II. El sentido olvidado

Introducción del texto homónimo de Chiu Longina.
Consulta aquí el original.
(Este texto constituye el día 2° de la Semana Armstronguiana de la Escucha)
oreja

Imagen tomada de aquí.

“Una y otra vez el oído es el protagonista del debate, el órgano distinto, diferenciado, articulado, que produce el efecto de proximidad, de adecuación absoluta, la supresión idealizada de la diferencia orgánica. Se trata de un órgano cuya estructura (así como el tejido que lo une con la garganta) provoca el reclamo pacificador de la indiferencia orgánica. Olvidarlo -y al hacerlo, refugiarse en la más familiar de las moradas- significa pedir a gritos el fin de los órganos, de los otros”.  Jacques Derrida, Tímpano.

Actualmente muchos estudios e investigaciones de comunicólogos, antropólogos y otros científicos de lo social enmarcan sus trabajos dentro de un paradigma que podría llamarse “influencia de la tecnología en las transformaciones socioculturales”; es decir, tratan de comprender y explicar cómo la tecnología puede cambiar el modo de percibir el mundo, lo cognitivo y, por tanto, las prácticas sociales, los hechos, lo cotidiano, el pensamiento. Incluyen en el mismo paquete los procesos de percepción, cognición y comunicación, por un lado, y los medios, artefactos y tecnologías por el otro. Por ejemplo, Marshall McLuhan y Edward T. Hall hacían referencia a la influencia de los medios electrónicos en el cambio de la percepción cultural del espacio, y no sólo compartían este interés por el espacio, por cómo se percibe y por cómo se transforma; ambos entendían también que toda tecnología es una extensión del cuerpo y de la mente del ser humano, que en el análisis de la comunicación humana se debe tener en cuenta que los medios tecnológicos entendidos como ambientes en sí mismos son agentes que tienden a transformar la propia percepción humana y, en consecuencia, la cultura. Estas tecnologías creadas por el ser humano no son sólo extensiones del organismo, de su cuerpo, también se convierten en amputaciones sobre este cuerpo; es decir, cada vez que el ser humano sufre un cambio de adaptación como consecuencia de la creación de una nueva tecnología o medio, ocurre una experiencia dolorosa en el organismo.

La música, contrariamente [a los conceptos], expresa el núcleo más íntimo, previo a toda configuración, o sea, el corazón de las cosas.

Si aplicamos la perspectiva histórica y hacemos un ejercicio de memoria, es fácil darse cuenta de que el invento de la imprenta en el siglo XII está muy lejos cronológicamente del invento del fonógrafo (prácticamente en el siglo XX). Son casi ocho siglos de hegemonía de lo visual sobre lo sonoro. La imprenta permitió conservar el pensamiento escrito y la imagen; ejerciendo como tecnología para su difusión, transformó un ambiente sonoro en un ambiente visual y al hacerlo cambió también la forma de percibir el mundo en la sociedad occidental. Al ser capaz de generar numerosas copias de un escrito, promovió un sentido de identidad privada e inició un proceso de anulación de la palabra hablada; es decir, transformó traumáticamente el modo de ver el mundo (de verlo con los ojos), y no fue hasta la aparición del fonógrafo cuando se produjo este otro cambio, también traumático, acerca de cómo oírlo; han tenido que pasar esos ocho siglos para lograrlo.

Pertenecer al mismo grupo, en efecto, no significa de entrada más que escucharse juntos.

Mientras la visión es síntesis, la audición es holística. Con la vista, el ser humano sintetiza la experiencia, aprende al ver y lo que aprende influye en lo que ve. La distinción entre campo visual y mundo visual responde a esta interrelación, implica por tanto una diferenciación entre lo que se ve y lo que se percibe (se interioriza). La visión sintetiza, selecciona, y la selección está mediada por la percepción, que a su vez está mediada por la cultura. Al analizar el medio de la imprenta como una nueva tecnología se descubrió el impacto que tuvo en la sociedad la transición de la oralidad a la mecanización de la escritura.

La modernidad se ha leído y observado detenidamente pero rara vez se ha escuchado.

Pero afortunadamente hoy las nuevas tecnologías aplicadas a los medios de comunicación han vuelto a construir un espacio acústico que, al ser virtual, conlleva otra serie de implicaciones socioculturales, sin embargo este espacio acústico se caracteriza por la amputación de fronteras de tiempo y espacio (la red internet). Al ser amputada la síntesis propia de la visión, el sentido que se extiende es el sentido del oído, cuyas características esenciales, tanto físicas como culturales, no han sido cabalmente estudiadas en este contexto.

El sentido del tiempo cambió. Ahora él dice: la permeabilidad del espacio con el sonido.

Volviendo al tándem Hall/McLuhan, el primero explicaba el espacio acústico y el visual en relación a sus características fisiológicas, y el segundo lo hacía a partir de sus características históricas y culturales. Lo visual enfatiza el razonamiento cuantitativo regido por el hemisferio izquierdo del cerebro, crea una imagen monolítica y lineal de la civilización occidental, mientras que lo acústico, regido por el hemisferio derecho, crea un pensamiento cualitativo, se basa en el holismo, no en un centro cardinal sino en varios centros que producen diversidad enfatizando las cualidades tipo norma de dicho pensamiento cualitativo.

