Vuelo del tiempo

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No escuches el paso del tiempo. Es curioso que una manifestación de éste sea, precisamente, su dimensión sonora. Pascal Quignard enfatiza el temor de Adán y Eva a los pasos de Dios, así como la percepción de una duración distinta entre el tic y el tac y el tac y el tic. Así que el tiempo pasa, pasea, se vuelve un paso continuo que no tiene la capacidad de ir hacia atrás.

Cuentan que esa ave a la que llamamos colibrí capturó tanto la imaginación humana porque tiene la capacidad de volar en reversa: desarticula al vuelo del tiempo. El tiempo no se contenta con andar, sino que también le gusta echar vuelo. Hay quienes, como los/as colibríes, desafían su obsesión con el porvenir. El futuro es un silencio fúnebre.

Recuerdo ahora un taller con niños/as de secundaria. Después de una caminata sonora hallamos el cadáver de un ave. Nos sorprendimos. En ese momento las palabras se diluyeron sin posibilidad de cuajarlas. Tiempo después pensé en la oportunidad que dejé pasar para reflexionar sobre la desaparición a la que todo sonido está condenado. Esa ave no existirá nunca más, sus sonidos habrán muerto para siempre, y no habrá otra igual durante la existencia de nuestro planeta. ¿Cuáles son las vibraciones de una cadáver? Pauline Oliveros se pregunta si, al escuchar, es el sonido lo que desaparece o somos nosotros/as quienes desaparecemos.

Es impactante que los sonidos de las aves sean los que más sobreviven a las atrocidades sonoras de la humanidad. Me pregunto cuántos monumentos erigirá la especie humana a las aves: quizá sean pocos. El encarcelamiento de las aves fue un primer acercamiento al registro sonoro. Aves encerradas en jaulas para producir un goce en la humanidad, desatado por el deseo e inclinación humanas a la producción de la esclavitud. Todo sonido registrado se convierte en esclavo de quien lo edita.

John Cage trascendió el destino de su nombre al decir que todo sonido era digno de atención estética. El Sr. Cage, el Sr. Jaula, liberó a los sonidos. Su revolución fue pacífica y anárquica. Gilles Deleuze se arrojó de una ventana. ¿Cuáles sonidos habrá entonado al caer? ¿Habrá trascendido a sus deficiencias respiratorias durante la caída? El Sr. Deleuze devino ave sin alas y se estrelló contra la gloria de la urbanización representada por el pavimento. Félix Guattari murió de un paro cardiaco. Se detuvo el paso del tiempo en su corazón, del cordis, del lugar de la memoria, del recuerdo. ¿Andamos con las piernas o con el corazón? En efecto, el cuerpo humano está lleno de cuerdas interconectadas que vibran, se estiran, se quiebran, se llenan de grasa, de cáncer, de azúcar, se mueren. ¿En dónde está la máquina para afinar las cuerdas del cuerpo humano? Todos los instrumentos de cuerda son la compensación del rigor mortis. De tales objetos inertes un cuerpo vivo suena las melodías para evadir a la muerte.

¿De qué atrocidades sonoras nos cuidan las aves que “cantan” por las noches?

Hace poco pasé todo un día en Tenancingo, Estado de México. Tenía pendientes y cosas por escribir. De repente, un concierto de aves alcanzó tal intensidad que me obligó a dejar todas mis labores. Sus sonidos me liberaron de la opresión del trabajo. ¿Sería lícito llamar concierto a lo que hacían las aves? Ellas volaban de un lado al otro y sus sonidos rebotaban por todas las paredes. No se cansaban y siguieron durante horas. El sol desapareció y seguían. Después se impusieron nuevos sonidos: camionetas, grillos, voces, música. Jamás olvidaré dicha escena sonora llena de sorprendentes evocaciones. Cuando era niño fui atraído por las aves a un lugar lleno de árboles. Volví lleno de mierda e impresionado por sus sonidos.

En Chacahua escuché el amanecer larguísimo acompañado por los sonidos de las aves y las cigarras. Las aves obligan a que se disperse la noche.

Así que no escuches al paso del tiempo dado que el tiempo no puede escuchar tus pasos. El corazón produce sonidos que no logra escuchar. La cabeza, el cerebro, es quien escucha al corazón. Al escuchar al corazón, la cabeza toma conciencia de su desaparición continua. No importan sus valiosos pensamientos, sus obras, sus valores: cada latido implica nuestra desaparición. “¿Cuáles sonidos no te gustaría que desaparecieran?” Con esta pregunta cerré un par de talleres con niños/as de secundaria. Surgió un silencio por momentos aterrador. Se evocaba con claridad a la muerte y sus susurros en cada sonido que no se deseaba que desapareciera. ¿Quién llorará por aquella ave muerta? Después, hubo una alegría y una esperanza: Cage liberando a los sonidos, Deleuze y Guattari con todas sus fuerzas contra el organismo. ¿Quién llorará por aquella ave muerta?

El colibrí está siempre al borde de la muerte. Su aleteo incesante lo mata a cada momento. Es un espectro y una desaparición. ¿Alguna vez has escuchado el “canto” del colibrí? ¿Será el sonido de quienes han desaparecido? ¿Quién llorará por todas las sonoridades desaparecidas, asesinadas, quemadas, mutiladas, borradas, olvidadas?

¿De qué naturaleza será el llanto que emitamos ante nuestras masacres? ¿Cómo registrar el sonido de todas nuestras lágrimas? ¿Será que entre cada diástole y cada sístole, o entre cada sístole y cada diástole, se produce un breve momento cuyo intenso sonido, de ser más largo, terminaría por arrullar a todo el sufrimiento producido por la sonoridad humana?

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Un pensamiento en “Vuelo del tiempo

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