III. Para una ética de la escucha

See, Listen, Reply (detalle), por Dan Ferrer. Imagen tomada de aquí.

Fragmento del texto "Las palabras tenían que crecer en ella": Para una ética de la escucha 
de las narrativas de la violencia, de Johan Sebastián Giraldo. Ver aquí el texto completo.
*
(Este texto constituye el día 3° de la Semana Armstronguiana de la Escucha)

Consideraciones sobre la escucha

Es recurrente encontrar cuando se lee sobre la escucha una naturalización de esta actividad. Y precisamente por esta razón, que alude a que escuchar es algo que ya está dado y aprendido por todos y cada uno, se evidencia un descuido, y casi que un menosprecio de ésta como parte fundamental de las relaciones humanas. El fomento de esta competencia, algunos podrían decir virtud, ha sido dejado de lado, privilegiando otras como la escritura, la lectura o incluso el habla. Sobre esto Julio César Londoño, en una columna en el periódico El Espectador dice que:

“El monólogo no necesita mucho fomento porque, como nadie ignora, no hay nada más musical que el sonido de nuestra propia voz. Escuchar al otro, en cambio, es una actividad poco apreciada […] Yo sugeriría poner especial atención al oficio de saber escuchar, porque el arte de hablar, al menos el de hablar en público, está estudiado” (Londoño, 2014).

Se ha hecho necesario aprender a decir, persuadir, convencer, se hacen talleres de oralidad, de cómo transmitir lo que pensamos. En cambio no aprendemos a escuchar, aprendemos a persuadir pero no a entender, aprendemos a hablar en público pero ni siquiera a escuchar lo íntimo (Lenkersdorf, 2011). Y es que precisamente eso íntimo, esas comprensiones emocionales a las que nos acercamos, son las que nos van a permitir construir relaciones de proximidad que nos dejen entender de forma amplia, de dónde sale ese relato. Entender desde la trayectoria vital del otro, desde su experiencia, teniendo en cuenta los referentes desde los que se producen sus comprensiones.

No obstante se hace necesario una reflexión profunda sobre el lugar que tiene la escucha en nuestra sociedad, y cuestionar esos espacios que ha ocupado. “Las sociedades tradicionales les conocían dos lugares de escucha, ambos alienados: la escucha arrogante del superior y la escucha servil del inferior” (Barthes, 2002: 256). Estos dos lugares que menciona Barthes se han encargado de reproducir unas formas de relación a través de los actos comunicativos, la arrogancia del poder frente a la “ignorancia” del otro y lo incuestionable escuchado por el obediente. Pese a que estas formas se siguen manteniendo es esencial cuestionar y replantear estos lugares no solo para acercarnos crítica y reflexivamente a lo que recibimos, sino también para emparejarnos al otro, para entendernos como iguales e intentar generar relaciones más horizontales de comprensión desde la experiencia con el otro.

Pero esto solo lo podremos lograr en tanto entendamos el acto de escuchar, ya no como un lugar de pasividad ante lo que se recibe del otro, sino como una acción dialógica, de doble vía y de interlocución activa entre quien habla y quien escucha. “El acto de escuchar la voz inaugura la relación con el otro, la voz que nos permite reconocer a los demás, nos indica su manera de ser, su alegría, su estado: sirve de vehículo de una imagen de su cuerpo, y más allá del cuerpo, a toda una psicología” (Barthes, 2002:252). Hay una palabra clave que resume ese acto, primario y fundante es “reconocer”. Reconocer a ese otro y entenderlo corporalmente apoyados en su imagen, para darle un lugar e intentar aprehenderlo. De esto se trata ese acto de entender reflexivamente, de aprehender, a ese otro que habla, entendiéndolo igual a mí, emparejándolo.

