Microbuseros y estridentismo: una exploración etnográfica sobre el sonido y performatividad

Por Daniel Nava Cortés
Texto V del Dossier La escucha etnográfica

Introducción

Estas son unas observaciones en torno al papel que juega el sonido para construir subjetividades dentro del grupo de microbuseros en la Ciudad de México. La investigación se hizo a partir de una discusión colectiva y dos entrevistas particulares semiestructuradas a microbuseros de la delegación Iztapalapa, así como de una auscultación en varias rutas de la misma, registrando hábitos de consumo sonoro. Este ejercicio es meramente exploratorio y tan solo intento mostrar algunas potencialidades de ciertas herramientas teóricas y metodológicas desarrolladas en los incipientes estudios de escucha y antropología sonora.


Una auscultación a rutas de microbús en Iztapalapa

Se realizaron seis recorridos en las rutas 14 y 226 de la delegación Iztapalapa, abarcado casi toda la extensión de ellas e intentando registrar a detalle los hábitos de consumo sonoros en los choferes.

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Para la selección de los choferes se tomó como único criterio que contasen con un equipo de audio visible y estuvieran reproduciendo música o escuchando radio a un volumen audible desde el exterior. Solo dos de ellos permitieron ser entrevistados una vez llegados a la base de la ruta; Javier Mungia que trabaja en la ruta 14 y Giovanni que trabaja en la ruta 226. Cinco de ellos escuchaban música propia y solo uno ellos escuchaba radio.


Javier

Durante todo el recorrido en el microbús de Javier se escuchó radio, un pop meloso de la 101.7 a un volumen medio, no llevaba chalan y tampoco mucho pasaje, eran aproximadamente las 4:30 pm y nos dirigíamos hacia el paradero de Santa Martha. Javier bajó el volumen solo una vez durante el recorrido para contestar su teléfono. El tablero de su unidad está lleno de calcomanías de sitios turísticos y en el espejo retrovisor hay unos juguetitos pegados.

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Una vez en la base y tras pedirle una entrevista, Javier me comentó que tiene 33 años, desde hace 12 trabaja como microbusero y es dueño de su unidad, le gusta su ruta porque hay mucho pasaje. Ha invertido, en un lapso de cinco años, un aproximado de $10,000 en su equipo de audio y piensa invertir más para una fuente de energía. El mismo realiza las instalaciones necesarias. Le gusta que su música se escuche muy clara y le desagrada los “bajos muy ponchados”, así como el reguetón. Por lo general escucha música propia, pero a veces escucha radio, sobre todo la 95.3 y la 101.7, no es selectivo y escucha lo que “caiga”, pero cuando pone su música le gusta el pop y el regué. Trabaja por lo regular en los turnos verpertinos y solo pone volumen alto cuando hay poco pasaje o cuando algún amigo o chalán quiera poner alguna canción. Tiene varias USBs que “le quema” su hijo. Cuando le pregunto por qué consideraba que a los microbuseros les gusta tener un equipo de audio en sus unidades respondió que muchos lo hacen para “farolear” pero que otros “lo hacemos” por comodidad, considera que el trabajo de chofer es muy estresante y que la música ayuda a relajarse.

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Giovanni

Cerca de la estación del metro UAMI tomo la ruta 226 en la micro de Giovanni, su música se escucha a pesar de todo el ruido del trafico de la avenida Ermita. Al subir está atiborrado de gente y de reguetón, las bocinas suenan a reventar y como no puedo avanzar más allá del asiento del chofer la bocina suena directamente en mi oreja. Hay un gran crucifijo bajo el espejo retrovisor y encajado en él hay una rosa roja de plástico, el ambiente huele a un aromatizante frutal y el chofer platica animosamente con su chalana, una chica de unos 20 años a la que llama Magali, se hacen bromas y chistes mutuamente, Magali le pide que ponga tal o cual canción. Magali grita la ruta cuyo destino final es la cárcel de Santa Martha.

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Llama la atención el que a pesar de que vienen platicando y el fuerte sonido de las bocinas dificulta la comunicación Giovanni no toca el botón del volumen más que cuando le presta su teléfono a Magali para hacer una llamada, ella le dice a la otra persona al lado del teléfono “oye, escucha” y acto seguido pone el teléfono directo en la bocina donde suena un reguetón muy lento. “¿Escuchas? Esa es la rola que te decía” […] “bueno ya te dejo porque te estoy hablando desde el teléfono de un amigo”, devuelve el teléfono a Giovanni y éste le vuelve a subir a su estéreo.

Se muestra un poco desconfiado a que lo entreviste una vez en la base, pero accede al final. Tiene 22 años, lleva trabajando tres años como chofer de microbús, la unidad no es suya, pero tiene la libertad de poner el equipo de audio y hacerle las modificaciones que quiera. Sus turnos varían. Ha invertido un aproximado de $4000 pesos y ya no piensa invertirle más porque dice correr riesgo de que lo asalten (comenta que a un amigo le robaron su microbús probablemente por las bocinas que traía). Él puso su equipo con la ayuda de un primo, varios compañeros han invertido de $8000 a arriba de $10000. Le pregunto porque cree que inviertan tanto, y me contesta que para ir echando desmadre y la chamba se pase más rápido.

