Armstrong Desmaterializado: los oídos no lloran

Cinco años de aventuras moduladas por el sonido, la escucha y el software libre. Respiramos. Tecleamos. Compusimos. Improvisamos. Nos tocamos todo el tiempo, entretejidxs por hilos de amistad y apoyo. El manejo del sonido transmigró, honrando a su inmaterialidad, hacia la exploración del cuerpo, el silencio, la poesía, así como de lo social y lo político que habita a la producción artística colectiva.

Con el tiempo, ciertas voces se apagaron. Su halo surge al nombrarles. Heridas al cuerpo-colectividad. Nadie sana únicamente con el paso del tiempo. Armstrong fue también un refugio, para quienes han padecido el vacío de sus demandas. Hoy, siento que mi voz se extingue. Es necesario ralentar todo.

Un día, me dormí bajo el frío profundo, para soñar el futuro de Armstrong. Descubrí que todas las obras con sonido, despiertan un torrente de sonofotogramas, interconectadas por la cantidad de alegría y placer que nos dieron. La materialización del sonido son las lágrimas. Los oídos no lloran. Por el orificio del ojo, por la oreja del ojo, emerge la nueva forma acuosa de la memoria. ¿En dónde hallamos la confianza para acurrucarnos, sino en el tejido de lo sonoro, de la canción que remueve nuestra cercanía con la muerte? Para escuchar hay que enmudecer, y también para llorar. Una lágrima siempre deja un rastro en la mejilla. Las lágrimas se meten a las orejas si nos acostamos. Las orejas son el ombligo de este útero sonoro.

Toda lágrima deja un rastro invisible sobre la mejilla que recorre. Y esa sonrisa a la que invoca la memoria que está a la escucha, es semejante a una cicatriz. La herida llamada boca, tiene tan pocos ánimos para sanar, que produjo la palabra, y el canto. Canto para llorar. El sonido de una lágrima rozando la piel es muy discreto. Canto para llorar. Los volcanes están frente a mí, y les pregunto el destino de Armstrong. Me regalaron un dolor de oídos insoportable, y un sol devorado por los sonidos del bosque. Canté en silencio, durante horas.

Hoy busco nuevamente a Armstrong, pero sólo escucho su transformación en silenciosos datos digitales. No hay más carnalidades que suenen, y sólo hay letras, letras, letras: la alfabetización es un asesinato de la colectividad-tribu.

Armstrong es hoy una voz interna, perdida y atemorizada en un laberinto. Espero que alguien haya dejado un cordón, un hilo que podamos enredar para encontrarnos un día próximo. Invito a ese canto, a ese rastro de lágrimas, a que nos aguarde en un bosque lleno de ecos. Armstrong es una lágrima que se aproxima al abismo de la boca.

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