de engobado sobre barro suena distinto a un petate de mimbre. Las manos del maqueador tampoco tienen las mismas marcas que quienes tañen el tololoche.

Me crucé con dos ancianos indígenas tocando el acordeón en aceras distintas. Fue el mismo día. Estaban ciegos. La brecha de la desigualdad social en México es 1.5 veces mayor que en el resto de los países miembro de la OCDE.

 

IV

Cerca del muelle, los artesanos trabajan desde hace muchas generaciones las maderas blandas del cerro Yarahuato. El Abuelo, Salvador Vargas, nos muestra su obra. Entramos a un laberinto de santos, corazones y máscaras, principalmente con motivos religiosos. A contraluz, el rostro del Abuelo parece tallado sobre corteza de copalillo. Las figuras guardan silencio mientras su creador nos comparte algunos gajes del oficio. Más adelante hay otros talleres, algunos son de sus hijos. Martillo contra gubia. Astilla sobre viruta. El árbol genealógico.

En la isla de Janitzio leímos en voz alta un capítulo de Los muros de agua, la parte de la epidemia de escorbuto. Y nos sentíamos como jilgueros enjaulados en una cantina absurda, llena de basura, densamente poblada.

En México, los trenes ya casi no transportan personas. Pero el ferrocarril sigue siendo un medio fundamental para el desplazamiento de mercancías. Al puerto de Lázaro Cárdenas se dirigen, día y noche, los trenes cargados de fuerza de trabajo cristalizada e insumos para exportación. Y donde pasa la máquina de vapor van quedando los sonidos de la revolución industrial, los cuales llevan implícitamente las demandas del obrero, el puño en alto.

 

V

Levantar la cabeza hacia la bóveda celeste y buscar la nebulosa de Orión entre Betelgeuse y Rigel. Si pudiéramos oír los bramidos de todas esas estrellas nos quedaríamos sordos de inmediato, como la luz solar aniquila la retina. Poco menos que infinitamente estrepitosas. Pero, desde nuestra perspectiva, parece que esos puntitos eternos están mudos. Y creemos en nuestras palabras como si fueran más fuertes que ellas. Pero nadie nos está escuchando allá arriba. Ni acá afuera. Por eso nos avocamos al pensamiento, tan estridente, tan estrella sin su amígdala.

El fuego, como el resto de los elementos, produce sonidos arquetípicos que provienen de una matriz común. Parece, de pronto, como si la fogata no fuera de leña sino de cristales o hielo. El humo silba entre las vetas de los maderos carbonizados, el aceite de ocote truena, las llamas respiran. En esta temporada la madera no está mojada, a no ser que se serene a la intemperie, así que las únicas explosiones provienen de las regiones más húmedas. Cuando alguien sabe cantarle al fuego, renace, de las cenizas.

Nos sentamos a desayunar corundas en una banqueta. De algún cuarto de la casa de arriba provenía una melodía y, siguiéndole la pista, un aprendiz de acordeón. En este pueblo la gente no te saluda, se despide de ti. A propósito, Zirahuén significa espejo de los dioses. ¿Será que los graznidos de las gallinetas y el golpear de las olas son la traducción de idiomas inefables?

 

VI

Han cancelado el encuentro de los Cúrpites en San Juan Nuevo. La razón —pero eso lo supimos más tarde— fue que el 5 de enero ultimaron a un hombre en la carretera a Uruapan, lo que ocasionó una bronca entre familias que se salió de control. Los organizadores determinaron la incapacidad de los anfitriones para garantizar la seguridad del elenco y asistentes. Cuando llegamos nadie quería decirnos nada, no lo entendíamos. El pueblo estaba cerrado en un hermetismo indestructible. Al entrar, un grupo de autodefensas embozados echó un vistazo al interior del camión, todo en completo silencio y usando únicamente la mirada como señal. Iban armados. A un lado de la iglesia, le preguntamos a un anciano que vendía artesanías por la casa del peregrino. “No tiene caso”, dijo con aplomo. En sus ojos había desdén por tanta violencia miserable, desaliento al borde de la desesperación, ira. “No tiene caso hablar de ello —continuó—. Ustedes son jóvenes, pónganse chingones”.

 

VII

El inmenso pedregal que rodea al volcán Paricutín describe un silencio abisal. Parece como si hubiera callado durante siglos, como si el silencio fuera un centinela macizo. Nuestros pasos suenan a cántaro roto, algo hueco y poroso que avanza lentamente. Cuando chocan dos piedras es como si la tierra estuviera masticando cascabeles. Pocos son los árboles que han arraigado en este lúgubre y embriagante desierto de laja, tiritan agitando sus hojas cuando los golpea el viento alado. Los insectos se mueven con cautela, los mamíferos duermen debajo de esos laberintos afilados. Únicamente existe algo parecido al alboroto en la cima del cráter, donde los cuervos rondan y se dejan caer como hélices quemadas, su pecho ronco. En 1943 el paisaje debió ser totalmente diferente, de una estridencia insuperable: las advenedizas montañas de Arreola, pariendo; o los anos solares de Bataille y sus emanaciones sofocantes. Todo en un mismo ruido blanco, incandescente, ensordecedor. Y los crujidos de la materia, cambiando de estado al enfriarse, su mueca ígnea de recién nacido.