La música es un símbolo no consumado.

Lo sonoro es protagonista ahora del frente. Es por eso que deberíamos luchar contra la hegemonía de lo visual para ganar tiempo, para promocionar lo cualitativo frente a lo cuantitativo, para desarrollar el hemisferio Derecho, para crear resistencia y compensar la balanza. “Ganar tiempo” significa operar en relación a esos ocho siglos de ventaja de hegemonía de un sentido sobre el otro, de lo visual sobre lo sonoro. Si promocionamos y difundimos lo sonoro estaremos trabajando en esa línea, estaremos en ese frente promocionando la escucha como una nueva vía de conocimiento de la sociedad, como una herramienta epistemológica que sea capaz de promover los aspectos cualitativos de la existencia humana.

La música es una especie de lengua extranjera que yo no hablo pero que me habla. Sabe de mí lo que yo ignoro.

Pero en este proceso de promoción de lo sonoro debemos tener en cuenta también que el audio y la escucha, como ejercicios estéticos, han sido excluidos históricamente del campo de acciones capaces de comunicar valor o significado, es evidente que siempre ha habido una problemática no resuelta con el sonido. Posiblemente, otra de las fuentes de este problema (sumada a las que hemos visto hasta ahora) se encuentre en aquella aspiración a la abstracción pura de la llamada Música Culta de principios del siglo XX, en especial el dodecafonismo. Aquellos influyentes compositores insistían en la complejidad y en el exceso de intelectualismo a la hora de crear obras sonoras, situaban en primer plano la contemplación racional del objeto/sonido frente al placer físico de su escucha. Adorno en aquella época reproducía con precisión los discursos de Rousseau y Kant; para los tres la cognición estética se distinguía claramente del mero placer sensorial declarándola superior a éste. Sometido entonces el sonido a ese imperativo racionalista (que exigía la postulación de una función o propósito más allá del placer corporal inmediato, y que impedía que el sonido pudiera aspirar a la categoría de lo bello al acariciar simplemente nuestros cuerpos y no nuestros intelectos) no encajaba en una sociedad en la que predominaba el discurso logocéntrico, una sociedad que distinguía claramente lo sensitivo y corpóreo de lo intelectual; cuando el sonido cuestionaba y cuestiona precisamente estas distinciones, y, por consiguiente, cuestionaba y cuestiona los términos del discurso metafísico en sí mismo. Éste era el motivo por el que la fisicidad explícita del sonido y su potencial de convertirse en fuente de placer físico lo convertía en un problema, en una fuerza inherentemente peligrosa y desestabilizadora. El sonido, insisto, queda registrado en un nivel distinto del nivel del lenguaje o de lo visual y este hecho natural lo hace, cuando menos, incontrolable, problemático, diferente.

No creo a la gente cuando me dice: no entiendo esta música, ¿me la podría explicar?

“Dejad que los sonidos sean ellos mismos”, escribía John Cage, el artista más citado por derecho. El antropólogo Jacques Maquet defendía que “existe una respuesta estética humana universal al sonido”. Llorenç Barber, otro visionario, asegura que “los sonidos no son sólo símbolos; son actos”, y el filósofo Wilhelm Dilthey explicaba que esos objetos extraños, lo sonoro, son creaciones del propio espíritu, que “no podemos explicar, sino que sólo podemos comprender”. Para poner el dedo en la llaga, Michel Schneider, psicoanalista y musicólogo francés, comentaba que lo sonoro, la música, es “una especie de lengua extranjera que no hablamos pero que nos habla”. Sabe de nosotros lo que nosotros ignoramos, y si a todo esto sumamos que la invención del fonógrafo dista de la de la imprenta esos ocho siglos -es decir, que existió una tecnología que permitió la conservación, reproducción y difusión de la imagen mucho antes que la del sonido- estamos ante un problema epistemológico; esto es, ante la necesidad de construir una nueva teoría del conocimiento que permita el estudio de las sociedades a través de su imaginario sonoro.

Sonidos arcaicos nos persiguieron. Aún no veíamos. Aún no respirábamos. Aún no gritábamos. Oíamos.

En este supuesto nuevo escenario es donde la web semántica tiene un protagonismo esencial, allí se construye y no se representa: del plano figurativo al patrón, de la perspectiva a la inmersión, del objeto al proceso, del contenido al contexto, de la recepción a la negociación, de la observación a la acción y, cómo no, del automatismo cerebral a la mente distribuidora. Es aquí, en este nuevo contexto, donde posiblemente estén las claves para encontrar una solución al problema, donde una suerte de “remezcla socialmente consensuada” aportará ese granito de arena a una causa que únicamente pretende solucionar ese olvido histórico y cuya consecuencia ha sido la exclusión de la escucha como ingrediente fundamental de la existencia humana.

Escucha tu voz o te volverá loco.

(Para leer el texto completo, sigue este enlace)

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