A la mayoría de ustedes no les va a gustar…y no los culpo

Reflexiones en torno a Metal Machine Music, de Lou Reed, 
por Manuel Guerrero

I

Algunas publicaciones en internet a la 1: 24 am del 10 de enero ya visibilizaban el luto en masa que estaba en puerta: Space Oddity por doquier, imágenes alusivas al relámpago rojo y azul de la portada del Aladdin Sane, gifs, etc.

El mensaje de una amiga sólo lo confirmo todo: -Hoy murió Bowie.

Me fui a dormir.

He de reconocer que nunca fui un gran devoto de David Bowie. Si bien a los quince años llegó a mi cerebro The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, nunca me sentí especialmente atraído por su trabajo. Quizá es parte del hype tras la muerte de algún artista que se habla de su importancia y la enorme pérdida para la humanidad, o sencillamente mi vida nunca estuvo estrechamente vinculada con su música y a eso se debe que no le diera importancia al acontecimiento, pero tal situación me resultaba innecesariamente agitada: Bowie, un artista en toda la extensión de la palabra, David Bowie: El hombre que hizo de su muerte una obra de arte en Lazarus… es un poco de lo que recuerdo circulando por internet.

Incluso si la música de Bowie no me despierta alguna idolatría hay algo innegable, que va más allá de los discos: la influencia en distintos aspectos de la producción cultural (artes plásticas/ visuales, cine, diseño de modas, escenografía,etc.) es lo que vuelve tan dolorosa la pérdida, pues sus aportes no fueron pocos. En relación al lamentable fallecimiento del bajista, vocalista y fundador de la banda de rock and roll Motörhead (“Nosotros somos Motörhead! ¡Tocamos rock and roll!’’-Lemmy antes de

iniciar un concierto); Lemmy Killmister , tan solo unas semanas antes, hay algo cierto: Lemmy fue una influencia muy grande para el mundo de rock -pues muchas bandas denotaban cierto aire de respeto ante la noticia a través de sus redes sociales-, pero el espectro de Bowie rompió los límites del mundo del rock para influenciar el gusto del mundo entero en distintas manifestaciones artísticas.

No es como que a Lemmy le importara ser recordado…así que da igual.

Al día siguiente, mejor dicho, horas después de que desperté, la obvia premonición se cumplió, y me encontré con las últimas noticias referentes al suceso. Algunas de las publicaciones que captaron mi atención fueron aquellas realizadas por las fanpages de distintas bandas de rock o músicos solistas; fotografías de Paul McCartney con David Bowie, Robert Smith y David Bowie, y un largo etcétera.

Me ausenté de internet por horas, pero el luto no se apartó: las estaciones de radio estuvieron rindiendo un tributo al duque blanco a lo largo del día. Ocasionalmente mi andar se veía acompañado de Let’s Dance, intermitentemente, en distintos momentos de la canción. He de haberla oído, cuatro o cinco veces en menos de 2 horas.

Al caer la noche ingresé de nueva cuenta a internet, a sabiendas de lo que encontraría, y una fotografía bastó para pensar un buen rato: aquella famosa fotografía de David Bowie, Iggy Pop y Lou Reed.

Dados los factores de emoción y nostalgia que flotaban en el espíritu colectivo vertidos en las redes sociales, no podía evitar sentir confusión por la velocidad a la que el luto se desenvolvía: Era una voraz mancha de información amorfa. Ante ello, sólo podía pensar en un disco que pudiera servir de soundtrack para la situación; de hecho, la mejor elección fue el peor álbum –catalogado por la industria musical– realizado por el hombre que acompañaba a Bowie e Iggy Pop en la foto: me refiero al Metal Machine Music de Lou Reed.


II

Se puede especular bastante sobre las razones detrás de este disco. El mito narra que Metal Machine Music fue una venganza de Reed contra las decisiones que su disquera estaba tomando (Manuel de Lorenzo. Metal Machine Music: Lou Reed y la hoja de un arbusto. http://www.jotdown.es/2015/06/metal-machine-music-lou-reed-y-la-hoja-de-un-arbusto/), cuyo objetivo, como cualquier otra industria, era exprimir del artista tantos éxitos comerciales como fuera posible, orillando al músico inglés a seguir por la vena de experimentación que culminaría en Coney Island Baby.