Los jóvenes zapatean sobre el templete y personifican a los ancianos que algún día seremos. La indumentaria consta de una máscara rosa de viejito; paliacate bordado junto con unas complicadas capas y trenzas metálicas de serpentina; cascabeles sujetos a los tobillos que marcan el paso mientras se dirigen, acompañados por la comunidad, a pedir a la novia. La danza de los Cúrpites en Angahuan fue ayer, pero hoy se celebra otro ritual, de carácter más local. Los grupos avanzan hacia los hogares, uno por uno, donde se repite la siguiente serie de acciones: los jóvenes-viejitos allanan la casa para saquear los juguetes de las pretendidas / la orquesta ejecuta melodías abajeñas / los niños arrojan naranjas contra los focos y ventanas hasta quebrarlas / la gente lanza carcajadas / las novias avientan su inocencia / y los borrachos, sus latas de cerveza.

La lengua purépecha discurre saludable por la montaña y las casas de teja. Aquí casi nadie habla castellano, salvo los forasteros, como nosotros. O los intermediarios. Aislado de su código, el lenguaje se vuelve sonido puro. Que es lo que siempre ha sido. Primero, canto; después voz; al final, discurso. Un joven nasal y descalzo ganguea todo el día sentado en la banqueta. Los pregones pierden sentido pero algo están anunciando. Vuelve la anécdota de Dionisio Pulido y su hijo, testigos del nacimiento del volcán infante, los pies como brasas. La señora que cocina tiene una voz hermosa que parece un trino subiendo por los caminos soterrados de San Juan Parangaricutiro. Le pregunto cómo se dice ‘sonido’ en purépecha. No existe esa palabra.

—¿Lo que se escucha? —me pregunta, tras meditar un momento.

—Sí, eso —le digo.

—Kurhandikua.

 

Texto y fotografía: Enrique Milpa (@rizomarx)

Polvo dormido

1991

Me he comido medio Pakal con el único hermano que tengo. La fraternidad enteogénica es tan férrea como los lazos sanguíneos, por eso es común que aparezcan miles de carnalitos regados por todo el mundo. La cuestión es hacerse transparente. Últimamente, Alfredo y yo hemos virado algunos hábitos al costumbrismo donde lo pintoresco reviste cierto interés ético: ser mejores personas. Y entonces hicimos lo que hubiera hecho Esther Seligson por su jardín de infancia, lo que caracteriza nuestras odiseas rústicas, obviamente fuimos a caminar a Chapultepec. Un torbellino de hojarasca deletreaba recuerdos indómitos que habíamos dejado tirados en algún lote baldío, sin que queden testigos de aquel día. Las ardillas caían por los troncos como lágrimas negras. El bosque no paraba de crecer. Era difícil asir el momento justo en que la consciencia del niño entraba a las estructuras sociales; seguramente no fue un evento irrevocable sino que entraba y salía, aéreo, en un vaivén desorbitado pero cada vez más exacto, casi una danza, cuando su cuerpo sin órganos palideció ante el orden de las cosas.

La vida es la sombra de otras diásporas —clamó el viento. De vuelta ya habíamos decidido desempolvar un armario y escuchar los casetes que nuestra madre grabó a principios de los noventa. Nunca antes lo habíamos hecho. Hay armarios donde habitan otros tiempos, canteras del pasado, polvo dormido. Mamá murió de cáncer cerebral tres años después. Creo que entonces me asediaba cierto tipo de nihilismo forastero, microscópico, ¿qué representa la muerte para un niño?, como esas cosas que no podemos procesar pero que están y se sienten cuando flotan dentro de una masa de signos ominosos. ¿Qué sentía mi madre al momento de grabarnos? ¿Tenía algún propósito expedito? ¿Qué vas a decir ahora? ¿Acaso le daba algún significado especial a la voz, al sonido de sus dos hijos? ¿A qué clase de realidad remitían esos diálogos arborescentes que teníamos yo y mi hermano cuando por fin nos animábamos a usar los escasos, amenazadoramente nuevos conceptos que recién habíamos adquirido?

Alfredo me pregunta cuál es el recuerdo más antiguo que guardo (y del cual podría asegurar que pertenece a una época en que ya era consciente de mi existencia en tanto ente). Pero pensé que la existencia era el néctar de la esencia y todas esas reflexiones que te conducen al vacío o a los fotogramas de Theo Angelopoulos. Alfredo dice que él cree recordar una discusión de nuestros padres que escuchó mientras estaba debajo de un lavadero ovillado en su triciclo. Ya no existe ese lavadero pero juraría que antes albergaba arañas patonas, hasta el fondo, y probablemente capullos de un azotador que se ha extinguido de la ciudad. Fue una pena. De día era negro con saetas amarillas, después una mariposa nocturna, ahora una noche sin mariposa. E imagino a Alfredo, soberano de sí por vez primera, comprendiendo entre gritos que había llegado —como decía Inés Arredondo— a un mundo imperfecto y sabio. Pese a que únicamente nos separan dos años de edad, yo sí tuve la fortuna de distinguir la edad de oro de nuestros padres, justo antes del divorcio. Pero sucede que no puedo recordar mi recuerdo más lejano, lo he perdido. Y si alguien extravía sus ayeres entonces su biografía puede constreñirse hasta el hartazgo, desaparecer. Es como si a un pasado caníbal le urgiera fagocitarse en el tiempo abstracto hasta igualar al presente. Y pienso que debí decirle a mi hermano que me queda el impreciso recuerdo de mi madre intentando hacernos la circuncisión con las manos, en su cuarto, pero lo que terminé diciendo era algo relacionado con los primeros instantes después del Big Bang, cuando el universo era un plasma de huevo revuelto con salsa cátsup.

