Armstrong desmaterializado: el grito

Soñé con una vela que gritaba. Las velas pragmáticas dibujan figuras en su trapecio de luz y, cuando la mecha se consume, cualquier maniobra pierde sentido. Pero esta era diferente. Era una vela que había nacido quemada, más obscura que los cuerpos donde parecía ceñirse vagamente, payaso inservible. Una vela que para no brillar aprendió a gritar con todas sus fuerzas. Supongo que mi papel en el sueño se limitaba a ser el azorado auditorio de un acto que nunca empieza, pero ¿acaso despiertos somos otra cosa? Recuerdo aquel humo imposible de asir más allá del ardor en los tímpanos, entelequia absurda precipitándose bajo la carpa de la noche entre indecisos aplausos. Mi deseo consistía en una simple aberración: caer para siempre adentro de ese grito, caer dentro del sueño que originalmente estaba en mi interior dejando envolverme por sus arenas movedizas. Al despertar, aún quedaban residuos de cera reseca en las paredes de la habitación.

No sé si te has dado cuenta que los mirlos ya no cantan últimamente. Ahí siguen, no es que hayan tenido que migrar a otras regiones o que hubieran sido aniquilados por nuestra arrogancia. Los mirlos simplemente decidieron dejar de cantar. Aunque tampoco creo que haya sido un acto voluntario, me niego a aceptarlo. El silencio de los mirlos debe ser el síntoma de algo distinto, una figura para hacernos presentir cuestiones fundamentales. Ahí van volando encima de nuestras ciudades y nos miran con amabilidad como si no estuviera pasando nada. Y es que nada pasa en las ciudades frenéticas del hombre. Supongamos que podemos concebir la castración de las cuerdas vocales, planificarlo, pero cuando el grito clama manifestarse sencillamente ocurre, necesitaríamos siglos de esfuerzo para evitarlo. Porque el grito es nuestra herencia, nos viene desde la entraña igual que un espasmo anuncia el vómito impostergable. Queridos mirlos, heraldos de instantes muertos, su jolgorio sosegado me está pidiendo renunciar a la paternidad a contrapelo de mis instintos menos radicales. Confío que algún día lograré escapar de este cascarón azul turquesa, caer del nido por accidente como una bola de fuego. Los días siguen pasando y yo estoy al pendiente. Comienzo a olvidar algunas palabras. Por fin he comprendido que al gritar cometemos un doble suicidio: negación del lenguaje, pero también del silencio.

A partir de hoy he decidido hablar con los desconocidos. Considero un error dilapidar encuentros. Hay algo perverso en trasponer a la gente con la que compartimos nuestros días en la tierra, creyendo que detrás de tantas coincidencias se yergue una tabla que no nos corresponde. Quiero hacer de la cosa pública un caso dialógico, caminar gritando como un imbécil, sonriendo sin propósito, caminar y jamás sospechar que cualquier noche podemos encontrar a un ángel caído en las alegóricas calles de la Ciudad de México. Pero hay veces que conviene perseguir texturas hiperbóreas lejos de los dispositivos sociales, perder algún nervio por necrosis. Comenzamos el último trecho a las cuatro de la madrugada. La tarde anterior habíamos instalado el campamento, después de horas y horas de ascenso a lo largo de una pendiente continua. Existe un fetiche por llegar a la cima, muchas veces olvidamos que cada filamento del bosque proviene de la misma vena sagrada. Pero esta vez la cumbre nos llamaba. Así lo dictaba una voz interior, en tanto que el resto del cuerpo asemejaba una prolongación del paisaje cuyo erotismo desconocíamos hasta entonces. ¿Por qué la humanidad ha escalado montes a lo largo de la historia o del tiempo mítico? Nueva vuelta a los orígenes, supongo. Por mi parte, quisiera creer que iba en busca de la vela quemada de mis sueños que es otra forma de decir nostalgia de absoluto. El cansancio como ofrenda. La belleza entrando con violencia por todos los nudos del ser. El aullido del tiempo derrumbando los objetos que pueblan el mundo. Así siento cómo mi piel se va despegando mientras la realidad revienta en millones de astillas. El alba se arruga como las manos de una anciana. El sol, más antiguo que nunca, amenaza con petrificarse en algún horizonte desconocido. La máscara liberada de la cara no puede parar de gritar.


Texto: Enrique Milpa (@rizomarx)

Video: Andrei Tarkovsky, Nostalgia (1983)

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