De ser cierta esta hipótesis ¿Qué más le podía pedir RCA a Reed y que más le podíamos pedir nosotros como consumidores potenciales, de 1975 o del 2016? Tenemos un álbum en nuestras manos: Un vinil, una portada, la figura del artista en cuestión, un bootleg y desde luego una grabación de 1:07:31 dividida en cuatro partes. Lo único que podemos objetar – y seguramente los ejecutivos de RCA lo hicieron – es que el resultado no está dentro del esquema compositivo asociado a Reed.

-“Queremos seguir caminando por el lado salvaje. Queremos más días perfectos, Lou.”

Aún con lo desconcertante de su composición, con MMM, considero, Lou Reed se posicionó como una de las figuras mas innovadoras de la música rock distribuida por los canales políticamente correctos de la industria musical. Mientras los bootlegs en la mayoría de los discos son un compilado de fotografías y letras de canciones, creo fundamental el texto que Reed incorpora aquí, pues lejos de ser una carta de excusas, es una declaración de principios. Un posicionamiento sobre lo que el Rock implica:

“Este disco no es para fiestas/bailar/música de fondo o música romántica. Esto es lo que yo entiendo por rock “real”, sobre cosas “reales”. Nadie que yo conozca lo ha escuchado de principio a fin, incluyéndome a mí mismo. No hay que hacerlo”.

[Lou Reed. Extracto del texto de MMM. Trad. Paco Alvarado (Disponible en: http://www.valladolidwebmusical.org/imprescindibles/mmm.htm)]

Hablar de Rock real nos conduciría por caminos puritanos sobre la escucha y la producción real. Si continuara con la postura de Reed sobre una noción de Rock real, significaría reconocer una estructura, una esencia muy bien pulida y conformada sobre lo que este género de música popular nos brindará como escucha, sin embargo ¿Cómo hablar de un Rock real, escuchando los sonidos de MMM? Es paradójico: lo que plantea Reed es una auténtica composición de rock que no tiene que ver con lo que entendemos por rock.

Antes de proseguir, se vuelve necesario despejar el lugar desde dónde se está entendiendo el rock en el presente texto. Dicho lugar comprende otros campos más allá de la música por sí misma, pues hablar de rock, considero, es hablar de un espacio de disidencia, política y cultural.

Algo ocurrió antes de que Rage against the Machine enunciara Fuck you, I won’t do what you tell me, antes de que el ambiente oliera a espíritu adolescente, incluso mucho antes de saber que no pudiéramos estar satisfechos, el germen del rock se cultivaba en la guitarra de músicos afroamericanos como Robert Johnson, o siendo más amplio, en el blues.

¿Por qué remitirse al blues cuando se habla de rock? En parte es hablar de un género musical cultivado por la cultura afroamericana que a principios de siglo XX era desplazada por motivos racistas de toda un proyecto de nación y que, si bien contaba con un modesto reconocimiento en otras partes del mundo, no tenía la misma aceptación que la composición del Fox Trot o el incipiente Jazz. El blues se realizaba con herramientas mínimas: guitarra y voz.

Por otra parte, este género, como lo mencioné anteriormente, fue el medio de producción cultural para una minoría. Mientras los pomposos arreglos del Fox Trot eran reproducidos en los fonógrafos, el blues, con sus limitaciones en la producción y mezcla –pues tales discos, al no tener una apertura en el mercado tan amplia, se realizaban en condiciones muy austeras- tenía su sonido. No mejor ni peor, pero en definitiva distinto.

De la mano de una evolución en la ingeniería en audio y un progresivo mercado para el blues, escuchamos cambios notables y variaciones musicalmente más complejas del blues: Muddy Waters, B.B. King, T-Bone Walker y otros grandes intérpretes de guitarra se vuelven piedras angulares para generaciones posteriores de músicos.

Pero existe una figura clave para entender por qué el blues encausa hacia el gusto de otra minoría desplazada: esta figura es Chuck Berry.