 

2017

Besar la tierra para volver a probar su sabor, una vez más, su sabor a metales templados. Mientras, el polvo duerme un sueño descomunal. La tierra permanece despierta, agazapada, atenta a tus movimientos yace inmóvil con gesto de escultura. Los ramos entran, uno por uno, en el pecho de tus muertos. Ya es su día. Su día para salir del polvo y beber el pulque que les han dejado los familiares que todavía están. Habrá pan, tamales, algarabía. Con tal de que los muertos no se pierdan, cada ofrenda fue previamente conectada mediante un sendero de flores de cempasúchil que sale de las casas; baja por escaleras; atraviesa zaguanes, traspatios llenos de composta y almácigos; avanza por la calle; bordea arroyos, tapados, llanitos; se introduce fatalmente en los caminos universales de la humanidad. Al otro lado del muro hay un embalse que funciona como espejo. Las parejitas de siempre echando novio, ancianos trotando, ocasionalmente caballos sueltos o algún pintor de acuarelas. La realidad se puede duplicar pero siempre perderá información en el proceso, como cuando contemplas el busto de Pakal y notas que algo te hace falta. Sobre la piel del cerro hay enormes cráneos tatuados con tinta de árbol. Más abajo, entre ocotes, Tenango de las Flores. Por sus rumbos se bifurca la sangre anaranjada de esta ofrenda colectiva, huele a difunto. En un claro reseco está el cementerio, menos quieto que de costumbre. Unos metros más adelante, alineadas en hileras para que el padre Román las bendiga, la gente forma sus carretillas con manojos de nube, terciopelo, y cempasúchil. Todo el pueblo ha atendido el llamado a misa.

Hubo un tiempo en que la religión católica me provocaba tedio, o mejor dicho, una vacilante necesidad de rivalidad pese a que nunca me hubieran inculcado su doctrina. Había abrazado la bandera del ateísmo, era muy joven. Hoy podría decir que mi posición se ha desplazado hacia un materialismo místico más cercano al pensamiento agnóstico. Me interesan lo mundano del culto y la metafísica de la sociedad. Por eso cada vez siento una mayor afinidad afectiva durante los rituales religiosos, algo que debió surgir por curiosidad etnográfica o por el simple paso de los años, no lo sabemos. Lo cierto es que disfruto estar ahí, tan cerca y tan lejos de los fieles, vulnerado por las fuerzas sociales y los inabarcables rostros de la cultura. El padre Román está hablando de tres iglesias así que trato de alinear el subtexto de su discurso con mi posición ontológica. Me parece que la parábola de la iglesia peregrina es la que encierra mayor sentido de trascendencia, siempre y cuando reconozcamos que eso que llaman entrar a la presencia de Dios no es otra cosa que estar plenamente en el mundo, desnudos, con todo lo que ello implica. En la antesala del enigma, pienso, soy la multitud al unísono, el templo hueco.

Enrique Milpa (@rizomarx)

Deconstrucción nacional

A las víctimas de todos los días

Mucho se discute últimamente en México sobre cómo levantaremos los sitios devastados por los recientes terremotos y huracanes. Del Istmo hasta los valles se habla de reconstrucción nacional, normalización, reactivación económica. Pero, ¿qué es exactamente lo que queremos rehacer?

Recuerdo que cuando ocurrió el accidente nuclear de Fukushima en 2011 leí un artículo de Ulrich Beck, quien afirmaba que no hay “catástrofes naturales”: en la naturaleza sólo existen procesos de transformación —algunos ciertamente radicales—, los cuales cobran sentido en el horizonte de la experiencia humana. Claro que estas tragedias tienden a magnificarse en función de voluntades tecnopolíticas, como la decisión de poblar una zona sísmica o de fundar un sistema económico en la quema de hidrocarburos y trasiego de mercancías a escala global.

Como sucede siempre, los representantes del gran capital y el Estado aprovecharán cualquier crisis para traducirla en beneficios acorde a sus propios intereses. Carecen de escrúpulos al momento de capitalizar la desgracia ajena en réditos políticos o económicos, como si estuviesen transmutando nuestro plomo en su oro. Se trata de la balanza infame del poder. El capital financiero, inmobiliario y comercial no parecen muy preocupados: tasas de crédito preferencial; reedificación de inmuebles con daño parcial o total; hasta los OXXO y Wal Mart ya están haciendo su agosto para abastecer los centros de acopio. Aclaro: la solidaridad desplegada por la sociedad civil ha sido genuina, incluso heroica, pero hay que reconocer que seguimos empantanados en las aguas negras del capitalismo. Más crucial sería descifrar aquellos intersticios donde vemos surgir periódicamente, como también sucede siempre, los actos de reciprocidad, cooperación y mutualismo.

La identidad mexicana es un constructo que apela a un arco de solidaridades imaginario, igual que todas las nacionalidades, cuando pretende diluir la estratificación social y plurietnicidad al interior de un territorio divido arbitrariamente. ¿Cuántos Méxicos caben en un México? En Chimalpopoca y Bolívar, donde ahora yace un memorial espontáneo, las paredes hablan: “La vida de una costurera vale más que todas las máquinas del mundo”. Esta consigna nos recuerda que las obreras caídas en los talleres de San Antonio Abad en el 85 están en el mismo cielo de tela que las obreras sepultadas apenas hace unos días por la maquinaria estatal. Su ausencia ahora es parte de nuestra piel, les pertenecemos. Compañeras, no están solas.

