El camino del hombre

“… o tal vez eres un hombre sin significado, un hombre inventado, un hombre que sólo existe como la figuración de otro hombre que no conocemos”

S. Elizondo, Farabeuf

“Parsifal busca lo que nadie conoce y no ha sido dicho”

E. Seligson, La fuente de las palabras

Un hombre de edad incierta avanza por la ribera levantando nubes de arena dentro del agua. Sus pies son volcanes. Se detiene. Quiere sentir el mundo. De las huellas brotan girones de humo, humo lento y arenoso, cuya danza está determinada por la pendiente del terreno, el vigor de cada paso y las corrientes. Debajo no hay límites sino clivajes de una misma roca madre adosada de helechos que parecen árboles diminutos (como un bosque submarino de encinos devorado gradualmente por nubes frías que se precipitan hacia el fondo). Sale del agua y permite que el sol consuma sin prisa las gotas que se aferran a su piel. Se coloca el calzado con gesto de derrota, de fusilamiento. Prosigue la marcha por un suelo que progresivamente se va haciendo más firme e incluso oblicuo. El borde oxidado de la siguiente bahía aparece agazapado ante una segunda franja color ocre que, conforme va ganando en profundidad, se funde en un azul turquesa febrilmente dominante. Trata de recordar entonces cómo era el lugar, previo a la inundación, probablemente un potrero tajado por infinitas vertientes que dragaban todo el año la sierra de Juárez con dirección al mar. Pero fue una época que no le tocó vivir, indicaciones sobre un paraíso perdido de antemano que en las cañadas adquiere el mismísimo sabor de la nostalgia ajena.

El hombre descubre que la sierra puede desdoblarse por cada paso que da. Su figura esconde un fondo insondable, como si tuviera la capacidad de replegase sobre sí misma entre nudos gordianos que rehúsan ser cortados. Piensa que para la gran mayoría de los individuos debe ser inaccesible. Se pregunta, con cierto halo de escepticismo, si una vida sería suficiente para agotar sus quebradas. Aunque también está convencido de que sería un proyecto dignificante para compensar tantas certezas autorizadas por la mera costumbre de saberse miembro de una ciudad prosaica. Habían pasado muchos años desde que delineó la idea de desenterrar el lado obscuro de las cosas pero, hasta entonces, no había sido capaz de parar las descripciones que le habían enseñado acerca de ellas. Quizá era esa la causa eficiente que, en su fuero interno, lo había traído hasta esos páramos, orientado por una combinación de azar, voluntad y destino.

La esfera ha alcanzado su ápice de fuego, debe rondar las dos o tres de la tarde. Los niños pescadores aguardan con toda la calma del mundo debajo de sus sombreros, con una paciencia semejante a la de esas mariposas diminutas que seguirán coloreando, por siglos, el ritual del cortejo, lo vital de la vida, la necesidad de aparearse sobre el lodo. Ha llegado la hora del itacate. Los niños comen pausadamente, saben que un día ellos serán el alimento de alguien más. Los columpios calcinados bajo el sol y una balada perdida. Enterrada en la punta de un maguey yace una golondrina muerta. ¿Cómo es que llegó ahí? Su expresión no es la del vuelo cortado de tajo, tiene un ángulo anterior. El hombre saluda a los niños, dice “provecho”, los niños le obsequian un tamal de chepil que acepta con gusto. Les pregunta por la golondrina. “Siempre ha estado ahí, señor”, le responde el más joven.

El hombre decide tomar una siesta bajo un copal mientras el calor se apacigua. Deja que el tiempo se queme despacio junto a su lado derecho. En su sueño lo visitan siluetas que depositan una efigie dentro de un nicho (más tarde lo interpretará como un arquetipo de la sexualidad). Cuando despierta los niños se han ido. Tampoco está la golondrina ni su pecho partido en dos. El hombre se yergue, estira los brazos en un bostezo total, avanza unos cuantos pasos y vuelve para orinar sobre su lecho. Comprende que ha llegado el momento de continuar: una bandada de gansos silvestres lo ha estipulado así al precipitarse en picada contra el embalse. Salen menos de los que entran, y los que salen esculpen con algarabía estelas triangulares que se extienden sobre su superficie. Elige un vértice y se aleja en dirección opuesta. El hombre avanza sudando en medio de una asamblea de rositas de cacao e inmediatamente lo embriaga el perfume del tejate. ¿Y si debajo de la presa yace inhumada una inmensa jícara colorada? Juega con la idea. Si tuviera suficiente aire regresaría a rescatar a los gansos inmolados en su lecho, los liberaría usando una gubia de cristal, y si le faltase aire saldría nadando a besar los estriados labios de una anciana zapoteca que se lleva la presa a la boca hasta beberse el paisaje y dejar, en su lugar, una nada latente…

