Los oídos del hongo

Llueve en el bosque. El eco de los cuerpos se bifurca por segmentos a través del monte embozado en niebla. Los ojos del hongo enterrados bajo la tierra, rojos de tanta materia obscura azolvada en el fondo de los siglos, llorando al compás de la lluvia, llorando hacia arriba, los ojos negros del hongo hinchados por nuestra ceguera. Los ojos del hongo que escrutan el país compacto de las lombrices, noche hecha de noches de primordial lodo. Los ojos del hongo amasan la milpa y el nixtamal en un metate sin forma. Los ojos del hongo sostienen el mundo, sus ojos fugaces que esperan con nostalgia el advenimiento del próximo estío. De humus son nuestras ruinas, su historia. Los ojos del hongo se ensanchan cuando presienten la edad del monte, lo saben sin tenerlo, así lo han establecido, así ha sido siempre.

Llueve en el bosque. Los oídos del hongo giran en una inmovilidad desmontada. El órgano sexual del hongo es la escucha, brota para dejarse penetrar por el campo acústico. Para el hongo, existe una unidad sonora procesual y hermafrodita: la resonancia. Los oídos del hongo, por ejemplo, no pueden distinguir el canto del jilguero del monólogo de las flores, creen que tu voz y la mía tienen la misma temperatura. Las resonancias oscilan como esporas, se desprenden de su fuente y sacuden el espacio y el tiempo hasta posarse en las fronteras de lo inaudible, su reproducción es su trayecto. La gramática del hongo no se agota en nuestra semántica de tonos degollados, para escuchar con sus oídos es necesario un telar de cintura. Existen diversos sistemas de amplificación. Los oídos del hongo permanecen alerta ante el tumulto del universo. Hongo insomne, soñador, aletargado por el rumor de todas las tormentas planetarias y los gases congelados que crujen bajo su propia presión, siendo uno con la música que hace danzar partículas y conglomerados antes de reventar, lenta pero fatalmente, cuando por fin los cielos se hayan incendiado en estridencias imposibles. Hongo ahogado, hidráulico, ensordecido por la intemperie y el contrapunto del último grito, honguito santo, hongo, hermano.

Algo similar sucede con la absorción, que es la unidad procesual y hermafrodita del silencio. El hongo perfora con sus oídos la masa acústica, revuelve los granos sonoros hasta habitar los intersticios vacíos que estructuran el sonido (si es que no se ha estrellado antes contra algún cuerpo secante ni diluido por la fricción de la distancia). Hay días en que los oídos del hongo incluso pueden identificar el silencio originario, ese caudal de ausencias anteriores al gran rugido. Porque las resonancias provienen, paradójicamente, de una absorción ontológica y hacia ella se dirigen. Igual que un becerro recién nacido se desmorona ante su madre. Los oídos del hongo nos enseñan que el silencio es fuente y colofón de lo que ha vibrado, de todo lo que vibrará.

Llueve en el bosque una intangible llovizna muda, llueve un aroma de aceite fresco. Si los hongos soñaran debieran soñar con puños hieráticos. Eso sería lo más justo. Porque hay veces que al volver al bosque no están los paisajes donde los dejamos la última ocasión, veces en que basta un trasegar de nube para que, en seguida, los hallazgos se sucedan en preguntas. Parece imposible abarcar el poder de goce del hongo ante las revoluciones del punto fijo, su tenue persistencia, mientras miles de dedos digitan revelaciones en el borde cargado de tu aura. Su perfume es tan básico que recuerda la madera justo antes de pudrirse en los enjambres suavizados del follaje, su sabor es tan antiguo que se ha desprendido hasta llegar a ti. Nunca hubo bosque.

Enrique Milpa (@rizomarx)

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