En su Dieciocho Brumario Marx decía, siguiendo a Hegel, que los hechos históricos aparecen dos veces: primero como tragedia, luego como farsa. ¿Sólo dos veces? La imagen del círculo es menos exacta que la de la espiral. El 19 de septiembre de 1985 la tierra se desbordó y 32 años después, con un desfase de pocas horas, nos vuelve a gritar: ¡Basta! Pero la sociedad civil ya no es la misma que antes, ni los partidos políticos ni tampoco el mercado. Podríamos hacer un análisis comparativo pero no es el momento. Quisiera en cambio tocar, si bien superficialmente, un nivel metafísico. Y es que estas sacudidas no deberían quedar reducidas a un mero movimiento telúrico con consecuencias sociales. No, se trata también de derrumbes existenciales. ¿Qué somos? ¿Qué hemos estado haciendo? ¿Sobrevivimos simplemente para regresar a nuestra muerte cotidiana y discreta? ¿Dónde dejamos la grieta originaria de la cual formamos parte?

Postdata:

No hemos hablado todavía de la corrupción. Por eso, y a manera de contrapunto, he vuelto a escuchar un paisaje sonoro que grabé hace unos meses cerca de unas obras y que ahora cobra un sentido más profundo.

La gentrificación en la Ciudad de México se ha ido acelerando con la administración de Mancera a un ritmo violento, haciendo inhabitable, quizá invivible, lo que antaño fue nuestro terruño y que ahora es una marca de dudosa calidad llamada CDMX. Sabemos que el capital es ambidiestro y que comprará a cualquier funcionario sin importar su color. Fue López Obrador quien impulsó el crecimiento vertical del entonces Distrito Federal con su polémico Bando Dos. En teoría, una ciudad densificada dejará una huella ecológica menor que una ciudad dispersa. No obstante, en los hechos, esta política de desarrollo urbano ha tenido un efecto opuesto tan perverso como en las ciudades que gobiernan el PRI o el PAN o cualquier otra tribu en el poder: mientras las centralidades tienden a volverse espacios exclusivos, la mancha urbana sigue derramándose hacia las periferias. No sabemos si el sismo del 19 de septiembre de 2017 sea capaz de fisurar la burbuja inmobiliaria. Pero al menos ha evidenciado el voraz maridaje entre la planeación urbana y la industria de la construcción. Lo que no imaginábamos es que detrás de esas fachadas tan bonitas había una tumba.

Enrique Milpa (@rizomarx)

La ley innata

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Pioneros del rock transgresivo, Extremoduro es una de esas bandas donde lírica y timbre tienden a confundirse. En 2008 nos sorprendieron con su Ley innata, organizada en movimientos a manera de sinfonía pero concebida como manifiesto o quizá tratado. En su tiempo este disco dilató mis gustos musicales —eran los años en que participaba en la ya extinta banda de ska-punk Mal Vasallo— además de apuntalar mi inacabada crítica del antropocentrismo, por ello quisiera recomendarlo este fin de semana.

Enrique Milpa (@rizomarx)

Pequeños apuntes sobre La Pirinola

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Por Lejana


El pasado 12 de agosto nuestros queridos armstrongs acompañaron a La Pirinola en el cierre de su curso de verano “Laboratorio Arte Pop”, un cúmulo de experiencias en torno al arte, los objetos y la escucha implícita que la banda participante nos compartió en el auditorio del Museo Carrillo Gil.

El suceso consistió en tres partituras de un sentir colectivo: la mirada al mundo desde otras manos. Tres mezclas de sonidos e imágenes fueron el compás perfecto, y afecto, para desatar la acústica armstronguiana y bifurcarse entre cada esquina de la sala hasta merodear en el ritmo interno de los asistentes.

¿Cómo buscar el centro del sonido en lo común? En esta ocasión nuestros compañeros de escucha, integrantes del curso de verano, definieron y defendieron varios minutos de alegría, expeditivos de las ondas, con los ojos brillantes, mientras hicieron de la duración de sus actos un tiempo sonoro sin propietario.

Tonificamos nuestros cuerpos desconocidos cuando todos procuramos integrarnos a la sonorización de Viaje a la Luna de Georges Méliès. Emitimos sonidos sin articular y sin embargo repartimos la suma de algunas meditaciones incomprendidas; un mundo creado, recreado y re-tocado fue posible.

Link para ver la presentación: Cierre Laboratorio Arte Pop

Desenterrar un sonido

I

“Que no lo vean los mineros, pues abrirían un pozo en el cielo” – GILBERTO OWEN

Cuando un sonido desgasta su explosión inmanente, ¿a dónde se va? Todos los días volvemos de vuelta al cementerio de los sonidos, les depositamos flores, nos abarca un gran jarrón. Parece relativamente sencillo determinar el origen de un sonido, pero ¿a dónde se van aquellos que, tras un instante glorioso, de tanto disminuir desaparecen? Estamos acostumbrados a su no-estar simplemente porque sabemos que llegarán nuevos sonidos a reemplazar el lugar que ocupaban antes de ser absorbidos. Jamás hemos vivido la afonía del mundo en toda su magnitud, sería insoportable. Si hay silencio, lo vivimos como un paréntesis que no debe extenderse demasiado. Habitamos los sonidos, en cambio, como una necesidad, no importa que la mayoría del tiempo filtremos la percepción que nos hacemos de ellos. Hay certezas de segundo grado, inconscientes aunque fundamentales, como el acaecer del próximo ruido. Un mundo enmudecido sería radicalmente diferente al nuestro. Y, sin embargo, vivimos forzando los límites del discurso, aun cuando ningún lenguaje ha alcanzado siquiera la antesala de la inteligibilidad. La armadura del signo queda ahí, creemos que queda, incluso cuando el sustrato sónico haya sido engullido por una boca infinita.

