El murmullo de las luces

(notas sueltas para acompañar un paisaje sonoro de París)

Escribo estas palabras después de un viaje memorable en la Ciudad de las Luces. Escribo estas palabras mientras pienso en la injusticia de hablar sólo de la luz, cuando París es también una ciudad desbordante de sonidos. Escribo mientras pienso que no es casual que el inventor del fonógrafo sea también quien perfeccionó las bombillas eléctricas, bulbos luminosos que generan un murmullo fantasmal.

Torre Eiffel iluminada, a un costado del río Sena

Escribo mientas leo:

“La radio nos devuelve a las tinieblas de la mente, a las invasiones de Marte y Orson Welles. Mecaniza ese pozo de soledad que es el espacio acústico: el latido del corazón humano puesto en un sistema transmitido por altoparlantes derrama un manantial de soledad en el que cualquiera puede ahogarse”.

Leo a McLuhan mientras camino, solitario, por las calles parisinas. Pienso en las palabras de Pierre Schaeffer sobre la aportación de la radio a la música concreta:

“¿Qué ha ocurrido desde que el aparato de toma de sonido y el de grabación repercutieron en todos los ecos del planeta, desde el sonido del violinista, hasta la voz del cantante en el estudio?

Consola del GRM, en la que mezclaba Pierre Schaeffer hacia la década de 1950

Pienso en el aparto que llevara a Schaeffer, hacia la ya lejana década de 1950, a aprovechar las tecnologías radiofónicas para capturar los sonidos del entorno, permitiendo transformarlos de manera irrevocable.

(Se abrieron las fauces del universo, y desde sus entrañas se escucharon sus lamentos. El sonido de un tren que se pierde en el horizonte, los colores de un sonido que ha dejado de ser un tren).

Pienso también en la utopía fonográfica de Xenakis: la pantalla del UPIC que podía transformar imágenes en sonido. Pienso el código que se transforma, en la transducción entre tipos de información diferentes.

UPIC, instrumento diseñado por Xenakis para convertir imagen en sonido

Pienso mientras escucho una obra de Eliane Radigue que se proyecta en los pulmones del acousmonium, monstruo de bocinas que penetra cada poro de mi piel. (Deleuze y Guattari nos hablaban de elementos que “no cesarán de bailar, de crecer y disminuir, caracterizados como poros en la piel, pequeñas cicatrices en los poros, pequeñas grietas en el tejido cicatricial”; yo pensaba en cilios que se extendían por todos nuestros rincones, moviéndose al compás de esas notas sostenidas, pero cambiantes como el misterio inefable del universo, que habita en las porosidades invisibles de Radigue).

Consola y detalle de un acousmonium montado por el GRM en mayo de 2018

¿Cuántas luces hace falta transitar para que los latidos de la ciudad impacten nuestros oídos? Responde McLuhan:

“Código, lenguaje, medio mecánico: todos tienen propiedades mágicas que transforman, transfiguran. Pero no llegan a concretar un espectáculo o conocimiento vívido de la acción total requerida en la era de las simultaneidades electrónicas. Volvemos al espacio acústico”.

Escucho el correr de las aguas del Sena. Miro a lo lejos la ciudad que se derrite entre sus luces. Camino las entrañas de ese metro que nos recuerda las cloacas terriblemente delineadas por Víctor Hugo:

“La historia de las ciudades se refleja en sus cloacas. La de París ha sido algo formidable. Ha sido sepulcro, ha sido asilo. El crimen, la inteligencia, la protesta social, la libertad de conciencia, el pensamiento, el robo, todo lo que las leyes humanas persiguen, se ha ocultado en ese hoyo. Hasta ha sido sucursal de la Corte de los Milagros. En un abrir y cerrar de ojos había pasado de la luz a las tinieblas, del mediodía a la medianoche, del ruido al silencio, del torbellino a la quietud de la tumba, y del mayor peligro a la seguridad absoluta. Qué instante tan extraño aquel cuando cambió la calle donde en todos lados veía la muerte, por una especie de sepulcro donde debía encontrar la vida. Permaneció algunos segundos como aturdido, escuchando, estupefacto”.

Acaso lo que compositores como Pierre Schaeffer, Eliane Radigue, Pierre Henry o Luc Ferrari querían hacer era precisamente encontrar la vida en las entrañas del silencio: penetrar en las cloacas sonoras de París, y a través de ello abrir la escucha a los misterios del universo. Como si escucháramos a Luc Ferrari:

“Creo que es como dejar pasar el tiempo para aprovecharlo más o menos fuertemente y luego dejarlo correr silenciosamente para aprovecharlo nuevamente con deleite aprovecharlo nuevamente tiernamente aprovecharlo nuevamente violentamente aprovecharlo nuevamente con despreocupación aprovecharlo de nuevo con mal gusto y extirpar su vulgaridad y su estética para dejarla correr con su ética (tuve que ubicarla) y también sufrir con rebeldía su brutalidad su inhumanidad”.

Reflejo de mujer dormida en el metro de París

Casi nada queda del sonido capturado, y sin embargo lo que queda podemos re-crearlo una y otra vez. Alguna vez leí, en palabras de un francés, que “estar a la escucha es ingresar a la tensión y el acecho de una relación consigo mismo”… escuchar mientras camino las calles de París dota las palabras de Nancy de un sentido sin precedentes.

Como la cajita musical que es capaz de renovar los filamentos de melodías gastadas, el Sena se renueva en los sonidos maquínicos, obsesivos, subterráneos, de compositores como Radigue, Ferrari o Schaeffer.

El río escucha, fascinado, los ruidosos devenires del hombre.

Catedral de Notre Dame y río Sena
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