Escuchar desde la perspectiva Chamula, dice Lenkersdorf, en su estudio sobre los indígenas tojolabal en Guatemala, es equivalente a emparejar a todos, “todos caminamos juntos, estamos de igual a igual y nos escuchamos y apoyamos en tanto miembros de un nosotros del que hacemos parte” (Lenkersdorf, 2011: 29). Si bien es difícil entendernos como parte de un nosotros casi vital, en nuestra sociedad, de la forma en la que estas comunidades lo hacen, es importante rescatar la reflexión que el autor hace sobre esto:

“El recibir encierra un secreto: es el otro, son los otros cuyas palabras no las hacemos, sino que vienen de fuera y nos sacan del centro donde nuestro yo prefiere estar para mandar, dirigir y estar arriba. Al sacarnos del centro no nos margina, ni nos empuja hacia la periferia, sino que se integra nuestro yo en el nosotros. Formamos una comunidad dialógica. […] Al escuchar las palabras de los que nos hablen entramos en una realidad hasta ahora escondida” (Lenkersdorf, 2011: 18)

Una realidad escondida, desconocida que sólo a partir de esas relaciones de proximidad, de confianza, que brinda ciertas formas de hacer investigación social nos permite conocerlas. Metodológicamente se han propuesto herramientas para lograr entender esto, conceptos como el de la “atención flotante” que nos ubican en un lugar más allá del rigor discursivo y nos dejan atrapar otras formas de expresión para relacionarnos con el otro. La atención flotante, de la atención extrema, a la dispersión extrema. Se presenta, desde la técnica psicoanalítica de Freud, como una técnica para llegar a la singularidad, a no enfocarse en el discurso narrado desde las categorías de análisis de quien escucha, sino escuchar atento lo que se dice y lo que pasa en el entorno mientras lo dice. Llegando así, no a la particularidad del relato, sino a la singularidad del sujeto con respecto a lo que dice.

Sin embargo, para lograr aprehender al otro desde esa relación de doble vía que aquí se propone, es necesario tener en cuenta además de esto, una relación ética con respecto a los relatos y más ampliamente a los sujetos con quienes nos relacionamos.

Para una ética de la escucha

Para reflexionar de manera amplia sobre la importancia de la escucha, tanto para la vida cotidiana como para la investigación social, es importante entenderla como una relación eminentemente ética entre las personas. “La ética es la reflexión sobre el conjunto de conductas y normas imperantes en la sociedad y, por extensión, es la reflexión sobre cómo conducir nuestra vida […] es un compromiso asumido frente a nosotros mismos, e implica ocuparnos de cómo deberíamos vivir y de qué deberíamos hacer” (Cohen, 2011, págs. 15-16). Ese carácter reflexivo sobre las conductas y las normas sociales a partir de las que actuamos es lo que nos permite, precisamente, entender una ética de la escucha como un cuestionamiento a esos lugares tradicionales de la escucha y proponer nuevas formas de entenderla.

En este sentido es importante distinguir una ética de la escucha y una escucha ética. Donde la primera es la reflexión sobre la escucha en sí misma para cuestionar las conductas sobre las que se practica y el descuido que se ha tenido con ésta. Y el escuchar éticamente, por lo menos para efectos de este ensayo, da cuenta de aquello que debemos tener en cuenta, desde esa primera reflexión para acercarnos a esos distintos tipos de narraciones a las que nos enfrentamos como investigadores sociales y como seres humanos.

Es necesario entonces entenderla como escucha activa, dejando de lado la pasividad que se le ha impuesto, a partir de su lugar como constructora de vínculos sociales más fuertes y como productora de nuevas formas de conocer, entendiendo a esos otros como partes de un mundo desconocido. Se plantea de carácter crítico, intentando comprender el lugar de enunciación de quien narra, acogiendo su proceso histórico, subjetivo, otorgándole un lugar consciente a la trayectoria vital desde la que habla.

Esto implica no solo entender desde donde se produce el relato que escuchamos, sino también cómo nos posicionamos y nos relacionamos con el mismo. En términos de Diana Cohen, se hace necesario revisar éticamente nuestras acciones desde tres perspectivas, la de las emociones, las razones y los valores. Así, debemos “preguntarnos si nuestras respuestas emocionales son las apropiadas en las circunstancias en juego. [Partiendo de que] las emociones, más que perturbaciones irracionales del pensamiento racional, son modos esenciales y personales de percibir el mundo y comportarnos en él” (Cohen, 2011: 16-17). Además debemos buscar cada vez mejores razones sobre las cuales “juzgar” ciertas conductas, o fundamentar nuestras elecciones, revisando cuáles serán los impactos de estas a corto, mediano y largo plazo, poniéndonos en el lugar del otro. Y por último, se necesita revisar los valores que defendemos y entender estas disputas, o dilemas morales, que se pueden generar en relación con otros.