¿Qué problemas se le plantean al minero, quien, cansado de desenterrar gemas pesadas, opta por buscar la levedad de los sonidos perdidos? La erosión de un sonido es implacable, nada queda de él, ni un susurro. Las montañas silentes son llanas, tan lisas que podemos caminar y seguir caminando y sentir que no hemos avanzado, el mapa vacío. Dado el carácter transitorio del sonido, a todo paisaje sonoro le corresponde una arqueología. O un osario. La música hizo de la repetición una estratagema para inmortalizar el instante acústico, “preparación eterna, preparación a un advenimiento que nunca llega, eterna iniciación que no acaba cosa”, como decía Unamuno. Pero antes de la repetición armónica o de su racionalización tuvo que haber una repetición accidental, un desenterrar instintivo correspondiente a la tendencia misma que tiene el sonar de ser sonido, de enterrarse. El canto —y su expresión social, la lengua oral— nacen como un impulso de la naturaleza para restaurar los sonidos idos. La voz es el rastro del devenir, el mundo clama cantos cósmicos. Por otro lado, las tecnologías de la grabación han permitido que la repetición sea cada vez más afín al sonido original. Fosilizar sonidos: he ahí la función documental del registro sonoro.

Las piedras me recuerdan a las frutas, tanto silencio resguardado en una forma. Se preguntará alguien, sí, pero ¿a qué suenan las piedras? Para romper el suelo y exprimirle un secreto se requiere de mucha fuerza de trabajo, tanto más cuanto mayor sea la cohesión interna del material. La industria extractivista se apropia y devasta el territorio de los pueblos en una enfermiza cacería de valor. No le importan los sonidos. En cambio, el oído espeleológico avanza con mucho cuidado por grutas invisibles para que no se le rasguen sus mejores papiroflexias, camina a través de las galerías que ha tallado el sonido en nuestros miles de tímpanos. Afirma Bachelard: “El instante del herrero es un instante bien aislado y al mismo tiempo exagerado. Eleva al trabajador al dominio del tiempo, mediante la violencia de un instante”. Por eso los minerales representan el sonido del tiempo inmaculado, la violencia de la eternidad. La esquirla es el testimonio de un sonido profundo que ya fue. El polvo es el alma del monte. La roca partida se transforma súbitamente en un linaje de mosaicos y teselaciones, tiembla. Así un poco con la vida. Está la historia de la madre que se extravió con su hijo en las sierras azules de Oaxaca, iban descalzos, la naturaleza les llamó y era imposible no ir, ¿verdad?, el cáliz de la tarde, los espíritus nocturnos, el espejo. Sobrevivieron silbando. Pero en el vientre del cerro, a diferencia de su agreste piel, siempre es de noche. No puedo imaginar cómo se distorsiona la noción del tiempo y del espacio en el interior de una montaña. Todo debe ser inmenso por todos lados, inmensamente compacto. Sin afuera, siempre adentro. Entonces, ¿cómo será la noche de un sonido inhumado? ¿Obscura? ¿Luminosa? ¿Y el interior del silencio? Ahora creo entender: puede que la máquina de sombras sea, acústicamente, nada más que el tiempo justo de su restauración. El parto del sonido es inminente, igual que su partida. Adiós es dar la bienvenida. ¿La escuchas, acaso? Es ella, la hermosa voz del silencio.

 

II

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III

El pasado 18 de julio se celebró, como ya es costumbre, el Día Mundial de la Escucha (DME). Este año las acciones-reflexiones se centraron en la escucha profunda de la tierra, en consonancia con los postulados de Pauline Oliveiros y Murray Schafer. En la Ciudad de México, el Laboratorio de Periodismo Sonoro coordinó una serie de actividades en el subsuelo de nuestra inmensa urbe, en las instalaciones del Museo del Metro. Previamente convocamos al público a compartir grabaciones relativas a los sonidos de la tierra, mismas que fueron reproducidas en el abarrotado pasillo que conecta las líneas 7 y 12 del metro Mixcoac. Además hubo una charla a cargo de Mirna Castro, Alicia Escamilla y Ana Cecilia Medina. La documentación del evento todavía no ha sido compilada en su totalidad, pero a continuación adelantamos una recopilación con las contribuciones. ¡Muchas gracias a tod@s!

Contribuciones DME CDMX 2017

Quisiera retomar, a propósito de la exhumación de sonidos, cuatro paisajes sonoros con los que participé en el DME. En los entornos urbanos la tierra ha sido mercantilizada por el capital con brutalidad (la especulación del suelo y el auge de la industria de la construcción son tan sólo el rostro directo e inmediato de esta operación). La serie que presento, no obstante, nace de la intención de problematizar la escucha de la tierra en las ciudades de forma indirecta y mediata. Retomando el problema del minero, en este caso lo vemos avocado a desenterrar no cualquier sonido sino aquellos sonidos en y de la tierra.