A pesar de que para la década de los 50 En los Top Charts de USA figuraban nombres de músicos afromericanos, y se podía hablar de otros géneros como el Gospel, Rockabilly o R&B, aún la vena del blues que corría por los músicos se veía perseguida por una cacería de brujas: Una serie de difamaciones, claramente racistas, se enuciaban contra este género. El incremento en la velocidad en las composiciones de blues, que devino en el Rock and roll se volvió controvertida: la estructura incitaba el movimiento corporal. En resumen, era algo distinto a lo que se entendía por música en esos momentos, y dichos cambios se asociaban a rituales diabólicos y otras tantas imputaciones de índole religiosa.

Berry llegó para dar los últimos toques a un sonido que se estaba cocinando. Maybellene, contiene algo seductor en sus acordes. Y a pesar de su arrollador éxito, tras de sí prevalecía el dejo racista de no ser un músico blanco. Aún si ello significaba una esporádica reproducción por la radio, no dejaba de ser bailable por un joven público, atrapado en los grilletes de una estructura moral tan rígida. No sé si en la condición humana esté el desear aquello que se nos prohíbe o es un deseo de la pubertad el ir en contra de todo, pero la música de Chuck Berry se volvió un producto, tanto para aquella minoría afroamericana del blues, y el nuevo público, -igualmente menor- constituido por jóvenes blancos, de una sociedad insípida. Tal vez hoy en día Johnny B. Goode sea igualmente predecible -en términos musicales- que el trabajo de Jerry Lee Lewis, Elvis Presley o cualquier otro músico de la época, pero es de suponer que para el momento, pasar del gospel a un sonido más rápido no fue recibido con los brazos abiertos. Hubo una transgresión en los sistemas de valoración de toda una cultura, lo cual desestabiliza, a su vez, deviniendo en una suerte de rechazo por lo nuevo.

“Esto no está hecho para el mercado. Es como el acuerdo que uno hace con el speed. Un reconocimiento específico. Un mercado, en el mejor de los casos, muy limitado.’’

[Lou Reed. Extracto del texto de MMM.]

Pero tal desprecio no duraría mucho, pues como cualquier otra tendencia, la industria musical se encargaría de encontrarle un mercado más amplio, mucho más redituable. Pero no era sencillamente la música per se: era la condición de excepción tras lo que representaba un músico afroamericano que interpretaba una variación acelerada de las escalas de blues. Había un producto que explotar y un público deseante de cierta producción. Negocio redondo para el cual se tuvo que reconfigurar la imagen publicitaria de dichos músicos: una postura altanera contra todo un sistema que prohibía sin justificación, ante toda una estructura laboral sofocante y cuadrada, una suerte de rebelión se gestaba y se creaban arquetipos para propagar lo cool de dicha situación. Rebel Without a Cause, cual medio para la difusión de mensajes de carácter mass media, es un ejemplo muy plausible de dicho contexto, y James Dean era el sujeto en el cual se vertía el sentir de toda una generación. No era el fin de una sociedad, sino el inicio de una conversión cultural.

¿Por qué verter toda esta información con toques especulativos para hablar de rock? En primer lugar, probar el punto del rock como espacio de disidencia. En segundo lugar, entender las condiciones para el desarrollo del Rock and roll desde una condición periférica. Pasó algo antes de que los Rolling stones, The Beatles y The Who, entre otros nombres, se volvieran tan populares y se volvieran las referencias generacionales. Cuando Lennon habla de la grandeza de su grupo sobre Jesucristo no hiere directamente la fe de una religión, hiere la estructura social con la fascinación que produce el nuevo sonido. Aunado a ello, no es forzado hablar de la influencia de este sonido en la generación de bandas que tomaron la estafeta de la popularidad mundial en los 60 y principios de los 70, mayoritariamente británicas.

Retomando el impacto en otros sectores minoritarios, explicar la razón detrás de tal impacto entre la juventud de aquel momento es algo que excede el ejercicio de especulación ¿Por qué el Jailhouse Rock nos insita a seguir el ritmo alegremente?