De pronto, una detonación lo devuelve de sus cavilaciones. En el cielo aparece una nube repentina de pólvora amarilla y ocurre lo siguiente: diez mil metros más arriba del cuetazo, un avión traza una línea recta, abstracta, como si no hubiera modo de obstruir su vuelo de acero. El hombre está colocado en el único punto desde donde puede verse el avión entintándose de oro, coincidencia que dura un instante fugaz pero suficiente para poder confirmar que son preferibles los vaivenes a campo traviesa, desandar, suspenderse, cambiar de itinerario. Luego el avión recupera su color original y la nube se deshace y a los pasajeros les depara todavía más horas de abstracción, convencidos de que abajo el suelo es tan liso como las mesas plegables de sus asientos. El hombre baja la vista hacia el sitio donde supone debieron lanzar el petardo y adivina una procesión multitudinaria, es decir, multitudinaria en comparación con la poca gente que hasta entonces ha encontrado. No hablan ni tampoco utilizan sus instrumentos musicales, simplemente se limitan a avanzar en silencio hacia donde se encuentra el hombre. Uno, dos, tres cuetes más. El rostro de los campesinos resguarda un gesto atávico que coincide con el golpe arrastrado de sus pechos. Al final descubre que un grupo de personas carga sobre sus hombros dos travesaños que sostienen un altar vivo: es una niña vestida como Nuestra Señora de la Soledad. Parece un fragmento del universo, negra como una pirámide crepuscular, atroz como las rocas. El hombre mira que la virgen lo mira, piensa en la cultura que labramos diariamente, del pensamiento a los actos y de los actos a los hechos, prolongación de esa mano minuciosa que tiene el tiempo para trabajar la tierra, los cuerpos, la honda noche.

Pero apenas está atardeciendo (al buen paso darle calma, decía su madre, con razón). Desde la ladera más próxima el hombre alcanza a divisar un caserío perdido entre las lomas y unos puntitos, acaso un hato de chivas volviendo de pastar. La distancia difumina: basta mirarse la mano para no verse los dedos. Decide subir para disfrutar de la puesta del sol, calcula no demorar más de una hora aunque sabe muy bien que las perspectivas son engañosas. Para sorpresa suya, lo primero que encuentra son los bunkers amurallados de los caciques locales. El espesor de sus predios representa un signo ominoso que de inmediato contrasta con el concepto que tenía de ruralidad. La tierra acá afuera es blanca, polvorienta, real. Hay algo incómodo en toda esta situación. Prosigue su marcha (aunque en verdad no ha dejado de caminar ni un sólo segundo hasta perder los palaciegos recintos y su previsible hermetismo). Atraviesa un puente. Debajo, el cadáver de un arroyo. Del otro lado hay un muchacho escuchando música en su celular, quien le indica la ruta más directa para subir a la comunidad de Lomita Prieta sin pasar por la cabecera municipal. El hombre sigue las indicaciones hasta donde sus músculos lo permiten y, fatigado, se tumba entre los surcos de una parcela reseca. Tal y como lo había previsto, la distancia fue mayor que lo esperado y el sol tiene rato que se ha ido. No obstante, el hombre se sabe afortunado porque un águila acaba de ponerse en la parcela, justo ante un montículo de arcilla que había atrapado su atención (tal vez por ser la zona donde el ocaso era más profundo). El hombre tiene la sensación de que ya ha vivido esto, con variantes obviamente, algo que podría denominarse equivalencia de paisajes.