Limpiar frijol

La pieza aborda el problema del sustento en las ciudades. Dura lo que uno demoraría en limpiar una bolsa de frijoles de 900 gr, es decir, en separar las piedras y el gorgojo. Un resabio de artificio se percibe ante la presencia constante del motor del refrigerador y la cavidad metálica de la olla exprés. Indaga la relación fetichista campo-ciudad en términos alimentarios y subraya la alta entropía inherente a nuestro modo de consumo.

Las horas

Paisaje sonoro que remite al acto de modelar la materia que tenemos a la mano. La figura del obrero se confronta con la del músico, dos oficios que labran mundos paralelos. Modelar es devenir, independientemente del método empleado. El elemento temporal de las horas puede leerse de varias maneras, a mí me gusta pensar en los estratos que componen nuestra memoria donde se apila el tiempo como capas geológicas.

Tortillería Nuria

Esta grabación es otra manera de abordar los avatares de la agroindustria. Las tortillerías asimilaron los principios del fordismo para acelerar la producción de tortillas, continente universal de la dieta mexicana. ¿De qué otra manera soportar la explosión demográfica cuando el comal se mostraba demasiado lento e insoportablemente artesanal? La gente hecha de maíz envolvemos nuestro alimento en taco. Nos hicieron alfareros pero también aprendimos a hacer cerámicas efímeras y sobre todo a devorarlas.

Remedios

La última pieza fue registrada a un costado del mercado de La Merced, en la acera donde se juntan las yerberas. Un pregón, pese a su repetición mecánica, resguarda siempre la chispa de la oralidad que se acopla a los contextos específicos: es así que de un listado de enfermedades y remedios herbolarios pasamos a reflexiones sobre la economía, el clima y la vida cotidiana. Por otro lado, la pieza nos recuerda que la salud está íntimamente vinculada al poder de las plantas, cuyas propiedades curativas provienen del suelo, origen de todo.

 

IV

Viaje a Ixtlán

-Fue una estupenda señal -dijo-. ¡Qué extraño! Sucedió al terminar el día. Tú y yo somos muy distintos. Tú eres más criatura de la noche. Yo prefiero el brillo joven de la mañana. O mejor dicho, el brillo del sol matutino me busca, pero de ti se esconde. En cambio, el sol poniente te bañó. Sus llamas te abrasaron sin quemarte. ¡Qué extraño!

-¿Por qué es extraño?

-Nunca lo había visto pasar. La señal, cuando sucede, ha sido siempre en el reino del sol joven.

 -¿Por qué es así, don Juan?

-No es hora de hablar de eso -repuso, cortante-. El conocimiento es poder. Toma mucho tiempo juntar el poder suficiente incluso para hablar de él.

Traté de insistir, pero él cambió de tema abruptamente. Inquirió sobre mi progreso en “soñar”.

Yo había empezado a soñar en sitios específicos, como la escuela y las casas de algunos amigos.

-¿Estabas en esos sitios durante el día o durante la noche? -preguntó.

Mis sueños correspondían con la hora del día a la que solía estar en tales sitios: en la escuela durante el día, en casa de mis amigos por la noche.

Sugirió que probara yo “soñar” mientras echaba una siesta de día, y ver si podía visualizar el sitio elegido como estaba a la hora en que yo “soñaba”. Si yo “soñaba” de noche, mis visiones del local debían ser nocturnas. Dijo que lo que uno experimenta al “soñar” debe ser congruente con la hora en que el “soñar” tiene lugar; de otra forma las visiones que uno tenga no serán “soñar”, sino sueños comunes.

-Para ayudarte debías escoger un objeto determinado que pertenezca al sitio donde quieres ir, y enfocar en él tu atención -prosiguió-. En este cerro, por ejemplo, tienes ya una planta determinada que debes observar hasta que tenga un lugar en tu memoria. Puedes regresar aquí en tu soñar simplemente recordando esa planta, o recordando esta roca donde estamos sentados, o recordando cualquier otra cosa de aquí. Es más fácil viajar al soñar cuando puedes enfocarte en un sitio de poder, como éste. Pero si no quieres venir aquí puedes usar cualquier otro sitio. A lo mejor la escuela donde vas es para ti un sitio de poder. Úsalo. Enfoca tu atención en cualquier objeto de allí, y luego encuéntralo al soñar.

“Del objeto específico que recuerdes, debes volver a tus manos, y luego a otro objeto y así sucesivamente.

“Pero ahora debes enfocar la atención en todo lo que existe encima de este cerro, porque éste es el sitio más importante de tu vida.”

Me miró como sondeando el efecto de sus palabras.

-Éste es el sitio en que morirás -dijo con voz suave.

Me moví con nerviosismo, cambiando de postura, y él sonrió.

-Tendré que venir contigo una y otra vez a este cerro -dijo-. Y luego tú tendrás que venir solo hasta que estés saturado de él, hasta que el cerro te rezume. Sabrás la hora en que estés lleno de él. Este cerro, como es ahora, será entonces el sitio de tu última danza.

-¿Qué quiere usted decir con mi última danza, don Juan?

-Ésta es tu última parada -dijo-. Morirás aquí, estés donde estés. Cada guerrero tiene un sitio para morir. Un sitio de su predilección, donde eventos poderosos dejaron su huella; un sitio donde ha presenciado maravillas, donde se le han revelado secretos; un sitio donde ha juntado su poder personal.

“Un guerrero tiene la obligación de regresar a ese sitio de su predilección cada vez que absorbe poder, para guardarlo allí. Va allí caminando o bien soñando.

“Y por fin, un día que su tiempo en la tierra ha terminado y siente el toque de la muerte en el hombro izquierdo, su espíritu, que siempre está listo, vuela al sitio de su predilección y allí el guerrero baila ante su muerte.

