Hospital una escuela de la vulnerabilidad

 

Por Iván Navarrete

PhonoGrafic

Hospital una escuela de la vulnerabilidad
Yo universo no ciudad. Selfie en hospital. PhonoGrafic

 

Hace poco más de un mes entre de urgencia al hospital y pase la noche en el quirófano, afortunadamente después de pasar unos días regrese a casa para mi recuperación. Nunca había permanecido más de un día en un hospital y menos en el quirófano, sin embargo al estar en ese lugar mi experiencia fue descubrir en el hospital una escuela de la vida. Asunto que me hizo empezar a reflexionar en cuestiones como  ¿qué es una escuela? O ¿Cómo es que puedo afirmar que un hospital es una escuela?

Para empezar una escuela es cualquier centro docente, centro de enseñanza, centro educativo o centro de inclusión social, por tanto se puede considerar ‘escuela’ a toda institución donde se imparta educación o enseñanza. Entonces, en primer lugar y la razón más obvia es el hecho de que en los hospitales se imparten clases de las instituciones dedicadas a la enseñanza de la salud como medicina o enfermería, donde además los estudiantes deben cumplir los requisitos como un  internado o el servicio social dentro del área clínica. Pero creo a partir de lo que ví durante mi experiencia que el aprendizaje y la enseñanza que se genera e imparte en el hospital va mucho más allá. Porque internos, enfermeros, doctores, camilleros, radiólogos, pacientes y hasta familiares, todos ellos están aprendiendo algo. Lo interesante es que el enfoque del aprendizaje es distinto ya que el lugar en sí, permite ver a los individuos desde donde nunca es común verlos, como seres frágiles por tanto la perspectiva que da el hospital es la de la  vulnerabilidad.

La vulnerabilidad es el grado en que las personas pueden ser susceptibles a las pérdidas, los daños, el sufrimiento y la muerte. Son pocos los lugares donde nos vemos como entes vulnerables, la competitividad nos invade en el trabajo, la escuela, la calle y el centro comercial, ya que  la idea de ser mejor que el otro, nos rodea por todos lados y el mostrarse fuerte ante el mundo es una consigna. Y creo que esta perspectiva es la que convierte al hospital en una verdadera escuela de la vida, este cambio de enfoque en en el modelo de esta enseñanza aprendizaje. La vulnerabilidad permite que en este lugar se aprenda todo el tiempo sobre el hombre mismo, desde la fragilidad propia y la del otro. Los doctores estudian las particularidades de las enfermedades, luchan por las posibilidades de vida y enfrentan a la muerte, los enfermeros aprenden de lidiar con el individuo vulnerable, y procuran calidad de vida o calidad de muerte, los pacientes se enfrentan a la incertidumbre, al dolor, a despertar la pulsión de vida y a lidiar con la muerte, mientras que los familiares se enfrentan de igual forma a la incertidumbre, a la impotencia, al afecto, a dejar que las cosas fluyan y a la idea de la muerte. El asunto es que todos aprenden de todos, el doctor aprende del paciente, de su anatomía y fisiología particular, al igual que el enfermero quien además enfrenta al carácter y a la emoción viva, el paciente aprende de enfrentarse a sì mismo y confiar en el otro, aprende del dolor, de la incomodidad, pero sobre todo aprende de los afectos que surgen de la convivencia  como con los compañeros de cuarto o vecinos de cama, quienes con poca o mucha más experiencia en vivencias hospitalarias la comparten en algún momento dentro de esa labor tan compleja que es llevar el paso del tiempo, tiempo que en algunos sitios, en mi experiencia, en la sala de urgencias, que escondía todo rastro de noción temporal, estar aislada del sol y mantenerse con luz artificial de forma homogénea durante todo el día o los días o siempre. En este sentido me llama la atención la idea de relacionar el hospital con el taller  que son espacios de aprendizaje mediante la praxis de la actividad misma, lugares de confrontar los postulados teóricos con sus formas en la realidad, que requieren incluso la resolución de problemas no visualizados por la teoría.  Espacios diseñados para el desarrollo de la actividad misma y que en este diseño se plantea en sí el andamiaje para el aprendizaje, mediante la trasmisión de experiencias de quienes llevan un mayor camino recorrido, el enfrentamiento a casos particulares que permiten valorar diferencias entre ellos. Lugares donde el hacer, la empatía y los afectos se involucran como  detonadores en los procesos de aprendizaje.

En la esfera de lo cotidiano la condición hospitalaria  implica re-aprender muchas cosas, tan básicas como lo es evacuar, orinar, caminar, cosas que dada la condición del individuo no puede hacer como antes. Pero otra vez, se aprende de ver al compañero de su experiencia, de su actitud.  Muchas veces incluso se llegan al extremo de tener que aprender a aceptar el no poder más hacer algo, cuestiones que van directamente a herir el ego del individuo, que lo hacen entrar un conflicto interno entre el poder y no poder, de los que tendría que ceder al dejarse ayudar, pero los procesos de cada individuo son diferentes. Y en muchas casos solo los afectos, ayudan a sobrellevar estas situaciones. Seguramente a esto responde el nombre de los enfermos en un proceso de recuperación médica, ‘Pacientes’.  

Ante esto no sobra decir que es imposible negar que muchos vicios y malas prácticas filtran en este espacio, pues los modelos de competitividad como dijimos antes se generan en todos lados así que  los celos profesionales, el fastidio burocrático, incluso la no autoregulación y la falta de límites en los pacientes y familiares se hacen presentes. Sin embargo creo que es recatable valorar que este modelo regresa a concebir al individuo desde su condición de fragilidad, donde es igual a todos los demás. Por lo que creo que  llevar esto a otros espacios educativos, permitiría retomar la cara humana de los individuos. A menos en lo personal, me enfrente a la ansiedad, a la incertidumbre y al miedo de qué iba a pasar conmigo, conocí mi resistencia al dolor, reconocí mi impulso vital y valore el cariño de las personas que me rodean, admire el trabajo de quienes luchan por mantener la vida y el valor de quienes enfrentan la muerte. Pero lo más importante creo fue que me ví vulnerable y aprendí que es una condición común y constante en los individuos, al parecer la cara oculta pero la más sincera a lo que somos.  

 

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