Como ya pude comprobarlo, lo que más escucha es reguetón, pero dice que también le gusta el pop y un poco de todo. Cuando le pregunto por Magali dice que es solo una amiga y que con ella es “puro cotorreo”, me explica que no es chalana, que solo le estaba dando un aventón al cruce entre Eje 6 y Ermita, ella a cambio le ayudaba a anunciar la ruta. Finalmente le pregunto con precaución si no se han quejado usuarios del volumen de su música, me responde que sí pero que se quejan más del tipo de música que del volumen, porque, aunque le ha bajado al estéreo de todos modos las quejas siguen y se da cuenta que ahí es nada más para chingar y entones los ignora o los invita a bajar de la micro.


Una discusión grupal

En la base de la ruta, Giovanni me presenta con otros microbuseros en espera de su salida, nos subimos todos a la micro de él para que la grabadora de mi teléfono pueda escucharlos.

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En el grupo se encuentran Arturo de 25, Israel de 27 y Cesar de 41, todos ellos tienen equipos de sonido en sus micros y ninguno es dueño de ellas. La mayoría escucha su propia música y además de los otros argumentos que me habían sido proporcionados me dicen que debido a que muchos choferes pasan todo el día en la micro y ya solo llegan a dormir a sus casas entonces buscan sentirse a gusto en su trabajo, también me comentan que a veces deben poner música por que el pasaje viene contando chismes que no quieren escuchar o simplemente para estar bien “pilas” y no andarse durmiendo muy temprano en la mañana o en la tarde que hace un calor arrullador y no hay tanto pasaje.

Solo Israel ha podido invertirle hasta $7,000 en su estéreo y bocinas, el resto concuerda en que es muy riesgoso gastar tanto. Cesar tenía en su micro un cajón con unos woofers Pioneer que le costaron 15000, sin embargo, prefirió dejarlos para un sonido que tiene con unos familiares, él hace las listas de reproducción que reproduce, siempre con lo “más nuevo”.

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Observaciones a modo de conclusión

En esta experiencia he explorado los contornos de ciertos modos de observación y escucha participante a unas prácticas (auditivas también) englobadas por el termino de “consumo”. Consumo entendido no como el momento último de una compleja cadena de producción desencadenada por las poderosas industrias musicales, sino como un punto de partida a procesos de subjetivación. El sujeto social se configura como tal, entre muchos otros aspectos más, a partir de la agencia de determinadas posibilidades que tiene dentro de su contexto particular. Este no es un ejercicio libre, las posibilidades son muy restringidas en ciertos lugares de las estructuras de clase, género y colonialidad etc. en el consumo esto es más que claro cuando tenemos en cuenta la gigantesca brecha de desigualdad que atraviesa toda sociedad sometida a una lógica capitalista. Sin embargo, la mercancía sonora ofrece también un recurso performativo, uno que aún en los entornos más socialmente constreñidos ofrece material para el ejercicio incesante, activo y reiterativo de exposición y desenvolvimiento de un yo ante otros que lo escuchan, lo miran, lo interpretan o simplemente lo tienen presente.

Estas manifestaciones prácticas como la escucha colectiva, interactiva y lúdica que es frecuente entre los microbuseros me llevaron a replantear seriamente una pregunta que impulsó realizar este ejercicio exploratorio “¿Qué intenta demostrar el microbusero al poner su música tan alto?” Mi respuesta ahora es que no intenta demostrar nada y que esta pregunta seguramente me iba a llevar hacia una descripción y análisis estigamtizador. Es un tanto improductivo buscar una lógica de consumo coherente de acuerdo a una identidad por reforzar o a un patrón cultural por seguir, porque en muchas ocasiones lo que impera es un intento por absorberse del momento y espacio que sucede. En otros momentos, donde el estridentismo tiene una función performativa es donde aparece, por lo que he alcanzado a ver, algún otro acompañante que no tiene una posición definida de público ni de adjunto simétrico de la práctica.

Pero, por más performativa que se quiera ¿no sigue siendo violenta la forma en que se realiza esta puesta en escena? ¿No es impositivo el microbusero que sube el volumen de su música a niveles tan altos? Mi experiencia, que consistió más que nada en escucha activa dentro de un entorno donde acostumbramos hacer anónimo al otro, es que el primer efecto de todo estridentismo es indicarnos una presencia, la violencia que pudiera llegarse a sentir ante tal representación tan escandalosa pudiera tener menos que ver (como me lo señalaba Giovanni) con el volumen en sí y más con el sujeto que intenta hacerse sonar. Recordemos que el escándalo, del griego skandalón, es utilizado no solo para clasificar lo ruidoso, sino también para enjuiciar aquello que nunca debió haber tomar el espacio de lo público.

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