El hombre entra a una cenaduría aconsejado por su estómago. Pide un café de la olla junto con una orden de dobladitas de flor de calabaza con quesillo. Su dieta es magra pero conoce varios métodos para optimizar la distribución de energía. En el lado opuesto del local, una pareja de mochileros discuten apasionadamente sobre algunos puntos ciegos de la existencia. Varias botellas vacías de Corona (dos bien muertas); un molcajete con salsa de chile canario; lápices de color; un cuaderno garabateado; esto y algunas cáscaras de mandarina integran aquel bodegón improbable recortado contra la noche tras el quicio de la puerta. El hombre se interesa en su plática.

—… desde que se habían ido —dijo la chica.

—Entonces, si tanto nos cuesta lidiar con nosotros mismos, ¿por qué crees que volvemos siempre en busca de espejos? —preguntó el chico.

—No sé, supongo que es imposible renunciar al reflejo, los humanos somos narcisistas.

—¿Sabes qué estaba pensando? El otro, los demás, lo exterior no están afuera como todos andan diciendo, están aquí adentro —dijo el chico, tocándose la cabeza.

—Eso, eso, ¡es que es eso! Un encuentro te puede detonar pensamientos que estaría cabrón pensar en solitario —dijo ella—. Te voy a contar algo que nos pasó una vez en el desierto, a ver si te acuerdas. Veníamos bajando del Quemado cuando nos agarró la noche. Sabíamos que la luna saldría dentro de tres horas, pues estaba llena. Mientras, la obscuridad era absoluta. Entonces recordaste que una amiga te había dicho que si te perdías por esos rumbos, lo único que tenías que hacer era remontar los excrementos de los caballos que alquilan los turistas. Todavía no aprendíamos a leer el universo. Nuestras débiles linternas nos permitieron aplicar su consejo y, antes de que se cumplieran las tres horas, nos encontrábamos en una meseta abierta donde al menos ya se podía distinguir la silueta de los montes. Cuando salió la luna todo se llenó de azul. Bajamos siguiendo el cauce de un riachuelo. Nos pusimos a tocar el agua con unas ramas en improvisación libre. Entonces llegó corriendo una morrita como de once años preguntando por un burro que andaba suelto a merced de los coyotes. Le preguntamos por sus familiares, era demasiado pequeña para andar sin compañía. Dijo que vivía con su abuelo en un rancho cerca del tanque pero que se les había fugado el burro a la montaña. La acompañamos de regreso, nos dijo que la abuela se había matado de una caída a caballo en plena carretera. Sus padres vivían en Houston. Su abuelo había sido minero pero ahora dependía de su ganado, tenía una pistola que le había obsequiado un general y que guardaba en un armario que sonaba a sapos en temporada de lluvias. El general había llegado a San Luis Potosí huyendo de…

El hombre se levanta de la mesa y pide la cuenta. Antes pasa al baño. Mientras se lava la cara se queda viendo a ese hombre que está detrás del espejo. Se dirige hacia el jardín. Una vez ahí, se enrolla contra uno de los pilares del quiosco. Carga siempre con un zarape para estos casos. Inmediatamente cae dormido. En esta ocasión, sin embargo, le será imposible recordar lo que ha soñado. Hay veces que dormir es simplemente meterse en un cuarto vacío. Lo despierta la presencia de un perro negro con una manchita blanca en la espalda que está tendido a su lado. Se incorpora con el cuello ligeramente agarrotado. El jardín entero está cubierto por girones de niebla, niebla lenta y arenosa. El hombre se abre paso a través de la bruma y dobla por una calle empinada, seguido por el perro, con quien ha sellado un pacto. Suben por una ladera y al cabo de un rato han superado el celaje. El hombre y el perro se acuestan en una loma, gloriosamente imperfectos, debajo de tanta estrella. Petrificados, contemplan el giro de la bóveda celeste toda la noche hasta que el alba comienza a borrar los astros, por el oriente, con esa frágil luz pastel que es capaz de devorar los fuegos perpetuos. Falta todavía una hora y fracción para que los rayos del sol comiencen a colarse por las laderas más escarpadas y, alumbrar, paulatinamente, la cotidiana estatua del hombre y del perro, su epitafio.

Enrique Milpa (@rizomarx)

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