Además de estos criterios, que se plantean más desde la ética para la vida cotidiana, quisiera hacer énfasis en un último punto, tal vez el más importante para la reflexión. Escuchamos, atentos, con el cuerpo, concentrados y dispersos, entendiendo, reflexionando, criticando. Y con el corazón. “Deberían enseñarnos a escuchar bien, es decir, a tratar de entender lo que el otro quiere decirnos, a escucharlo con los oídos y con el corazón. Creo que muchos de nuestros problemas sociales y personales provienen de nuestra incapacidad para escuchar, de una terca e inveterada sordera” (Londoño, 2014). Emparejamos al otro, y nos hacemos parte de un nosotros, sobre todo para entenderlo, no solo para verlo como igual, sino para sentir lo que sintió. Nos aproximamos tanto a su relato, a su condición humana que llegamos a reconocernos en su relato, a compartir su dolor.

Arendt, sobre la cuestión de la comprensión, va a decir que “[El rey] Salomón pedía este don en particular [el de un “corazón comprensivo”], porque sabía que ni la pura reflexión, ni el simple sentimiento, sino sólo un “corazón comprensivo” nos hace soportable el vivir en un mundo común, con otros que siempre son extraños, y nos hace asimismo soportables para ellos” (Arendt, 1995: 45). Y es escuchando, y comprendiendo desde allí, como logramos aprehender al otro que escuchamos, descubriendo a un extraño, abriendo lo desconocido y reconciliándonos con el mundo desde el corazón.

¿Qué retos trae consigo, para la escucha, las narrativas de la violencia? ¿Quiénes hablan, a quiénes escuchamos y qué responsabilidades tenemos con ellos? ¿Cómo mediar éticamente las narrativas de la violencia para cuestionar los lugares comunes de las categorías de “víctimas” y “victimarios”


Bibliografía

ARENDT, H. (1995). “Comprensión y Política”. En H. Arendt, De la historia a la acción (págs. 29-47). España: Paidós.

BARTHES, R. (2002). El acto de escuchar. En B. Roland, Lo obvio y lo obtuso (págs. 243-256). España: Paidós.

COHEN, D. (2011). Inteligencia ética para la vida cotidiana. Argentina: Editorial Sudamericana.

ENDE, M. (2007). Momo. Madrid: Alfaguara. 52

Johan Sebastián Giraldo Serna. Trans-pasando Fronteras, Núm.8, 2015. Cali-Colombia ISSN 2248-7212 • ISSN-e 2322-9152

FREUD, S. (1996). “Consejos al médico sobre el tratamiento psicoanalítico”. En S. Freud, Obras Completas. B.Aires: Amorrotu.

GUBER, R. (2001). La etnografía, método, campo y reflexividad. Bogotá : Grupo Editorial Norma.

HALBWACHS, M. (2004). Los marcos sociales de la Memoria. Barcelona: Anthropos Editorial.

JIMENO, M., y Roldán, I. (1996). Las sombras arbitrarias. Violencia y autoridad en Colombia. Bogotá: Editorial Universidad Nacional.

JIMENO, M., Murillo, S., y Martínez, M. (2012). Etnografías contemporáneas, Trabajo de campo.  Bogotá: Universidad Nacional de Colombia. Fcultad de Ciencias Humanas. Centro de Estudios Sociales.

LENKERSDORF, C. (2011). Aprender a Escuchar. México: Plaza y Valés Editores.

VELÁSQUEZ, J. F. (2008). “Advertencias para el trabajo bajo transferencia con sujetos afectados por la violencia”. En N. M. Nueva Escuela Lacaniana, Conflicto armado: memoria, trauma y subjetividad (págs. 135-143). Medellín : La Carreta Editores.

TORRES, L. (2015). “Porque la vida después sigue y de eso nadie se ocupa. Análisis del proceso de construcción de memoria colectiva a partir de las mujeres de AFAVIT en el municipio de Trujillo Valle”, Tesis pregrado, Universidad Icesi.


Para leer el artículo completo, da click aquí.

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