“Cada guerrero tiene una forma específica, una determinada postura de poder, que desarrolla a lo largo de su vida. Es una especie de danza. Un movimiento que él hace bajo la influencia de su poder personal.”

“Si el guerrero moribundo tiene poder limitado, su danza es corta; si su poder es grandioso, su danza es magnífica. Pero ya sea su poder pequeño o magnifico, la muerte debe pararse a presenciar su última parada sobre la tierra. La muerte no puede llevarse al guerrero que cuenta por última vez la labor de su vida, hasta que haya acabado su danza.”

Las palabras de don Juan me dieron un escalofrío. El silencio, el crepúsculo, el espléndido paisaje: todo parecía haber sido colocado allí como tramoya para la imagen de la última danza de poder de un guerrero.

-¿Puede usted enseñarme esa danza aunque no sea yo guerrero? -pregunté.

-Todo hombre que caza poder tiene que aprender esa danza -repuso-. Pero no te la puedo enseñar ahora. Tal vez tengas pronto un adversario que valga la pena y entonces te enseñaré el primer movimiento de poder. Tú mismo debes añadir los otros conforme sigas viviendo. Cada movimiento debe adquirirse durante una lucha de poder. Así que, hablando con propiedad, la postura, la forma de un guerrero, es la historia de su vida, una danza que crece conforme él crece en poder personal.

-¿De veras se para la muerte a ver bailar al guerrero?

-Un guerrero no es más que un hombre. Un hombre humilde. No puede cambiar los designios de su muerte. Pero su espíritu impecable, que ha juntado poder tras penalidades enormes, puede ciertamente detener a su muerte un momento, un momento lo bastante largo para permitirle regocijarse por última vez en el recuerdo de su poder. Podemos decir que ése es un gesto que la muerte tiene con quienes poseen un espíritu impecable.

Experimenté una angustia avasalladora y hablé sólo por aliviarla. Le pregunté si había conocido guerreros que murieron, y en qué forma su última danza había afectado su morir.

-Ya párale -dijo con sequedad-. Morir es algo monumental. Es algo mucho más que estirar la pata y ponerte tieso.

-¿Bailaré yo también ante mi muerte, don Juan?

-Sin duda. Estás cazando poder personal aunque todavía no vivas como guerrero. Hoy el sol te dio una señal. Lo mejor que produzcas en el trabajo de tu vida se hará al final del día. Por lo visto no te gusta el joven resplandor de la luz temprana. Viajar en la mañana no te llama la atención. Pero tu gusto es el sol poniente, amarillo viejo, y maduro. No te gusta el calor, te gusta el resplandor.

“Y así bailarás ante tu muerte, aquí, en la cima de este cerro, al acabar el día. Y en tu última danza dirás de tu lucha, de las batallas que has ganado y de las que has perdido; dirás de tus alegrías y desconciertos al encontrarte con el poder personal. Tu danza hablará de los secretos y las maravillas que has atesorado. Y tu muerte se sentará aquí a observarte.

“El sol poniente brillará sobre ti sin quemar, como lo hizo hoy. El viento será suave y dulce y tu cerro temblará. Al llegar al final de tu danza mirarás el sol, porque nunca volverás a verlo ni despierto ni soñando, y entonces tu muerte apuntará hacia el sur. Hacia la inmensidad.”

Extracto de CARLOS CASTANEDA, Viaje a Ixtlán


Texto, fotografía y grabaciones: Enrique Milpa (@rizomarx)

EDGES Live Performance. No-crónica de una noche con Armstrong Liberado

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Por Lejana

El sonido, sospechamos algunos, es materia prima de la existencia. Esta afirmación se nos revela en imágenes que surgen de la expresión no sólo de la música-obra-de-arte sino de la vida cotidiana en tanto vibración inagotable. Todo en nosotros es sonido, lo mismo olfato, tacto, gusto e imaginación, todo se concentra y diluye, y es nuestro deber practicar su devolución. Si somos aprendices sonoros, si somos discípulos de la escucha, la labor será compartirla. Allí comienza el movimiento, el enigma de la acción colectiva cual recipiente de sustancias rituales, el desplazamiento Armstronguiano en su último performance el pasado 8 de junio durante su participación dentro del ciclo EDGES Live Performance en el CENART.

Escribo esta no-crónica atemporal como testimonio del flujo perene de los sonidos, como rescate mínimo de los instantes y como carta abierta a las sono-sophias con las que Armstrong Liberado nos invita a conocer los otros lados de la escucha. Escribo mientras vuelvo a masticar con los dedos el sonido de una hoja de papel, segundo acto del performance con que los Armstrongs nos llevaron al margen de uno de sus tantos procesos. Hago una pausa y procuro una respiración lenta y fuerte evocando la introducción de aquel suceso. Sonido humano envolviendo a nuestros compañeros de escucha, sonido mundo sucediendo sin fin. Aquí no existen públicos, viven cómplices de un escenario multidireccional que estalla pausado, claroscuro, poético, entre un centenar de manos.

Tímidos, nos atrevemos a hurgar la hoja que nos entrega Sísifo, GuapoDFde8Bits y Glitze. Doblar y desdoblar sin saber porqué. La hoja se transforma y muere, la hoja rota grita susurros tenues que inundan la sala. El sonido igual al momento exige ser vivido ¿lo vivimos?  Las estructuras del comportamiento nos retienen, los “límites” del arte se manifiestan. No obstante, el sonido deja ver su elasticidad, se propaga entre los cuerpos, se convierte en cuerpo. Al interior de este cuerpo late un salterio manipulado por Glitze, late un corazón sonoro cuya sangre va del amarillo al púrpura y brota en texturas transparentes.