No propiamente hablando de rock sino de música popular, Theodor Adorno habla de la estandarización como el factor que vuelve a esta música tan asimilable a un nivel colectivo. De tal resultado, la industria tiene su enorme porción de responsabilidad:

“Un juicio claro que concierna la relación de la música seria con la música popular puede ser conseguido solamente por medio de una atención estricta a la característica fundamental de la música popular: la estandarización. La estructura entera de la música popular está estandarizada, incluso donde se hace el intento de eludir la estandarización. La estandarización se extiende de los rasgos más generales a los más específicos. Mejor conocida es la regla según la cual el coro consta de treinta y dos compases y de que el registro se limita a una octava y una nota. Los tipos generales de hits están también estandarizados: no solamente los tipos de baile, la rigidez de cuyo patrón puede comprenderse, sino también los “personajes” [characters] tales como las canciones maternales, las canciones de casa, las canciones sin sentido o de “novedad”, los ritmos pseudo-infantiles, los lamentos por una niña perdida. Lo más importante de todo es que los pilares harmónicos de cada hit -el inicio y el final de cada parte- deben batir el esquema estándar. Este esquema enfatiza los hechos harmónicos más primitivos sin importar lo que haya intervenido harmónicamente. Las complicaciones carecen de consecuencias. Este artilugio inexorable garantiza que, a pesar de las aberraciones que ocurran, el hit conducirá de nuevo a la misma experiencia familiar, y nada fundamentalmente innovador será introducido.”

[Adorno, Theodor. Sobre la música popular, http://artilleriainmanente.blogspot.mx/2014/03/theodor-w-adorno-sobre-la-musica-popular.html ]

“Empieza por el lugar que quieras: Simetría, precisión atemática, puntería obsesiva y detallada y la enorme ventaja que uno tiene sobre los “compositores electrónicos modernos. Todo ello sin sentido del tiempo, melodía ni emoción, sea o no manipulada”.-

[Lou Reed. Extracto del texto de MMM.]

Esto vuelve más comprensible la razón por la que los hits de aquella época, incluso actualmente, tienen tantas similitudes. Es la razón por la que hasta la fecha contamos con reproyecciones en el cine de los viejos éxitos como Pulp fiction, o Volver al futuro 2: repetir, no sólo las fórmulas sino los productos,es asegurar los ingresos. Arriesgarse, para la industria cultural, es jugar a la ruleta rusa.

Ahora bien. Habiendo citado y escrito lo anterior ¿Cómo hablar del rock de MMM? No es un rock en los términos que la industria musical ha dictado, ni en el estándar que las playslists, los soundtracks y las listas de canciones del Guitar Hero han propiciado. Es una práctica contra la misma industria que había transformado la contracultura en cultura, el underground de los músicos de Rock and roll, jóvenes y rebeldes, en un producto más de la dinámica económica tras la industria del entretenimiento. Aquella imagen contestataria de la cual sólo quedaba la cáscara, Reed la retoma, pero no sencillamente masticando todo y escupiendo una variante: No hay variante aquí. No hay nada de ello. Hay un montón de cosas que escuchar, pero alejado del disfrute colectivo.

En efecto, MMM no es un disco para una cita, para una reunión, ni hay pasos que seguir para moverse. En medio de una concepción musical pensada para llenar el silencio, como una mera ambientación, MMM es algo para escuchar, es decir, para contrastar sensiblemente por medio de los oídos todos los demás estímulos perceptibles.

Cuando pienso en cómo escuchamos música actualmente, tan despreocupados por lo que entra a nuestros oídos, no hago otra cosa salvo darle todo el crédito a Reed cuando nos invita a no-oír desde un punto en específico todo el album. ¿Qué más da? ¿Tenemos tiempo para sentarnos y oír cualquier cosa de principio a fin? Hay tanto por lo cual estimularse visual o sonoramente en el espacio y el ciberespacio. Todo el tiempo se produce algo nuevo, que obsolece con una velocidad abrumadora. Somos seres interpasivos de melodías dulces, poco desconcertantes: melodías para dormitar o alimentar un gusto anorgásmico.

De vez en cuando requerimos el crujido de una guitarra chillando por el roce de sus cuerdas contra una pared, del caos para pensar una nueva disposición de los factores. Necesitamos al arte tanto como al rock para abrir nuevas alternativas ¿Hacia dónde? ¿Desde qué parte? Preguntarse tales cosas tiene el mismo sentido que buscar la manera correcta de escuchar MMM.

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