 “Un sonido que se escucha con atención es algo muy parecido a un ser querido” anunciaron al comienzo. Ahora lo comprendemos, los ruidos son seres que emanan del cambio y del desplazamiento, los ruidos son jardines donde caminamos en intimidad casi siempre sin darnos cuenta.  ¿A qué suenan las semillas? ¿A qué suenan las piedras? ¿A qué suena un violín encima de un chelo? Rizomarx y GuapoDFde8Bits atienden a esta búsqueda en un dúo que se prolonga como suave sombra por nuestras emociones. Algunos encuentran temor y miedo. Otros, equilibrio y tranquilidad. ¿Qué son los sonidos sino plegarias dementes? ¿Qué son los sonidos sino rostros al viento?

En otro extremo de la sala vemos un puñado de sillas verdes, entre poliedros blancos y negros, cual tela de araña. Altaír de la séptima estrella está dispuesto a deshacerlo: el laberinto por recorrer comienza entre la gente que mira casi sin expectativas. Altaír sujeta la luz, una lámpara horizontal, y navega hacia el centro del cuerpo cuyo corazón ahora es un Djembé.  El sonido esculpe el cuerpo. La voz de Sísifo se degrada entre efectos y afectos capaces de comenzar nuevos trayectos. Neural Xólotl navega hacia una unidad de ruidos andróginos;  arrodillado frente a una tina nos mira absorto y vacío para inmediatamente comenzar a llenarlo todo de la existencia al desnudo, a tallar las palmas hasta chirriar, a recordarnos que la carne recuerda, que la carne no acalla mientras el agua se desborda y nos recita su canto tenue, inesperado.

El espacio, a su vez, está rodeado de la mirada Armstronguiana. Forastero amasa imágenes en las paredes y nos envuelve en una oscura retina donde se miran siluetas y se sienten imaginaciones. La sala también es un gran ojo que mira hacia dentro, una ventana subterránea. Entretener no, hay fines más sublimes: entretejer, entresentir y entreoir. No hay espectáculo, percibo un receptáculo de creatividades. Una indagación porosa poniendo en marcha la interlocución con el tiempo-espacio. Da igual que sean siete orquestadores o que seamos más de cien. Sin embargo Glitze, GuapoDFde8Bits, Rizomarx, Forastero, Altaír de la séptima estrella, Neural Xólotl y Sísifo nos convidan de sus puertas de la percepción y nos sitúan en una experiencia ontológica viajando entre burbujas.

Colocan nuevamente en nuestras manos un adminiculo creador de esferas, nos arrastran a ese otro jardín llamado infancia. La voz de una niña emana del fondo. En efecto: las articulaciones del sonido nos recuerdan que somos seres mutilados pero que también somos seres transitivos, tan absolutos como vacíos,  tan orgánicos como inanimados. La escucha es pues un don ambiguo, un don antiguo que aquella noche nuestros buenos compañeros de escucha, los liberadísimos Armstrongs, pregonaron en silencio pero a gritos. La comunión nos ha sido dada. ¡Larga vida a la escucha! ¡Larga vida a Armstrong Liberado!

Presentación completa: https://archive.org/details/edges_201707.

Radio Garden: transmitiendo desde todas partes

Durante la hegemonía de la televisión, misma que se extendió por más de medio siglo, la radio fue expulsada hasta los bordes de la comunicación de masas. Homo videns podía deleitarse ya con tecnicolor, subordinar la escucha a la imagen en movimiento, sentarse como estatua en un sofá. Pero, ¿los espacios periféricos son residuos o barricadas contra la centralidad? Guardo el recuerdo de mi padre, mi padre que siempre ha desvelado a la madrugada con café. Igual era el primero en despertarse. Cuatro horas bastaban. Tocaba la puerta del cuarto con los nudillos y, mientras nos íbamos descamorrando, muy lentamente surgían las voces de Tres Patines y Aníbal del Mar tallándose contra las gotas de la regadera. Era como el reverso del sueño. La Tremenda Corte, Gutiérrez Bibó, el fin de la infancia, los albores del neoliberalismo. La radio siempre nos permitió hacer varias cosas a la vez, al menos más de una cosa. La escucha como acto de simultaneidad. La radio como vértice del capitalismo, en su tiempo. ¿Su tiempo? Imagina a un ingeniero de audio enchufado a un manantial de luz. Imagina a un obrero que le da mantenimiento a las antenas. Imagina a todos los hombres modernos reunidos en torno a un fonógrafo roto. Piensa ahora en las estaciones de radio que se estaban extinguiendo, como sonidos, igual que cualquiera de los sonidos extintos que transmitieron. La frecuencia modulada, la banda ancha. El período de entreguerras. La guerra que nunca termina. En el pecho de un soldado muerto yace un signo. En el pecho de un campesino herido guardo una semilla. En el pecho de una mano hubo una montaña sin nombre. Internet es la fosa común de los datos, pero también es un túnel. La radio fue expulsada mas nunca enterrada tan hondo. Los túneles han socavado los suelos hasta crear vínculo entre periferias distantes. Quedaban las semillas de la radio que es una fruta partida. La mesa está puesta.

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Enrique Milpa (@rizomarx)